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CONVERSACIONES EN UN BAR – 02 – Sin excusas

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—Gracias por acompañarme.

—No seas pelotuda. ¿Cómo no te voy a hacer la segunda?

—No quería venir sola y fumar un pucho tras otro como una loca hasta que me diga por qué me llamó después de cinco meses.

—Y entonces dejá de hojear revistas del orto en esa sillita de espera que es tu bocho y andá a hablarle de una puta vez.

—No. Ahora no.

—Qué cagona de mierda que sos, Vero.

—Boluda, está charlando con el gordo infradotado. No voy a meterme en el medio como una desesperada loca de mierda buscando pija.

—A ver, teneme la birra un toque.

—Boluda, no vas a prender eso acá.

—Pelotuda, vos sabés que te amo y que te digo esto con todo el cariño del mundo… Me estás secando la concha del alma. Y ta bien, te entiendo. Hace cinco meses que no hablás con el Saltamontes y te llama y venís como la perrita faldera que sos y está lleno de sus amigos y no te da bola. Ta bien. Pero o te fumás conmigo y te relajás un poco la concha o dejame que me fume para bancarte o te recontra cago a chancletazos el orto. Vos elegí.

—Dame una seca.

—Te encanta ahogarte en un vasito de agua, eh.

—Uy, son flores.

—Tenemos treinta, Vero. Ya no da fumar algo que te lo mea un indocumentado para que pegue más.

—Miralo. Ni registra que estoy acá. Pude no haber venido. Total, daba igual. Soy una pelotuda.

—No, Vero. Sos una reverenda pelotuda.

—¿Qué?

—Andá y hablale al Saltamontes de una puta vez.

—Está con el gordo infradotado.

—Está bien que el gordo tiene más tetas que vos pero, igual, no es competencia.

—Que venga él y listo.

—Teneme la birra que se apagó. Che, ¿te acordás de Marisa? Me hiciste acordar a ella.

—¿Pirro? ¿Marisa Pirro decís?

—Esa. ¿Te acordás, pelotuda? Nunca quería salir la larva hija de puta de Marisa. Que cumplía años el viejo, que tenía que estudiar, que estaba descompuesta, que cumplía años el viejo. Ochenta mil veces al año cumplía años el viejo.

—Hasta en Enero te decía que tenía que estudiar.

—Te acordás. El tema es que nunca la sentías cómoda. Cada puta vez terminaba diciendo que no pero medio que tartamudeaba, dudaba. Hasta que tuvo al pibe.

—Lautaro.

—Hasta que lo tuvo a Lautaro. ¿Viste cómo le cambió la cara cuando nos decía que no? Marisa se sentó en su nido de excusas como una mamá pájaro y de ahí no la sacaba ni el diablo con una pija así de grande. Que no podía por el nene. Que no podía por el nene. Que no podía por el nene. Contenta te lo decía. Segura. Firme. No podía por el nene. Le dije hoy de venir.

—¿Y?

—No podía por el nene.

—¿Cuántos tiene Lautaro ahora? ¿Sabés?

—Siete años. Ni dudó ni tartamudeó la hija de puta. Me dijo que no podía por el nene y a la mierda. Entiendo que un pibe es una piñata de quilombos pero no puede ser que ni una puta vez te hagas un rato para estar con tus amigas. Toda su vida estuvo esperando esa excusa, la conchuda.

—Puede ser.

—Es así, Vero. Tengo esa teoría. La gente se pasa toda la vida o arrastrando una excusa o esperándola. Creo que todos tenemos algo que nos cuesta aceptar, algo que no podemos alcanzar, algo que es más cómodo no intentar y ahí metemos excusa.

—Puede ser.

—Vos te das cuenta que eso es lo que estás haciendo ahora, ¿no?

—¿Qué?

—Vero, pelotuda. Vos siempre tenés la misma excusa con él. Esperás que él dé el primer paso.

—Es que él me llamó.

