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Vivir sin miedo

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Yo era un nene cuando mi mamá me aterrorizó.

Se paró al lado de la puerta del baño público y me dijo muy seria: “Si algún hombre te habla o te toca, salí corriendo o gritá que estoy acá afuera.”

Entré asustadísimo, nervioso, mirando con desconfianza acá y allá.

Por suerte, la necesidad de ir a un baño público no era muy frecuente y pronto crecí y desapareció el temor de que hombres me dijeran cosas o me tocaran por más de que yo no quisiera.

Por suerte.

Hace poco con Cecilia estábamos mirando South Park. Era el capítulo donde Stan se disculpa con Token porque su padre dijo la palabra “negro.” Stan le pide perdón y dice que entiende cómo se debe sentir. Pero Token se enoja con él. Pasan un montonazo de cosas y finalmente Stan comprende que, como blanco, no puede entender cómo se siente un negro cuando un blanco dice la palabra “negro.”

Y, de repente, pausa publicitaria.

Pasaron uno de los infinitos comerciales que pintan a las mujeres como unas reverendas pelotudas. Pero lindas, eso sí. Siempre lindas y siempre más jóvenes que sus parejas masculinas.

La cuestión es que Cecilia negó con la cabeza y resopló. “¿Te das cuenta el mensaje de mierda que están mandando?” dijo. “¿Te das cuenta lo que nos tenemos que bancar?”

Yo asentí.

Pero no.

No entiendo.

No puedo entenderlo.

Cada puto día hay mujeres golpeadas y violadas y asesinadas y secuestradas y prostituidas y con la cara devorada por ácido y muertas por hacerse un aborto clandestino y hay burlas y críticas sobre cada una de ellas. Las escriben imbéciles y también las escriben soretes que cobran un sueldo por hacerlo. Y que no son despedidos.

No puedo entenderlo.

No puedo entender lo que es ser mujer con un mega recontra super archi enorme sistema que te ladra y te devora.

Un mega recontra super archi enorme sistema que viene haciéndolo hace siglos.

¿Te violó? Y buéh, mirá a tu minifalda.

Rebobiná.

¿Te prendió fuego en la hoguera? Y buéh, no quisiste que te coja el sacerdote y entonces, eh, sos bruja.

Rebobiná todavía más.

¿Sos mujer? Sos inferior.

Siglos y siglos y siglos y siglos de variaciones de esa forrada.

Que no pueden votar. Que no pueden sacar una tarjeta de crédito si son solteras y, si están casadas, sólo pueden hacerlo con el permiso firmado de su esposo. Que les corresponde menos sueldo por el mismo trabajo. Que la mayoría de las obras de ficción fallan el test de Bechdel, el cual apenas pide que haya al menos dos mujeres que hablen entre ellas de otra cosa que no sea un hombre. Eso sólo. Y la mayoría no lo logra. Que en Estados Unidos hasta 1993 una mujer no podía negarse a tener sexo con su esposo y si la violaba era legal. Que les mutilan el clítoris para que no sientan placer. Y no a una o dos un loco de mierda suelto. A 140 millones. 140 millones. Hoy en el mundo hay 140 millones de mujeres con el clítoris mutilado. 140 millones. 140 millones. Que a tres mujeres por día les desfiguran la cara con ácido. Que cuando van caminando lo más panchas por la calle les muestran de prepo la pija. Que les gritan guarangadas. Que no pueden decidir abortar. Que las tocan y las apoyan en el transporte público. Que las golpean. Que las secuestran. Que las prostituyen. Que las violan. Que las matan. Que infinito.

Siglos y siglos y siglos y siglos.

Siglos y siglos hasta ayer mismo.

Ayer mismo Cecilia se fue a caminar de noche.

Cuando volvió me dijo una cosa tristísima.

“Me di cuenta de que estuve la mayoría del tiempo prestando atención a si unos tipos se me acercaban caminando en un lugar oscuro, a las motos que pasaban cerca, a los que me miraban fijo, los que me chistaban. No pude hacer como hacés vos que salís a caminar y dejás volar la cabeza y se te ocurren cosas.”

Pausa.

Toda la energía que existe fue creada en el Big Bang. No va a haber nunca tanta como la que hay ahora y cada vez habrá menos y menos y menos. La prosperidad de cada ser, y de cada especie, depende exclusivamente de cómo aprovecha lo que hay.

Play.

Que, en un universo que se apaga, Cecilia gaste su energía en estar atenta porque caminar sola a la noche siendo mujer es peligroso es una falta de respeto a la existencia.

Es un desperdicio de su capacidad.

Es una injusticia.

Una tristeza.

Y no es la única.

Hace poco, ante el Paro de Mujeres del miércoles 19 de Octubre, en Twitter subieron las fotos de todas las víctimas de violencia de género.

Una tras otra tras otra tras otra tras otra tras otra.

Verlas ahí, detenidas por siempre, al lado de una descripción tan breve y tan horrible de lo que les pasó me revolvió el alma.

