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Tango

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“Perdón pero necesito matarte,” dijo él, ahogando el cigarrillo en el cenicero.

Ella se echó hacia atrás en la silla, cruzó las piernas con una calculada lentitud y clavó sus ojos en los de él. Rió.

El humo aún trepaba desde el cenicero. “Estoy cansado,” dijo él. “Necesito empezar de nuevo.”

Ella jugaba con su pelo.

Él se paró, sacó un revólver, le apuntó. Pero su dedo se demoró en el gatillo. Se demoró demasiado.

Ella sonrió. Se levantó de la silla lentamente. Se arrodilló lentamente. Y lentamente apoyó su frente contra el revólver, sin nunca dejar de mirarlo a los ojos.

“Hacelo,” dijo ella, casi en un susurro. “Matame.”

Él respiró profundo.

Ella posó su mano en la entrepierna de él. Sonrió. “No me sorprende,” dijo, bajándole la bragueta.

Acercó su boca. Se detuvo. Lo miró a los ojos.

Él la agarró por la nuca y la acercó. “Chupala y dejame seco,” dijo. “Es lo único que hacés, es lo único que hacés.”

Ella no podía contestarle.

Él cerró los ojos. Quería disfrutar más pero se entregó al momento. Sintió al orgasmo trepar desde cada rincón de su cuerpo y su alma, trepar por su existencia entera, trepar hasta ella.

Tembló sobre el final.

Se echó hacia atrás pero ella no lo dejó ir. Agarró el revólver que todavía estaba en la mano de él y lo posó sobre su frente. “Ahora que no me deseás más,” dijo. “Ahora que estás vacío y satisfecho. Ahora, matame.”

Él la miró.

Respiró profundo.

Respiró profundo otra vez.

Ella rió. Se paró, encendió un cigarrillo. Semen goteaba por su cara, sus manos. “¿Ves?” dijo. “A un recuerdo no se lo puede matar. Se lo lleva consigo. Siempre.”

“Pasaron años,” dijo él.

“Siempre,” dijo ella.

Él sintió frío. Se sintió chico. Se subió la bragueta, guardó el revólver, le dio la espalda. “Adiós,” dijo sobre su hombro.

“Hasta luego.”

Y se fue lejos de ella, llevándola consigo.

 

Sebastián Defeo
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