Textos Conversaciones en un bar

CONVERSACIONES EN UN BAR – 01 – Macherano

No íbamos a perder. Íbamos a morir.

Nuestros sueños y esperanzas se estaban por prender fuego y nunca más en la puta vida volveríamos a ser felices. Salvo quizás en cuatro años.

Pero eso es una eternidad.

Todos los diarios te decían lo mismo, viejo. Todos los diarios. Todos los diarios te decían que Holanda esto, que Holanda esto otro. El terror se asomaba desde el horizonte agitando una bandera naranja. El pelado holandés no era un punta derecho. No, no, no. Era el mismísimo rey de la oscuridad. Traía nuestra muerte.

Y que pito que flauta llegamos a la semifinal contra ellos.

No seamos pacatos. Estábamos cagados. Cagadísimos. Recontra cagadísimos. Hacía demasiado tiempo que no estábamos tan cerca de gritar y cantar todos juntos, abrazados.

Holanda y Argentina venían parejo, viejo.

Eso es lo que más me jodió.

Andábamos parejos y el partido ya se estaba terminando y ahora era todo cuestión de frenar un toque, cambiar el aire, y volver a probar.

Pero no.

El pelado holandés, el rey de la oscuridad, se nos asomó desde el horizonte y se nos clavó en el área.

El tipo se la llevaba, solito.

Solito y al arco.

No había tiempo para darlo vuelta.

No había tiempo para nada.

Y de repente ahí lo ves, a lo lejos.

Como una sombra.

Macherano.

Y yo te lo pronuncio así. Macherano. Sin la ese. No es Mascherano para mí. Es Macherano. Así, con cariño.

La cuestión es que con un ojo ves al rey de la oscuridad acercándose al arco, solito, y con el otro ojo ves, ahí, en la otra esquina de la televisión, al hijo de remil puta de Macherano.

Lo ves lejos.

Lejísimos.

Como una sombra.

Corriendo.

Corriendo.

Volando.

Va detrás del pelado.

Va detrás del rey de la oscuridad.

Caga la cancha a botinazos Macherano.

Se le acerca.

Estás viendo un milagro.

Vos no creés. No creés ni en Cristo ni en el Papa ni en la reconcha puta madre.

Bueno, no sé si vos no creés. Yo no creo. Y la historia te la estoy contando yo. Yo estaba viendo eso. Y yo, sin creer en una mierda, estaba siendo testigo de un milagro.

El rey de la oscuridad enfilaba solito al arco.

Y Macherano se le acercaba.

Y con cada zancada que metía el hijo de puta de Macherano, una a una, esas voces que tengo en mi pecho que me dicen: “Uy, te equivocaste,” “Sabés que no tenés lo que querés, ¿no?” “Lo que estás haciendo está mal,” una a una, esas voces se fueron callando.

Sólo hubo en mí expectativa.

Y el pelado se acercaba.

Y Macherano lo seguía.

Enceguecido.

Macherano en ese momento era una sola cosa. No era ya el hombre que una vez fue. No era ya el adolescente lleno de ganas de pajearse. No era ya un amigo. No era ya un hijo. No era ya una persona. Macherano era una pelota.

Una pelota que se escapaba.

Eso era lo único que veía, que sentía, que olía.

Eso era lo único que lo impulsaba. La desesperación por que otro no se lleve lo que era de él.

Así fue como el hijo de puta desafió las leyes de la física.

Así fue cómo de una sombra en un rincón de la pantalla se transformó en la sombra del pelado rey de la oscuridad y de la sombra del pelado rey de la oscuridad se transformó en héroe.

Córner y a la mierda.

La mandó al córner.

Macherano la mandó al córner.

Córner y a la mierda. Córner y a la recontra mil putísima madre que te parió. La concha bien puta de tu madre drogadicta.

Córner.

Córner.

¡¡Córnerrrrr!!

