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Hambre

Seguro alguna vez te pasó.

Seguro alguna vez te recontra cagaste de hambre.

Pero te morías.

Fantaseabas con llenar una pelopincho con ravioles y tirarte de cabeza, con la boca bien abierta.

Rezabas con ser Aladín sobre una pizza voladora, carnavaleando por los cielos en búsqueda de restaurantes con mesitas afuera para punguearle la comida a todo el mundo.

Delirabas con trompearte con un dragón, matarlo, arrastrarlo hasta un camping, armar un fueguito, tomar un vermut, tranqui, separar las brasas, poner al dragón en la parrilla, preparar más fuego a un costado por las dudas, prender un pucho, sorprenderte con ver un par de luciérnagas, decir que no ves luciérnagas desde que eras pibe, pispear cómo está la carne, descubrir que está justo como te gusta, destapar un vino y ahí entrarle al dragón como un desquiciado, entrarle y entrarle y entrarle hasta que amanezca.

Así de hambre tenías. Y comiste. Comiste de más.

Seguro alguna vez te pasó.

Comiste de más y al ratito lo empezaste a escuchar. A tu cerebro. “Gracias,” te dice. “Estoy satisfecho.”

Vos estás con el escarbadientes. Te encogés de hombros y seguís buscando a ese pedacito de morfi que se abraza al rincón más íntimo de tu dentadura.

“No hace falta más comida, gracias,” sigue tu cerebro. “En serio, pará.”

Notás cierto tonito en su voz. Cierto fastidio. No. No es fastidio. Es pánico.

“Dije que frenes. En serio. Frená. La puta madre. Dejá de morfar.”

Vos ya estás en otra, intentando manotear el milagro con un tecito de boldo.

“¿Qué voy a hacer?” dice tu cerebro, fumando un pucho mientras camina en círculos. “¿Qué mierda voy a hacer? No para de caer comida. Es mucho esto, es demasiado. Voy a morir. Voy a morir,” dice. Ahoga el pucho en el cenicero. Prende otro. “No puedo procesar todo esto. No entra,” dice. Resopla. Fuma. De repente, ríe. “Ya sé,” dice. “Siesta. Siestita. Apago todo y me voy a la mierda. Reinicio el sistema. Listo, te empieza a dar sueño, gordo. Dulce sueño. Lindo sueño. Cerrá los ojitos. Dormite. Dormite un cachito. Vas a soñar con tetas. Creeme. Vas a soñar con tetas bailando bajo la luz de la luna en esa playita que tanto te gusta, gordo. Cerrá los ojitos. Noni, noni.”

Y ahí te quedás roncando como el cerdo que sos.

Seguro alguna vez te pasó.

Entonces avivate. Tu cerebro vive en el pasado. Podría haberte chiflado al instante que diste un bocado de más. Pero no. Porque no puede. Está siempre atrasado.

Lo cual me hace sospechar que por vivir en el pasado nos debemos perder de algo. No sé bien qué. Quizá sólo nos podamos dar cuenta cuando eso quede atrás.

Ni idea vos pero yo no quiero eso.

Por ahí haya solución. Por ahí lo que tenemos que hacer es dejar de escuchar a lo que dice el bocho. Por ahí lo que tenemos que hacer es prestarle atención a otro rincón del cuerpo que esté más en contacto con el presente, con lo que vive, con lo que late.

 

Sebastián Defeo

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