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Termina el año, nos ponemos pelotudos

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Es Diciembre y eso significa una sola cosa.

Corremos atolondrados con una jabalina.

Todo el año estuvimos corriendo atolondrados con una jabalina que buscamos enterrar en un blanco.

El mismísimo corazón de la rutina.

El corazón de la rutina late cada lunes y se desnuda a fin de año.

Es ahí cuando se desviste la arquitectura de nuestros días.

Corremos entonces atolondrados hacia ese último rincón del almanaque, como si necesitáramos terminarlo, como si vivir hasta ese momento fuese apenas un trámite.

Que comprar los regalos, bancarse los balances, las publicidades sentimentales, los sorteos de lechón que sabemos no vamos a ganar pero nos anotamos igual porque, si bien tenemos la estantería repleta de fracasos y si sumamos uno más se nos puede caer todo encima, ya arranca el año nuevo y eso es meternos un gran CTRL+ALT+SUPR y a otra cosa, mariposa.

Porque en el año nuevo te despertás con una sonrisa.

Por ahí con resaca.

Por ahí con el estómago colapsado.

Pero con una sonrisa.

Porque todavía no murió ningún ídolo de tu infancia.

Porque todavía no hubo ninguna noticia sorete.

Porque todavía no te mandaste ni una sola cagada.

Seguro, por ahí después del brindis te mandaste alguna cagadita.

Las burbujas se te subieron al bocho y dijiste o hiciste o pensaste algo que mucho, mucho, mucho no te enorgullece.

Pero tranquipanchi.

Fue en el año pasado.

Pasado, pisado.

Sí, fue después de las doce.

Pero también fue ayer.

Mirá, todos tuvimos esa situación.

Todos tuvimos ese amigo.

Es de noche y estamos arreglando planes para el día siguiente. “Te paso a buscar mañana a la tarde,” le decimos.

“Técnicamente es hoy,” nos dice. “Ya es la una de la madrugada.”

“Andate a la puta que te parió, Roberto.”

Es mañana cuando te despertás, Roberto, no cuando te lo marca un relojito de morondanga.

Entonces en el año nuevo te despertás con una sonrisa.

Pasado, pisado.

Es como cuando amanecés con alguien con quien te encamaste por primera vez.

Todo es nuevo.

Inesperado.

Lo tanteás, te tanteás.

Hasta tomar un café se siente una experiencia virgen.

Sentís al sol mañanero lleno de posibilidades.

Al aire fresco.

A la vida latente.

Hasta que, claro, la rutina abre la puerta de tu casa.

La rutina venía de pasar el fin del año con su familia.

La rutina tiene una bolsa con pandulces y sidra y turrones que trajo para disfrutar con vos.

La bolsa cae de su mano desconcertada.

Te mira, mira a lo nuevo con quien estabas tomando café.

No querés hacerlo pero no podés evitarlo.

La mirás.

La mirás petrificado.

Lo ves claramente en sus ojos.

No entiende.

No quiere entender.

Entiende.

Es entonces cuando la cara de la rutina se desforma.

Del desconcierto a la tristeza a la bronca.

“¿Qué mierda está pasando?” dice.

Lo nuevo te mira, la mira, atina a taparse sus partes privadas con la taza del café.

“Eh,” decís.

No hay palabras en tu mente.

No hay excusas.

No hay mentiras.

Sos sólo expectativa.

Porque un rincón secreto tuyo estuvo esperando este preciso momento.

El momento en el cual tu rutina te encuentre con lo nuevo.

Y se vaya, llorando.

Y te deje, fresco, renovado.

Sin los fracasos del ayer en la estantería.

“¿Alguien por favor me podría decir qué mierda está pasando?” dice tu rutina.

Lo nuevo se abalanza sobre sus ropas, se cambia.

“No, no,” dice tu rutina. “No hace falta. Quedate. Hagamos un trío. Hagamos una familia. Me chupa un huevo. En serio.”

Es entonces cuando tu rutina camina hacia vos.

Hay algo en su caminar que te da escalofríos.

Una determinación.

No.

No es determinación.

Es despreocupación.

Está despreocupada.

Es dueña de la situación.