Y sí, sí, sí, sí, lo sé, lo sé, sí, sí. Está bien. Pateaban córner en unos segundos. Los tipos en unos segundos nos pateaban un córner. Lo sé. Los córners son jodidos. Lo sé. Pueden ser pum y gol. Lo sé.

Pero pará un toque.

Clavate un ansiolítico, viejo.

No fue gol.

¿Entendés ese concepto?

No fue gol.

No. Fue. Gol.

Eso a mí me basta.

Fue córner, la recalcada puta madre. Córner. ¡¡Córnerrrrr!!

Toda la Argentina, o al menos eso me gustaría creer, festejó abrazada.

Porque, sí, en unos segundos por ahí se nos venía una catarata de mierda con ese córner. Pero al menos por unos segundos no fue gol. Al menos por unos segundos había esperanza.

Y somos argentinos. Estamos acostumbrados a vivir así. Siempre escapando de una catarata de mierda y esperando que la próxima no caiga, desviándola al córner como mejor podemos.

¿Y sabés qué?

El córner no fue gol. No. Fue. Gol.

Macherano de una sombra en un rincón de la pantalla se transformó en la sombra del pelado rey de la oscuridad y de la sombra del pelado rey de la oscuridad se transformó en héroe.

El tipo fue un héroe.

Es más… Cuando fuimos a los penales, Macherano se lo llevó aparte al Chiquito Romero. Y le dijo algo, moviendo su mano palabra por palabra, para martillar a cada sonido en el alma de Romero. Le dijo: “Hoy te convertís en héroe.”

Así es como te das cuenta que Macherano fue héroe. Porque un héroe, un verdadero héroe, lo único que hace es hacer dar cuenta que otros también lo son. Es incentivarlos. Es avivarlos de que todo este puto tiempo tenían dos putas alas enormes, gigantes, y que podían volar y alcanzar el objetivo que se les cantase bien las pelotas.

Eso hace un héroe.

Y eso hizo Macherano.

Y el Chiquito Romero se la creyó. Fue hacia el arco masticándolo. “Soy héroe,” se decía. “Hoy soy héroe.”

Y atajó.

El hijo de puta atajó.

Y ganamos.

Le ganamos a Holanda. Al terror que se asomaba desde el horizonte. Al rey de la oscuridad. Le ganamos.

Yo estaba contentísimo. Estaba con mi vieja, tomando vino y ginebra. Y estaba contentísimo. Y de repente no sé por qué caigo que al día siguiente voy a Diagonal Norte y Florida.

Miércoles y jueves voy a Diagonal Norte y Florida.

La cuestión es que al día siguiente iba. Porque pinto ahí. Pinto en el suelo. Con tiza. Pinto lo que se me ocurra. Lo que quiera. Pinto y pongo la gorra. Y el que quiera contribuir, que contribuya.

Libertad, viejo. Eso quiero.

Cada tanto viene un cana que me quiere sacar a la mierda. Y yo le digo: “Loco, ¿no estamos en democracia?” eso le digo. “Masticala entonces. Si vivimos en democracia masticala que yo quiero estar acá pintando y no jodo a nadie.”

Pinto ahí. Paso la gorra. No gano una mierda.

Ponele que estoy todo el día o un par de horas, no sé, y dibujo y dibujo y dibujo y dibujo y junto cuarenta mangos. Nada.

A eso iba al día siguiente. Con todas las voces en mi pecho que me decían: “Sabés que no tenés lo que querés, ¿no?”, “Uy, te equivocaste,” “Lo que estás haciendo está mal.”

A eso iba al día siguiente.

Pero en ese momento yo estaba feliz. Macherano la sacó al córner. El córner no fue gol. Macherano lo agarró al Chiquito Romero y le dijo: “Hoy te convertís en héroe.” Y el Chiquito Romero le hizo caso. Y atajó. Y le ganamos al terror que venía del horizonte, al rey de la oscuridad.
Estábamos en la final, viejo. En la puta final del mundo.

