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CONVERSACIONES EN UN BAR – 04 – El tiempo es más rápido que Speedy Gonzales

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—¿Cuatro años ya?

—Cinco en Abril.

—Puta madre.

—A determinada edad, es un peligro pensar hacia atrás en números.

—El tiempo es más rápido que Speedy Gonzales.

—¿Te acordás de la vez que fuimos al boliche ese con barra libre en Temperley que costaba siete mangos la entrada y el pelotudo se empedó chupando Satanás Caliente y Séptimo Regimiento y no sé qué otra gilada? A la salida se desmayó en una parada de colectivo que estaba toda embarrada y no lo podíamos levantar entre los dos.

—Qué gordo infradotado.

—Y ahora tiene un pibe de cuatro años. Cinco en Abril.

—¿Viste cuando eras nene y veías a los grandes y te parecían de una edad inalcanzable? Bueno, para el hijo del gordo somos esos viejos chotos.

—Loco, los amigos de mis viejos siempre ponían canciones de Palito Ortega y cosas así. Se cagaban de la risa acordándose de anécdotas del año del pedo y bailando con unos pasos ridículos. Me parecía algo antiquísimo. Ahora resulta que este pendejo de mierda va a pensar lo mismo de mí cuando yo ponga Nirvana.

—Tal cual. Es más… Me acuerdo que una amiga de mi vieja cada dos o tres cumpleaños me decía lo mismo. Me agarraba de los cachetes y me decía: “Qué grande que estás. Pensar que yo te cambié los pañales.” Y yo la miraba con odio.

—Loco, yo odiaba asesinamente que me dijeran eso.

—Y claro, Facu. Porque pasa que sos pendejo y querés jugarla a que sos grande. Pero ahora caigo, boludo. Imaginate cuando el hijo del gordo infradotado pele barbita, cuando sea un adolescente hincha pelotas. Ahí lo ves y decís: “¿Cómo que tenés diecisiete? Yo tuve diecisiete. Y ahora vos tenés diecisiete. Pero pará, no puede ser. Yo te cambié los pañales.” Creo que eso le pasaba a la amiga de mi vieja… La mina caía que ahora estaba del otro lado. Es así nomás, Facu. Ya estamos del otro lado.

—Pero pará, loco. No exageremos tampoco.

—No exagero. A ver. Esa pendejita que estás mirando, la del vestido y los tatuajes…

—Me vuelve loco. Tiene carita de que la chupa como los dioses.

—Facu, ¿cuántos años pensás que tiene?

—Sara se llama. El Saltamontes la conoce. Tiene diecinueve.

—Bueno, diecinueve. Nosotros tenemos treinta y tres.

—No es tanta diferencia.

—Facu, hay un pibe de catorce años entre ella y vos, boludo. Un pibe de catorce años. A los catorce te matabas a pajas, Papá Noel no existía hace mucho tiempo, ya conocías lo que era el odio, la angustia, y hasta por ahí fuiste al funeral de un abuelo o dos. Eso hay entre ella y vos.

—Para mí no es tanto.

—Porque te la querés coger, boludo, y eso nubla cualquier razón. Pero pensalo un toque. Cuando eras pibe no existían los celulares. Facu, no existía internet cuando eras nene. No había internet. Tenías que hacer la tarea de la escuela y buscabas en los libros a tu casa, le pedías libros a tus tíos, ibas a la biblioteca. Hasta que en la secundaria llegó Encarta.

—¡Encarta!

—Tampoco había televisión por cable. Hoy hay Netflix, boludo. Hoy los pendejos están con la Play Station en Blu Ray y el iPad y no sé qué garompa y nosotros soplábamos los cartuchos del Family.

—El VHS.

—El walkman.

—El contestador. ¿Te acordás? Mis viejos tenían uno. Era una maquinita así, negra, con casete, que te grababas los mensajes.

—Los teléfonos que discabas así girando los números.

