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Los peores diez minutos de la historia

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Me podés decir que fueron los peores diez minutos de la historia.

Que en esos diez minutos las comidas tuvieron gusto a culo de anciano. Que cada flor olía a diarrea. Que se declaró la tercer guerra mundial.

Peor.

Que, sin explicación científica posible, desaparecieron todas las tetas.

Y el whisky.

Me podés decir que en esos diez minutos cada persona tuvo la precisa premonición sobre cómo iba a morir y a nadie le gustó ni un poquito. Que el cielo se pobló con platillos voladores abarrotados de misiles termonucleares. Que de cada tumba florecía un zombi. Que un arqueólogo, entrometiéndose en el descanso de un faraón, desató una maldición milenaria y llovieron cocodrilos y que billones de personas murieron o aplastadas o devoradas.

Peor.

Que anunciaron la vuelta de Tubby 3 y Tubby 4 y se arrepintieron.

Me podés decir que en esos diez minutos se reveló el significado de la vida y que a nadie le gustó un carajo. Que un virus hizo que cada cuerpo esté cubierto por ojos. Que otro virus mató a todos los animales y a todos los insectos menos a los mosquitos.

Me podés decir lo que quieras.

Pero te puedo garantizar que no fueron ni un poquito peor que los diez minutos en los que subestimé la distancia entre mi culo y un inodoro.

En esos diez minutos traté controlar al tránsito con la mente.

Recé.

Transpiré.

Contuve el llanto.

Intenté meditar.

Hasta charlé con el sorete. Le rogué que esperara al baño. Le conté sobre los buenos momentos que tuvimos con sus hermanos soretes, ellos nadando en una piscina de porcelana mientras yo jugaba en el teléfono o leía la etiqueta del shampoo.

Pero nada parecía demorar al papelón.

Me iba a cagar en público.

Iba a tener que caminar con el sorete apretujado entre mi culo y el pantalón y seguro que en el camino me iba a cruzar con todos mis conocidos, con todos mis ídolos, con todas las personas a las que alguna vez quise impresionar.

Iba a pasar.

Iba a pasar.

Es más, ya estaba pasando. Lo sentía salir al sorete, lento, irrebobinable.

Avanzaba con tanta determinación y majestuosidad que parecía que yo tenía al lado de mi culo a una orquesta tocando una música épica con fuegos artificiales y todo.

Además, no era que me faltaban ciento cincuenta y tres kilómetros para llegar. Ahí sí hubiera abandonado toda esperanza y me hubiera cagado encima con la impunidad de un bebé.

No.

Yo estaba cerca de mi departamento, de mi inodoro, de mi única opción para no traumarme de por vida. Pero eso era peor. Cuanto más me acercaba, más se me relajaban los cachetes. “Ah, listo,” decían. “Ya falta poquito. Aflojemos, dejemos ir.”

Y yo les gritaba que no, la recalcada concha de la lora drogadicta. Que esperen. Que sólo se podían relajar cuando tuviera los pantalones bajos.

La cuestión es que llegué al inodoro como los que desactivan bombas en películas yanquis: en el último segundo y con el culo fruncido.

Y mientras cagaba me di cuenta de algo. Vos me podés decir que fueron los peores diez minutos de la historia. Que en esos diez minutos cada bebé explotó. Que a todos los hombres se nos redujo siete centímetros el pito. Que desapareció la chocotorta. Y así y todo no fueron ni un poquito peor a esos diez minutos en los que subestimé la distancia entre mi culo y un inodoro.

No hay nada peor que la impotencia. No hay nada peor que la imposibilidad de hacer lo que realmente querés hacer ante el mundo que te dice que acá y ahora no podés. No hay nada peor que contener lo que grita y empuja y patea por salir afuera.

No hay nada peor que cagarse.

No hay nada peor que cagarse.

 

Sebastián Defeo
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