Y yo estaba feliz. Y andaba tomando vino y ginebra con mi vieja. Y le digo: “Vieja, ¿mañana qué dibujo? En Diagonal Norte y Florida. ¿Qué dibujo?”

Ella me mira. Sonríe. Y me dice: “¿A quién querés dibujar?”

Mirá qué capa mi vieja. No inculcándome un deseo. No diciéndome “Dibujá a este o a este otro.” No. Me pregunta a quién quiero dibujar.

“No, sé,” le digo. “Estoy contento. Ganamos.”

Ella me mira. “¿A quién de la selección dibujarías?”

“Y, yo lo dibujaría a Macherano.”

Ella sonrió. “Ahí tenés. Dibujalo a Mascherano.”

Ella lo pronuncia con la ese.

Y al día siguiente fui y lo dibujé. Y fue un despiole de gente. Nunca me pasó, viejo.

La gorra se llenaba.

Yo la vaciaba.

Se volvía a llenar.

Yo la vaciaba.

Se volvía a llenar.

Yo la vaciaba.

Todos ponían guita.

Todos sacaban fotos.

Y yo me distraía. Nunca había tenido tanta exposición, ¿entendés? El dibujo me estaba quedando para el orto. Pero la gente se me amontonaba alrededor.

Y la gorra se llenaba.

Y yo la vaciaba.

Se volvía a llenar.

Yo la vaciaba.

En un momento veo que está tocando una banda de reggae.

Lo tenés al Cabra, ¿no? El Cabra, pelotudo. De Las Manos de Filippi. El Cabra cayó. Y se puso a tocar con los pibes. Y yo estaba loco. Loco. Y agarraba a la gente. Y les decía: “El Cabra, pelotudo. De Las Manos de Filippi. Está tocando.”

Pero todos seguían caminando como si nada importante estuviera pasando a su alrededor. Algunos me decían: “¿Y el dibujo?”

Boludo, el dibujo. Colgué con el dibujo de Macherano. Me había olvidado de que existía. Entonces agarro y vuelvo a hacerlo.

La cosa es que estaba hasta las pelotas de gente. Se amontonaban. La gorra se llenaba. Yo la vaciaba. Se volvía a llenar.

Y de repente cae un amigo, con ginebra. Y nos ponemos a tomar y yo me empiezo a encabronar con el mundo.

Ahí es cuando se acercó la vieja. Puso cara de estar comiendo limones y me dijo: “¿No te da vergüenza? ¿Por qué no te vas a trabajar?”

Y yo le dije: “Pero andá a enjabonarte la concha, vieja pelotuda. Estoy trabajando. Estoy tratando de vivir de lo que me gusta. Viví tu propia frustración, conchuda del orto.”

Y la gorra se llenaba.

Y yo la vaciaba.

Y se volvía a llenar.

Y de repente cae un móvil de televisión.

Boludo, no te miento.

Cae un móvil de televisión. “AM.” ¿Lo tenés? “AM,” el programa de Telefé de Leo Montero. Bueno, caen de ese programa con la cámara y todo. Y me quieren hacer una nota. A mí. Por dibujar a Macherano.

La gente se me pone alrededor, sonrientes. Me acercan el micrófono. Y los mando a la mierda. A la recalcada concha de su madre. Pelotudos. Hacerme una nota por Macherano. Forros.

El día anterior hice un dibujo de un tipo flaquísimo, desnutrido, porque ya no había comida en el planeta Tierra, nos fumamos todos los recursos. El tipo también tenía una lengua larga, larga, porque no había líquidos en el mundo tampoco, no había agua consumible. Entonces el tipo tenía una lengua larga para poder tomarse su propio meo.

Eso dibujé.

Y le dije a la gente. “Guarda,” les dije. “Vamos a terminar así. Lo que estamos haciendo es jodido. Vamos a terminar como este monstruo. Paren un cacho. Escúchenme. Por favor, hagamos un mundo mejor.”

Y nadie paraba.

Ni un puto oficinista paraba.

Seguían.