—Loco, el monitor monocromático que veías en amarillo y negro. ¿Te acordás que había como una pantalla, un filtro, que le ponías?

—El mouse con bolita que cada tanto tenías que desarmar porque se llenaba de mugre.

—El Carmen Sandiego.

—El Príncipe de Persia.

—Pará, pará. Con los monitores esos amarillos que veías en amarillo y negro… ¿Había Windows?

—No. Usábamos DOS.

—Me estás jodiendo.

—Es más… ¿Te acordás del Logo? Tortuga derecha, tortuga izquierda.

—¡El Logo! Qué hijo de puta. Me había olvidado. Escribías como unos comandos y la tortuga de mierda dibujaba una línea chota. Para un pibe hoy eso es prehistórico.

—Es lo que te digo, Facu. Crecimos en un mundo muy distinto. La pendeja esa del vestidito y los tatuajes…

—Sara. Que no puedo dejar de acotar que tiene cara de chuparla como los dioses.

—La cuestión es que Sara nació en otro mundo, boludo. Cuando éramos chicos en las películas de ciencia ficción futurísticas siempre te ponían a gente hablando con unas pantallas donde había otras personas. Era imposible, ¿entendés? Hoy lo hacés con tu telefonito de mierda.

—Tenés razón. Pasa rápido el tiempo, loco. Cinco años va a cumplir el hijo del gordo infradotado.

—El otro finde largo fuimos con mis viejos y mis abuelos a Santa Teresita. Nos recontra cagamos de frío. Pero el domingo salió el sol y metimos playa. Y mis abuelos clavaron malla. Ochenta años tienen. Y, no sé… Es como que los miraba y… ¿Viste ahora que hablamos de las minas con vestidito y tatuajes, de que tienen cara de chuparla como los dioses, de todo esto? Es como que después pasa el tiempo y es tu mina la que se clava una malla enteriza y tiene el cuerpo de una abuela y vos sos un abuelo repleto de arrugas. Es tu mina, la que te la cogías con ganas, y ahora tiene dentadura postiza y vos caminás encorvado a dos kilómetros por hora con canas hasta en el culo. Eso nos va a tocar vivirlo a nosotros.

—Pero falta, loco.

—Falta pero llega. Como cuando eras nene y mirabas a los grandes y pensabas que eran de una edad inalcanzable. Hace catorce años tuve la edad de esa piba.

—Loco, las minas en nuestra época no estaban tan buenas.

—Boludo, escuchate. “En nuestra época.” Ya estás viejo gagá.

—Pero es cierto, ¿no? Quizá era todo más inocentón. Me acuerdo de Vero, Marisa, Lau… Y ninguna pelaba estos vestiditos. Olvidate de tatuajes. Ojo, yo también, loco. Era un nene de pecho. Si pudiera volver en el tiempo haría las cosas de otra manera.

—¿Cómo qué?

—Y, por ejemplo, de pendejo me hubiera encantado tocar la bata.

—¿Posta?

—¿Nunca te lo dije?

—Nunca, boludo.

—Era un tímido de la reconcha puta madre. Siempre quise tocar la bata. Lo veía a Grohl dándole a los parches y me hervía la sangre, loco.

—¿Quién?

—El batero de Nirvana.

—¿Ah, sí? ¿Tocaba bien? Lo tenía a Nirvana como más sencillón.

—La descose el hijo de remil puta. Lo fui a ver con Foo Fighters y en un momento se sentó en la bata y a mí se me nubló la vista, loco. No sé cómo explicártelo. Es como una cosa animal, ¿viste? Me hubiera encantado ser batero. Pero mi habitación…

—¡Boludo, tu habitación! Me había olvidado. ¿Cómo entrabas ahí?

—Por eso. Ni en pedo podía meter una batería. Y encima mi vieja daba las clases de inglés todo el día en el comedor.

—Cierto.

