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CONVERSACIONES EN UN BAR – 03 – Dar el primer paso

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—Qué carita, pelotuda.

—Y…

—¿Qué te dijo?

—Lo de siempre. Me habló de fútbol, de sus pinturas y de cambiar al mundo. Nunca de mí, de nosotros. Tenías razón, soy su perrita faldera. Me llamó para venir al bar y yo caí como una pelotuda marca cañón.

—Metele pausa al suicidio, Vero. A ver, el pelotudo este que te gusta, el Saltamontes, tiene treinta y cinco pirulos y nunca ni una conchuda vez estuvo de novio, ¿no?

—No. Dice que le gusta mucho el rock and roll para enseriarse.

—¿Ves? Todos nos ponemos excusas y estoy segura que esa es la del flaco. Nunca una pareja, nunca alguien que lo vea de cerca por suficiente tiempo. Fútbol, pinturas, cambiar al mundo. Todo como… lejos, ¿no?

—Puede ser, no sé.

—Pero escuchame un segundo, pelotuda del orto. Y si te lleno el culo a patadas es porque te amo. Decime algo. Si te gusta, ¿por qué mierda no diste el primer paso vos?

—Porque mientras me hablaba de Holanda y no sé qué mierda mi cerebro patinó. No sé si fueron las flores o la ginebra que él me dio para chupar o qué pero pensé en lo que me dijiste, de cómo nos ponemos excusas para no dar el primer paso.

—Sí, ¿y?

—Y pensé en mi padrino.

—Ah, te pegó para el orto.

—No sé si te conté de él.

—No creo, me hubiera acordado.

—Vino de España acá a sus treinta y dos. Estaban cagados de hambre allá en su pueblo. Cagadísimos. Cazaban pájaros y todo.

—Uy, pobre.

—Siempre le quedó dando vueltas volver. Quería ver a sus amigos, su familia. Se la pasaba mirando el canal español en el cable. Tenía su cabeza allá. Te hablaba de los olores, los gustos, los paisajes. Cuando cumplió setenta se me ocurrió hacerle una vaquita entre toda la familia. Le dimos la guita para que compre un pasaje.

—¿Ves que sos un amor? Ese pelotudo no te merece.

—Pero no quiso mi padrino.

—¿Cómo que no?

—Se enojó con ese carácter de mierda que tenía y nos tuvimos que meter la buena intención en el orto.

—¿Pero qué le pasó?

—Para mí, sabía que iba a ser la última vez. Sabía que no le daba la guita ni el tiempo para volver una segunda vez. Y no podía ir y despedirse de nuevo. No podía quedarse allá tampoco. Prefería vivir queriendo volver que volver.

—Qué terrible.

—En eso pensé mientras este pelotudo me hablaba de no sé qué córner y de sus pinturas. Y en lo que me dijiste, de las excusas, en cómo las ponemos en el medio para amortiguarnos, para no lastimarnos. Siempre creí que con él la excusa era esperar a que él diera el primer paso porque no quería apurarlo, no quería asustarlo, no quería cagar nuestra amistad. Y no. Estuve todo este tiempo esperando a que él diera el primer paso porque sabía que si lo daba yo caía en el vacío. No hay nada para mí en él. Cinco años enamorada al pedo.

—Nunca nos enamoramos al pedo.

—Puede ser.

—Pelotuda, arriba el ánimo. Te ahorraste cinco años te terapia en cinco minutos.

—No sé.

—¿Qué pasa? ¿Cómo te sentís, Vero?

—Qué se yo. Es como triste. Triste y aliviador.

—¿No te sentís mejor ahora, pelotuda?

—Creo que sí. ¿Y vos?

—¿Yo qué?

—Si es cierta tu teoría y todos tenemos una excusa… ¿cuál es la tuya?

—Creo que también espero que alguien dé el primer paso porque tengo miedo de arruinar una amistad.

—Boluda, ¿quién? Nunca me contás nada.

—Sabés que no me gusta hablar hasta que sea algo concreto.

—Y decile lo que sentís.

—Se lo dije, pelotuda. Se lo dije mil veces. En la cara. Pero no. No escucha. Escuchamos sólo lo que queremos escuchar.

—Comprale audífonos y decíselo.

—Sos una pelotuda pero te amo.

—Che, ¿pido la cuenta? Es como que no puedo dejar de mirarlo al boludo este forro con su fútbol y sus pinturas y sus ganas de cambiar al mundo y no quiero, me quiero ir.

—Sí, dale.

—¿Volvemos en taxi y te tiro antes en tu casa?

—Dale. No. No.

—¿Qué?

—No. Estuve toda la noche hablando de excusas. Tenemos una puta vida y nos metemos excusas porque nos da miedo probar, porque nos da cosa salir del lugar donde estamos tan cómodos, dar el primer paso. Es una pelotudez. Es como contener un pedo que lo aguantás para no tirártelo y lo aguantás y lo aguantás y lo aguantás pero siempre a la larga te lo tirás y te terminás cagando encima y es peor. No quiero más excusas.

—¿De qué hablás?

—De lo mismo que te estuve diciendo toda la noche y ni una puta vez lo escuchaste. De que te amo, pelotuda.

 

Sebastián Defeo
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