Yendo de una caja a la otra.

Y ahora dibujo a Macherano y se llena de gente.

Y vos caés con tu camarita para tu programita de mierda porque seguro Macherano se puso de moda.

Salí de acá que te pungueo la cámara.

Boludo, les dije eso.

“Salí de acá que te pungueo la cámara.”

Se los dije.

Linda cámara aparte. Con micrófono y todo.

Y se fueron. Cagones.

Y terminé con el dibujo y me fui.

Hice mil cuatrocientos pesos.

No te jodo.

Mil cuatrocientos pesos.

El día anterior traté de hacer un mundo mejor y junté cuarenta mangos. Dibujo a Macherano y junto mil cuatrocientos pesos.

Algo está mal.

Si dibujás a Cristo, ponele, juntás tipo mil. El Papa, por ahí.

Lo sé. Los hice una vez o dos. Pero ya no.

Dibujo anarquistas, viejo. Dibujo a gente que amo. A gente que quiso hacer un mundo mejor. A Miguel Abuelo, por ejemplo.

Todo bien con Cristo y el Papa. Por ahí están haciendo un mundo mejor a su manera. Pero no es la mía. Yo voy por otro camino.

Mil cuatrocientos pesos. Eso junté. Y los guardé. Y después llamé a todos mis amigos. Les dije: “Vení al bar. Paga Macherano.”

Y vinieron.

Todos mis amigos están acá. Toda la gente que amo está acá.

Esto es lo que quería. Agarrarlos uno por uno. Y decirles que se puede. Que por más que seas un loco como yo que toma ginebra, porque este vasito de agua que pensaste que vengo tomando muy pacatamente toda la noche es ginebra. Boludo, es ginebra.

Olé.

Olé.

¿Ves?

Es ginebra.

La cuestión es que podés vivir por más que seas un loco como yo tomando ginebra y dibujando anarquistas entre oficinistas.

Podés vivir como quieras.

Elegí vivir siendo feliz.

Es una elección.

Creeme.

Necesito que lo creas. Necesito esparcir esta idea como un virus. Que se apodere de todos nosotros. Podemos vivir felices, en armonía.

Lo creo. Realmente lo creo. Por eso me gasté toda la guita de Macherano. Mil trescientos y pico. Justito. Pedí la cuenta.

Boludo, son las cinco de la mañana. El bar está cerrando ya.

Por eso, te la hago corta.

Gasté mil trescientos y pico y me chupa un huevo.

Porque a todos los agarré. Uno por uno. Como a vos ahora.

El último.

Y les dije.

Les dije lo que te voy a decir.

Empecemos a afinar. A cantar nuestra nota, nuestra pasión. Ya nos vamos a encontrar en el medio. Construyamos a este coro de a poco.

No vayamos toda nuestra vida de una caja a otra. Maravillémonos en esta hermosura puta linda de estar vivos.

Se puede hacer un mundo mejor. Dejate de joder y hacelo. No busques más excusas. Se puede ser feliz. Dejate de joder y selo. Hacé a otros felices. Vos podés.

Hay un ejército entero diciéndote lo contrario.

Miedos, frustraciones, empresas, gobiernos, padres, amigos, viejas conchudas en la calle, tíos, películas, maestros, parejas, uno mismo. Todos te pueden decir: “Uy, te equivocaste,” “Sabés que no tenés lo que querés, ¿no?”, “Lo que estás haciendo está mal.”

Bueno, yo te digo lo mismo que le dije a todos.

Esta noche en este bar vamos a cambiar al mundo.

Y no es joda.

El terror se asoma desde el horizonte.

El partido está por terminar y el rey de la oscuridad se acerca solito hacia el arco.

Hacia nuestro arco.

Podés quedarte parado y putear.

Esperar a que otro lo frene.

O podés mover el culo.

Desafiar al universo entero.

Y mandarla al córner.

Podés ser héroe.

Selo.

A tu manera.

 

Sebastián Defeo
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