—Y ahora me veo a los treinta y tres y veo que los numeritos de las tortas de cumpleaños van para un sólo lado y cada vez más rápido y, loco, me hubiera encantado ser batero, estar en una banda, cogerme pendejas.

—Siempre todo se reduce a eso, ¿no? A no coger suficiente pendejas.

—No, es que—

—Te estoy jodiendo, boludo. A mí cada tanto me agarra algo parecido pero con la universidad. No sé, siempre me pareció una reverenda pelotudez gigante eso de meterte a estudiar una carrera unos meses después de haber terminado el secundario.

—Tal cual, loco.

—Me acuerdo que nadie tenía la más puta idea de qué hacer con su vida, boludo. Y si te decían que sí, te mentían. Hasta iban a orientación vocacional. Nos faltaba un golpe de horno. Cada mes eras una persona distinta.

—Es cierto.

—Pero me acuerdo que todos los laburos te pedían que fueras estudiante universitario. Todos. Aunque sea para ponerte a laburar de una chotada. Y entonces te metías a estudiar algo que suponías te iba a gustar y conseguías laburo y después lo que estabas estudiando medio que ya te chupaba un huevo pero pasaron un par de años y te daba cosa dejar y seguías y era todo tan al pedo. Ahora que lo pienso… después de terminar el secundario yo me tendría que haber ido a la mierda un par de años. Siempre quise hacer eso, agarrar la ruta.

—Me acuerdo, loco. La camioneta de tu abuelo.

—La Volkswagen hippie. Cuando el Saltamontes vino con lo de irse a Asia por dos años y todos nos cagamos las patas menos Vero…

—Loco, ¿cómo no le hicimos la segunda?

—¿Vos hubieras ido?

—Me moría de ganas.

—Boludo, no sabía.

—Era tímido.

—Éramos pendejos, Facu. Yo me quedé con las ganas y un día lo estaba ayudando a mi abuelo con algo en el garaje y vi la camioneta y listo, vi la película. Quería tirar un colchón atrás, un par de libros, una heladerita para la birra, mi viola y a la mierda.

—Me acuerdo. Esa siempre me encantó. Recorrer América, parar en playas, cogerme pendejas.

—Todo se reduce a eso, ¿no? A no coger suficientes pendejas.

—Qué cagada que no te la prestó, loco.

—Me cagué en las patas, boludo. Esa es la verdad. Se la tendría que haber pungueado o laburado y comprarme una y listo. Encima Vero andaba cogiendo con el Saltamontes por todo Asia y no paraba de mandar esas fotos increíbles y me hice la cabeza mal. Me hubiera encantado ir, juntar unos mangos y viajar y cogerme a una tailandesa. Pero me cagué en las patas. Y ya fue. ¿Cuándo mierda me voy a coger a una tailandesa ahora? Tengo una sola vida y esa es una experiencia que nunca voy a tener y por ahí te parece una pelotudez enorme pero a mí me angustia.

—Fede, andá ahora.

—Ya estoy del otro lado, con un laburo choto y amigos que tienen hijos de cinco años.

—No puedo creer que vaya a cumplir cinco años el hijo del gordo infradotado. Cómo pasa el tiempo, loco.

—Y pasa más rápido cuando no hacés un carajo. ¿Viste cuando un amigo se va de vacaciones y vuelve y en esos quince días hizo mil quinientas cosas y vos no hiciste un carajo más que ir de tu casa al laburo de mierda y del laburo de mierda a tu casa y quizás a morfar alguna vez afuera o a un bar o a una pelotudez así? El tiempo pasa más rápido cuando no hacés un carajo.

—Igual no me hables de laburo de mierda, loco. Vos en la oficina estás cómodo, tenés aire. ¿Sabés lo que es meterle mano a una caldera? Te morís, Fede. Te morís. ¿Por qué te pensás que le apuesto todas las semanas fijo al Quini 6? Quiero pegarla e irme a la mierda.

