Cuentos Textos

Lo que amás

lo-que-amas-safarijirafas-sebastian-defeo

Te pido mil disculpas. Me olvidé de contarte de Lito.

Lito era un zigzagueante, un tipo con un pie acá y otro en la recalcada concha de la lora drogadicta de merca barata. Básicamente, tenía jungla por cerebro.

Suponé que ahora viene Terminator y me agarra de los huevos y me apura para que defina a Lito en una sola y concisa palabra.

Pierdo los huevos nomás.

Pasa que yo a veces pensaba que Lito estaba drogado. Y, a veces, que era loco. Ahora creo que tapiaba una oscuridad gigante como mejor podía.

Lo conocí hace años. Muchos años. Yo era un pendejo y le daba una mano a unos amigos que hacían teatro. Ensayaban en una casona vieja en Lanús Este que se la prestaban los del Partido Intransigente. A los del Partido Intransigente sí te los puedo definir en una sola y concisa palabra: chantas. Chantas que charlaban y fumaban y tomaban mates y no hacían una mierda.

Entre ellos, estaba Lito. Nunca entendí si lo aceptaban como parroquiano para sumar bulto o si lo tenían de mascota. Porque él no entendía un pito de política. Ni le interesaba. Y cuando hablaba nunca sabías si reírte o si fingir haber recibido un llamado y rajarte bien a la mierda.

Ponele, era un martes a la madrugada y con los de teatro estábamos haciendo engrudo para pegar no sé qué carajo de la escenografía. Lito nos miraba, fascinado. Ahí fue cuando pasó.

Tres minutos estuvo. No te jodo. Tres minutos. Agarró el paquete de harina y se lo quedó mirando por tres minutos.

“Qué harina peculiar,” dijo al fin, con esa vocecita aguda que tenía.

Unos se codeaban, otros ocultaban la risa. Yo me interesé. “¿Qué tiene de peculiar, Lito?” le pregunté.

Frunció los labios. “Es peculiar.”

Esperé un manojo de minutos y agarré la harina y la sherlockholmié toda. Pero era un paquete común y corriente.

Eso se quedó conmigo. Algo para vos es una pelotudez y para alguien más es peculiar. Sólo depende desde qué rincón lo mires.

Igual no era eso lo que te quería contar.

Lo que te quería contar es que Lito usaba siempre la misma campera y que esa campera tenía ochenta bolsillos y que esos ochenta bolsillos estaban abarrotados de jabones artesanales con esencias de lo que se te cante. Los hacía él.

Le encantaba hacerlos. Eran, quizá, su único norte. Los sacaba y los olía y sonreía chocho y te los daba a oler. “Con estos jabones no me hace falta usar perfume,” decía.

Los vendía cuando los de teatro hacían una función. Buéh, los vendía. Los intentaba vender. Pasa que todos apenas veían a un tipo medio loco, medio raro, y aguaban cualquier interacción con él. Pero a Lito no le importaba. Los sacaba y los olía y sonreía chocho y te los daba a oler. “Con estos jabones no me hace falta usar perfume.”

Y tenía razón.

Puede que para alguien sea una pelotudez pero, para mí, es peculiar. Lo que amás se vuelve tu perfume.

 

Sebastián Defeo
Comentá | +Textos

No te pierdas de nada. Recibí safarijirafas directo a tu mail.

Comentarios

comentarios