—Date cuenta, forra del orto. Siempre estás esperando que el Saltamontes dé el primer paso. Y te entiendo. A mí me pasa algo parecido. Pero avivate. ¿Te acordás cuando los juntó a todos ustedes y les dijo de ir a Asia por dos años? Vos sola dijiste que sí, perrita faldera.

—¿Y? Fue el mejor viaje de mi vida.

—Seguro. Pero por el otro lado estuviste dos años sacando fotos hermosas y vos una diosa en playas paradisíacas esperando a que te dé un beso mientras se cogía a minas de cada puto país.

—Ojo que yo me encamé con medio mundo ahí.

—Que hayas sido la reina trola de Asia no significa que por eso no estuviste dos años esperando a que te diera un beso. Como lo de la playita esa de Vietnam que te encanta.

—Ha Long Bay.

—Esa. En el barquito ese lindo que me mostraste en esa fotos hermosas que sacaste. El Saltamontes te dijo que se sentía perdido y solo en la vida. Vos le dijiste que te tenía a vos.

—Ya sé lo que pasó.

—Que eras su compañera de viaje.

—Sé lo que le dije.

—Que eras su familia.

—Ya sé.

—Y se miraron a los ojos y sonrieron y el silencio se volvió largo y demasiado incómodo. ¿Y qué hizo el otro cagón de mierda? Te abrazó. ¿Y qué hiciste vos, pelotuda enamorada cagona de mierda? Te contuviste como una hija de puta para llorar una sola lágrima y te quedaste ahí, discreta, en su pecho, escuchando a su corazón que latía tan cerca y tan lejos.

—Cambiemos de tema.

—Y después de eso, seguiste viajando un año más con el Saltamontes, siempre esperando a que haya otro silencio incómodo y que esa vez él se atreva a dar el primer paso. ¿Hace cuánto que estás enamorada?

—No estoy–

—Que ni se te ocurra mentirme, hija de remil puta. Somos concha y tampón vos y yo. Que ni se te ocurra mentirme. ¿Hace cuánto que estás enamorada si decirle ni mu?

—Hubo idas y vueltas, parejas–

—El total, cagona. Decime el total.

—Cinco años.

—Cinco años, Vero. Es un pedazo enorme de tu vida. Y te digo algo peor. Pero te lo tengo que decir porque te amo, forra.

—Frená un poco que no me quiero pegar un corchazo.

—Siempre esperás que otros den el primer paso. Ahora, decime la verdad. ¿Alguna vez mandaste tus fotos a alguna revista o diario o la mierda que sea? ¿O seguís esperando a que alguien te descubra y te contrate?

—¿Qué tiene que ver?

—¿Cuántas veces mandaste tus fotos? Decime la verdad, pelotuda.

—No sé. Cinco veces.

—Es nada.

—Es algo.

—Es nada. Sacar fotos es lo que amás. Lo que amás, pelotuda. Las fotos de Asia que me mostraste son hermosas, pelotuda talentosa del orto. Y no te lo digo porque te amo. Son hermosas. Empapelá a toda la puta ciudad con ellas hasta que puedas vivir de eso. Vendelas. Ingeniátelas. Buscá cómo. Dejá de esperar a que alguien te descubra. Dejá de esperar a que otro dé el primer paso.

—Suena fácil.

—Es fácil. El resto son excusas.

—Ahora, es un hijo de puta.

—¿Quién?

—El Saltamontes. Dejó de hablar con el gordo infradotado y ahora está con Facu y Fede. Me va a ignorar toda la noche el muy forro.

—Pelotuda, ¿lo que te dije te entró por la concha y te salió por el culo? Andá y hablale. Da el primer paso por una puta vez en tu vida.

—¿Pero qué le digo?

—Lo que quieras, Vero. Yo armo otro mientras. Vas, le hablás y volvés y me contás todo con lujo de detalle porque ya compré acciones en esta telenovela.

—¿En serio decís? ¿Pero voy y qué le digo?

—Lo que quieras, pelotuda. No existe manual de instrucciones. No existe otra cosa en esta puta vida más que intentarlo.

—Brindo por eso. Sin excusas.

—Sin excusas. Ahora andá.

 

Sebastián Defeo
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