—…sí.

—¿Qué pasa?

—Me colgué. ¿Sabés que…? La otra vez escuché algo y me quedó dando vueltas en el bocho y no supe por qué y ahora caigo que es por esto. El invento más antiguo de la humanidad fue la rueda.

—Vos salís con cada cosa, Fede.

—Y hay valijas creo que desde los egipcios o algo así. Desde hace miles de años. Pero recién en 1970 o 1980 a alguien se le ocurrió ponerle rueditas a una valija. La ruedita estaba ahí desde el comienzo de la humanidad, boludo. Y todo el tiempo estuvieron arrastrando las valijas, levantándolas, partiéndose el lomo, años, siglos, milenios, hasta que a uno se le ocurrió ponerle rueditas.

—Qué loco.

—Podés pasarte toda la historia de la humanidad, siglos y siglos, y darte cuenta de algo super recontra hiper evidente y no por eso va a ser tarde. Nunca es tarde hasta que es demasiado tarde.

—¿A qué va todo esto?

—A que mi abuelo murió. Mi viejo nunca quiso vender la camioneta, me la regaló. Y anda. Yo siempre quise salir a viajar y tocar la viola y coger pendejas. Vos siempre quisiste salir a viajar y tocar la batería y coger pendejas.

—¿Qué decís?

—No creo que entre una batería en la camioneta. Pero algo de percusión, sí.

—Vos estás diciendo…

—¿Armamos una banda? ¿Vamos de gira?

—¡Muchachos! ¿Cómo andan?

—¡Saltamontes!

—¿Quieren un cachito de ginebra? Miren que esta noche paga Macherano.

—Boludo, caíste justo, justo, justo cuando estábamos a punto de irnos a la mierda.

—Disculpen. Los invité a todos acá al bar pero quería hablar así, de a uno o a dos, porque es algo importante. ¿Me pueden aguantar unos minutitos antes de irse?

—No, no. Digo que con Facu estábamos recién hablando de irnos a la mierda en la camioneta de mi abuelo.

—Buena onda. ¿A dónde?

—Por toda América. Para empezar.

—Sí, sí, sí. Eso es lo quería escuchar, muchachos. Esta noche en este bar vamos a cambiar al mundo.

—Es medio una locura, Fede. O sea, todo bien, loco. Me encanta la idea. Pero…

—Pero tenés miedo.

—No. Es como decías vos, Fede. Ya estamos grandes.

—¿Ya están grandes para vivir?

—No, lo que digo es—

—Facu, Facu, Facu. Soy el Saltamontes. No me mientas, viejo. Tenés miedo. Y está bien. Eras un bebé y le tenías miedo a cuando no veías a tus viejos. Eras un nene y le tenías miedo a la oscuridad. Siempre le tenemos miedo a lo que nos deja vulnerables. Después crecemos y le escapamos al riesgo y nos amurallamos y nos justificamos hasta con pelotudeces tan grandes como que ya estamos viejos. Perdón, Facu. Pero lo que dijiste es una pelotudez enorme. Cuando tengas setenta te vas a putear hasta el orto por haber dicho que a los treinta ya estabas demasiado grande. Está bien tener miedo. Pero no le escapes a eso. Miralo a los ojos, reconocelo y pisotealo todo. Por eso mismo les pedí que vengan hoy, muchachos. Creo que hay un motivo cósmico por el cual todos estamos en este bar esta noche. Pero, Facu, antes de decirle a Fede que no, antes de pincharle las llantas de su sueño, dejame que te cuente la historia que les quiero contar, la historia de por qué los invité acá. Quizá cambies de opinión. Quizá te animes. Dejame que te cuente de alguien que vio al rey de la oscuridad, al mismísimo miedo en persona, y corrió derechito persiguiéndolo por más de que el tiempo no le alcanzaba. Dejame que te cuente de Macherano.

 

Sebastián Defeo
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