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El fundamentalista del asado

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Me gusta hacer asado. Me gusta mucho. Tanto, que soy un fundamentalista.

Tengo mi rutina. Descorcho un vinito, corto un salamín con un poco de queso, tomo un trago y, ahí sí, arranco con la arquitectura.

Con precisión desparramo el papel, apilo prolijamente la madera y después tiro el carbón a lo bruto, porque si el fuego no tiene un cacho de caos no es fuego.

Miro, apruebo, prendo.

Mientras las llamas se desperezan y engordan, agarro un salamín y un queso y me los mando abrazados a la boca. Mastico con una satisfacción orgásmica. Casi orgásmica. Porque falta todavía. Falta mucho para el final.

Arrimo entonces una silla de plástico de las que hay en la terraza, prendo un pucho y me quedo mirando a la primera televisión: el fuego.

Es hipnótico haraganear los ojos entre las llamas. De alguna manera, conectás con todos los que estuvieron atrás tuyo, remontándote en otras charlas, otros cortes de pelo, otras ropas, retrocediendo hasta ese momento en el cual no había ni un edificio ni una puta casa, ni siquiera una palabra.

Un puñado de casi monos miraban, desconcertados, a esa bestia que devoraba todo y escupía sólo cenizas. Supieron domarla y le tiraron arriba un pedazo de carne.

Mientras estoy en la silla de plástico pienso en ellos. Prendo otro pucho y, entre pitada y pitada, empiezo a correr la brasa para un lado y, para el otro, al carbón apenas mordido por las llamas.

Pongo entonces una mano sobre la parrilla. Dicen que hay que contar hasta diez sin quemarse. Yo subo hasta trece. Me gusta que todo se haga despacio, bien despacio.

Si andás con hambre, cagaste. Mejor picoteá un salamín y un cacho de queso que el asado tiene para rato. Para rato largo.

Así y todo, es al pedo charlarme. Te escucho con una oreja mientras que con la otra busco encontrar el correcto crujir de la carne. Aunque lo que busco, en verdad, entre vos y yo, es otra cosa.

Te dije que soy un fundamentalista del asado. Lo que no te conté es por qué.

Tengo una teoría. Estás en pelotas ante el fuego. Importa un carajo cómo te emplichás, con qué ideologías te arropás, tu laburo, la etiqueta del vino que trajiste, qué series de televisión te gustan, qué tenés entre las piernas, si le entrás sólo a verduritas o a vacío y achuras por igual. Las llamas devoran a todas las boludeces que pensás que te definen. Buscan la simpleza de la desnudez.

Tenés a los que no hacen un carajo. Los que morfan y listo, ni amagan a levantar los platos.

Tenés a los que enseguida quieren meter mano en tu parrilla, cagándose en todo lo que estuviste haciendo.

Tenés a los que vomitan consejos y recomendaciones.

Tenés a los que te ven transpirando, apantallando acá, cortando allá, y se aseguran de que tu copa esté siempre llena.

Tenés a los que se impacientan, los que no disfrutan del proceso, necesitan el resultado. A la mierda el camino, esos quieren llegar nomás.

Tenés a los que proponen un aplauso para el asador.

Tenés a los que no.

Tenés a los que se acercan a la parrilla y dicen: “¿Necesitás ayuda?” o “¿Te doy una mano?” Esos no me caen bien. Pasa que son preguntas que tienen el “no” de la respuesta demasiado arrimado. En el fondo buscan desentenderse. Como mucho, hacer lo mínimo y necesario y a la mierda. Son corteses, está bien. Pero la cortesía te abandona en los rincones más oscuros de la aventura.

“¿En qué te ayudo?” Ahora, para mí, esa sí es una pregunta empapada de compañerismo, de ganas de arremangarse y ensuciarse a la par tuya.

Porque, para mí, hacer un asado es una aventura. La más grande de todas. Y no lo digo por gordo. Lo digo porque mientras mis ojos haraganean entre las llamas, pienso en el mundo cuando no había ni un edificio ni una puta casa, ni siquiera una palabra.

Un puñado de casi monos miraban, desconcertados, a esa bestia que devoraba todo y escupía sólo cenizas. Supieron domarla y le tiraron arriba un pedazo de carne. Fue entonces cuando descubrieron que las cosas podían ser distintas. Fue entonces cuando miraron al horizonte y descorcharon la idea de que podían hacer lo que se les cantara. Fue entonces cuando estrenaron esta aventura de qué significa ser humano.

Es por eso que soy un fundamentalista del asado. Es por eso que paso horas fingiendo buscar el correcto crujir de la carne. Porque hace rato que nuestros almanaques están empapados de sangre y de mierda. Es por eso que estiro el asado.

Después de todo, es hipnótico haraganear los ojos entre las llamas. Por ahí, si lo hacemos por suficiente tiempo, nos reconozcamos desnudos ante el fuego.

Y quizás entonces descubramos que las cosas pueden ser distintas. Y miremos al horizonte y descorchemos la idea de que podemos hacer lo que se nos cante. Y probemos de nuevo esta aventura de qué significa ser humanos.

 

Sebastián Defeo
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