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El embajador

Hoy viniendo a trabajar sentí algo adentro de mi zapatilla. “Una moneda,” supuse mientras caminaba hacia el subte. Pero una duda me cacheteó. “¿Y si es otra cosa?” dije.

Tal vez era un botón suelto. Quizás, un caramelo. O, por ahí, era la carta abollada de un amor secreto, de una mujer demasiado tímida para dármela en persona y lo suficientemente chiflada para esconderla en mi zapatilla.

Yo tanteaba con los dedos del pie pero sólo podía precisar una forma regular y dura.

La posibilidad me trompeó.

Quizá seres diminutos de otro planeta construyeron un teletransportador. Y quizás intentaron probar suerte en la Tierra. Y quizá le apuntaron a la infortunada coordenada entre mi pie y la plantilla.

Lo que estaba pisando, entonces, no era una moneda. Era el cadáver de un embajador intergaláctico.

Me senté en el subte. Pánico. Mi cerebro se estrujaba contemplando las repercusiones que tendría el asesinato.

Accidente. Había sido un accidente. Me repetía una y otra y otra vez que había sido un accidente pero, así y todo, no podía desterrar a la culpa que acampaba en mi pecho.

Caminé hasta el trabajo, despacio, muy despacio, pisando de costado para no aplastarlo todavía más.

Lo imaginé al diminuto alienígena, lleno de esperanzas de comunión y aventura, saludando a su familia y a sus amigos y a su planeta entero, sonriéndole a todos y entrando en el teletransportador. Él tenía miedo, sí. Pero también tenía el deseo de construir un puente con la Tierra. De conocernos. De abrazarnos y juntos darnos cuenta de que no estamos solos.

La idea me boxeó.

“¿Y si está vivo?” dije.

Quizá el embajador todavía estaba vivo. Un poco sofocado y machucado. Pero vivo.

Entré en la oficina. Encaré para el baño. Me senté en el inodoro. Cerré la puerta. Respiré profundo, me saqué la zapatilla y la incliné hasta que la respuesta se volvió visible.

Era una moneda.

Era obvio que iba a ser una moneda.

Lo obvio me rompe tanto las pelotas.

 

Sebastián Defeo
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