Contuve el llanto.

Lo contuve porque soy un pelotudo.

Porque tengo encallada en el bocho a esa forrada de que los hombres no lloramos.

Todos tenemos encalladas en el bocho a forradas que le son funcionales a ese mega recontra super archi enorme sistema que ladra y devora mujeres.

La otra vez leí una cosa.

Carolina Aguirre decía que la publicidad estúpida y sexista no siempre es culpa de los publicistas.

La cuestión es que quisieron hacer un comercial de pañales donde el padre solito se encargara de la cacona de su hijo. Pero, al testearla, las mujeres del focus group decían: “¿Y la madre? ¿La madre del nene dónde está? ¿Cómo no lo llama? ¿Lo deja solo? ¿No extraña al bebé?”

Tuvieron que agregarle entonces un innecesario llamado a la madre y pum, a otra cosa mariposa, tiñamos todo de rosa.

La buena intención estaba ahí pero también estaba ahí encallada en el bocho de las del focus group y de la marca y de la agencia la forrada funcional al mega recontra super archi enorme sistema que ladra y devora mujeres.

La culpa es de todos.

Los mensajes copados se disparan desde cualquier rincón de la sociedad. Todos somos responsables.

Los mensajes soretes se disparan desde cualquier rincón de la sociedad. Todos somos cómplices.

Si el público te dice: “No nos gusta un carajo. La madre tiene que aparecer porque sólo las mujeres se hacen cargo de los bebés,” vos ahí podés bajar la cabeza y ser su secuaz y que el mundo siga girando como siempre. O podés romper una botella, arengarla en el aire y decirles: “Chúpenme el culo. Me importa una mierda si les gusta o no. Esto sale así tal cual. Métanse sus prejuicios en el orto.”

Seguro.

Es fácil decirlo desde mi comodidad de no haber tenido un carajo que ver y no estar ni mi laburo ni mi guita en juego.

Pero es fácil también poner excusas.

Incluso cuando hay sangre y horror de por medio.

Todos somos responsables.

Todos somos cómplices.

Hace un tiempo, frente a un caso de los incontables de violencia de género, mi novia me hizo una pregunta horrible.

“¿Qué sentís sobre todo esto siendo hombre?” me dijo. “Porque siendo mujer es una impotencia y angustia y bronca enorme. ¿Pero vos? Siendo hombre, ¿qué sentís?”

Le dije algo que ahora considero un facilismo emocional.

Le dije que era raro.

Que sentía que me tenía que disculpar por parte de los hombres pero a la vez no porque no yo no había hecho nada.

Metí una frontera entre ellos y yo.

No hablé en plural.

Como si yo no pudiera nunca ser canal de ese horror.

Como si yo no pudiera nunca haber hecho nada para contribuir a la mierda.

Y la verdad es que no hay frontera.

Hay que hablar en plural.

Hay que hablar en plural, por más que nos incomode.

Tenemos que hacernos cargo.

Los hombres violamos mujeres.

Los hombres matamos mujeres.

No existen tres géneros: mujeres, hombres y violadoresasesinos.

Somos nosotros, hombres.

Un amigo tuyo puede serlo, un vecino, un familiar, cualquiera.

Ahora, ¿por qué?

Los que lo hacen no nacieron violando y matando. Tampoco los embrujó un hechicero maligno.

Entonces, ¿por qué mierda lo hacen?

¿Por qué mierda matan y violan?

Perdón, se ve que me incomodó el plural y esto requiere incomodidad y honestidad.

Repito.

Entonces, ¿por qué mierda lo hacemos?

¿Por qué mierda matamos y violamos?

En el último tiempo leí mucho sobre eso. Unos dicen que es violencia machista. Otros, consecuencias de la propiedad privada. Cosificación de la mujer. Patriarcado encarnado.

Para mí es otra cosa.

Seguro, es todo lo anterior.

Pero antes que nada es otra cosa.

Más básica.

Más antigua.

Más vital.

Es miedo.

Violamos y matamos por miedo.

No existe hombre que, en al menos algún momento de su vida, no le haya tenido miedo a las mujeres.

Maduramos más tarde que ellas. Somos por completo periféricos al milagro de la vida. La mayoría sabemos poco y nada de sus ciclos. Tememos que nos ridiculicen. Su sexualidad es un misterio. Sólo ellas tienen la certeza de que nuestro hijo es nuestro.

La única forma de convivir con un ser así es doblegarlo, contenerlo sistemáticamente.

Forzar a que ellas sean las periféricas.

Pasarnos por el culo a nuestro miedo.

Pretender que no está ahí.

Es la única forma.

Porque no tenemos herramientas para lidiar con él.

Antes vivíamos bajo un matriarcado. La irrupción del patriarcado y el cambio de deidades lunares a solares se hizo con sangre y obeliscos y constantes recordatorios de que ahora los hombres teníamos el poder y la fuerza y la razón y la acción.