Y hay algo más.

Notás algo más en su caminar.

Cierta estampa.

Predadora.

Te agarra del mentón.

Te mira a los ojos.

Profundo.

Sonríe.

“Hagas lo que hagas voy a estar. Empieces lo que empieces voy a estar,” dice tu rutina. “Podés querer quebrarme con una reunión en la mitad de la semana, una escapada en el finde o fuegos artificiales y burbujas. Pero voy a estar. Siempre. Hagas lo que hagas, empieces lo que empieces.”

Girás hacia lo nuevo.

Si está ahí o no, no lo sabés.

Sólo ves rutina.

Y está bien.

Está bien.

Una bolsa de mierda apesta no por la bolsa sino por la mierda.

Podés tener una familia amorosa con tu rutina, desbordante de inciertos y maravillas y desafíos.

O podés vivir engañándola y volviendo a su lado, miserable, sin jamás sentirte libre.

La rutina no se quiebra, no se formatea, no se esconde.

Está ahí.

Hagas lo que hagas, empieces lo que empieces.

Podés creer que con fuegos artificiales y burbujas y resoluciones de fin de año la vas a espantar y nunca más va a volver.

Pero no.

Va a volver.

Hagas lo que hagas, empieces lo que empieces.

El dolor de huevos no está en los confines de tu reloj, de tus días, de tu almanaque.

Está en lo que hacés con ese tiempo.

Por supuesto, podés también ser esa persona. Todos están brindando a las doce y tus cejas se arquean en el mismísimo emblema del cinismo. “Hoy es un día como cualquier otro,” bostezás. Y tomás un sorbo.

Todos suben sus balances y vos resoplás, fastidiado. “Lo que el mundo necesitaba era precisamente otro balance más de fin de año. Por favor, contame más,” ronroneás, sarcástico. Y tomás un sorbo.

Todos dicen: “Glorkok.” Vos vestís una sonrisa socarrona y decís: “Tarkaramba.” Y tomás un sorbo.

Tomás un sorbo de chupame la pija.

Podés creer que vivís cancheramente un pasito al costado del reloj.

Que jamás le oliste un pedo a la rutina.

Pero no.

No.

No engañás ni al más crédulo de la Comitiva de Crédulos de Monte Chingolo.

Y dejame decirte más.

Lo que están haciendo todos, con balances y fuegos artificiales y burbujas y resoluciones, es prenderse fuego el culo para darse cuenta de algo.

Te acordás, ¿no?

Te acordás de Roberto.

El que cuando a la madrugada le decís que lo pasás a buscar mañana te dice que técnicamente ya es hoy.

Bueno.

Te acordás de revolear tus ojitos fastidiado.

Sí, técnicamente es así, Roberto.

Técnicamente.

Pero no.

No.

No es mañana cuando te lo marca un relojito de morondanga.

Es mañana cuando te despertás.

Bueno.

El tema es que despertarse no es siempre tan fácil.

Nos sopapeamos entonces con fuegos artificiales, burbujas, balances, resoluciones.

Nos mentimos colectivamente de que de un día para otro hay un nuevo capítulo.

Nos forzamos a despertar.

Eso es lo que estamos haciendo mientras vos te cruzás de brazos y reís cínicamente y tomás un sorbo de chupame la pija.

Despertarse no es siempre tan fácil.

Entonces corremos atolondrados hacia ese último rincón del almanaque.

Como si necesitáramos terminarlo.

Como si vivir hasta ese momento fuese apenas un trámite.

Como si del otro lado hubiese nada más que sonrisas.

Ningún fracaso en la estantería.

Ninguna cagada.

Sólo lo nuevo.

Vivir hasta ese momento claramente debería ser apenas un trámite.

Eso llegamos a sentir.

Cerrar los ojos y hacer fuerza y llegar al viernes.

Cerrar los ojos y hacer fuerza y llegar al treinta y uno.

Por eso.

Termina el año, nos ponemos pelotudos.

Nos olvidamos.

No es mañana cuando te lo marca un relojito de morondanga.

Ni ningún almanaque.

Es mañana cuando te despertás.

 

 

Sebastián Defeo
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