Poder y fuerza y razón y acción no sirven un pito para lidiar con emociones.

No tenemos herramientas para procesarlas.

Y así contenemos el llanto como unos pelotudos.

No por nada la mayoría de los suicidas somos hombres.

Es una solución muy masculina.

También lo es usar el poder y la fuerza y la razón y la acción para violentar a una mujer porque sentimos miedo de no poder estar con ella o no podemos procesar la emoción del rechazo.

Por suerte los pilares de todos los imperios caen tarde o temprano.

Tomemos a la razón por ejemplo.

Los hombres estuvimos siglos y siglos aferrándonos con uñas y dientes a la razón como dominio exclusivo masculino, diciendo que las mujeres eran demasiado emocionales para votar o enseñar o estudiar o tener propiedades o tantas otras cosas que les corresponden como ser humano.

Y ya no es tan así.

Y que ya no sea tan así no se debe a que el paso del tiempo nos vuelve a todos unos hippies lindos.

Se debe a que hubo sangre y protestas y gente dando su vida por romper la jaula.

Porque estamos todos viviendo en una jaula que construimos siglos y siglos atrás.

Podemos reforzarla.

O podemos destrozarla.

Somos todos responsables.

Hace poco trataron de secuestrar a una mujer en la puerta de la casa de mis viejos.

De puta casualidad había cerca un albañil que les revoleó todo lo que tenía encima.

La camioneta la dejó y se fue a la mierda.

De puta casualidad no la violaron o la violaron y mataron o la violaron y drogaron y secuestraron y prostituyeron por años y años y años.

Cada tanto me agarra el miedo.

De que le pase eso a Cecilia.

Porque no pasa sólo en la tierra de la recalcada concha de la lora.

Pasa también en la puerta de la casa de mis viejos.

Pasa cada día.

Pasa en todos los lados.

Cecilia hace poco renunció a un trabajo chupasangre para irnos juntos a viajar por el mundo. En las despedidas que tenía con sus amigas, obviamente, se emborrachaba hasta el orto.

Al día siguiente, cuando la resaca la había abandonado, yo le decía siempre lo mismo: “Boluda, no vuelvas tan borracha sola. O llamame por teléfono mientras estás en el taxi.”

Yo nunca ni una puta vez tuve ni necesité esos recaudos cuando se me cantó emborracharme.

Es tratarla como una nena.

Es ridículo.

Es una falta de respeto a sus ganas de celebrar, de vivir, de nutrirse de la energía que hay y que nunca más va a volver a haber.

Esto tiene que parar.

Hace poco la leí.

Una frase contundente y acertada.

“El feminismo es el último punk.” Malena Pichot.

Le tiramos bombas molotov al sistema, al capitalismo, a los que discriminan a otras razas, a la mierda opresiva que se te ocurra.

Pero la última frontera en caer va a ser la de esa jaula de mierda que construimos hace siglos y siglos y cada uno de nosotros o la refuerza o la destruye.

Empecemos a romperla entre todos.

Agarremos cada uno al barrote que podamos y mordámoslo y pateémoslo y pidamos ayuda y juntos hagámoslo mierda.

Encontremos los moldes que tenemos encallados en el bocho y dinamitémoslos.

Miremos a los ojos a los del focus group que quieren mantener las cosas como son y desafiémoslos.

Somos todos responsables.

Somos todos responsables.

Todos menos las víctimas que se apilan una tras otra tras otra tras otra.

Hablemos entonces en plural.

Por más que nos incomode.

Por más que nos enfrente con el miedo.

Por más que no tengamos las herramientas para lidiar con él.

Porque, no sé vos, pero yo, como Stan de South Park, intenté entender qué siente una mujer sobre este horror diario, sobre este desperdicio de energía, sobre este milenario ladrido.

Y no lo entiendo.

No puedo entenderlo.

Lo único que se me ocurre parecido es cuando era chico.

Yo era un chico cuando mi mamá me aterrorizó.

Se paró al lado de la puerta del baño público y me dijo muy seria: “Si algún hombre te habla o te toca, salí corriendo o gritá que estoy acá afuera.”

Entré asustadísimo, nervioso, mirando con desconfianza acá y allá.

Por suerte, la necesidad de ir a un baño público no era muy frecuente y pronto crecí y desapareció el temor de que hombres me dijeran cosas o me tocaran por más de que yo no quisiera.

Por suerte.

Porque podría haber vivido toda la vida así, con miedo.

Aunque no.

No.

Es una mierda.

Es una mierda creer que nos salvamos del horror por suerte.

Creer que el horror es un pilar eterno que está ahí y que nadie nunca lo va a poder demoler.

Creer que no somos todos responsables.

Vivir sin miedo no es por suerte.

Vivir sin miedo es un derecho.

Somos todos responsables.

Agarremos el barrote que tengamos a mano y hagamos mierda la jaula.

 

 

Sebastián Defeo
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