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Cómo dejar de preocuparnos por pelotudeces

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Encontré la manera para dejar de preocuparnos por pelotudeces.

Primero tenés que darte cuenta de que el tiempo es como el Match 5 de Meteoro: rápido y lleno de truquitos para ir todavía más rápido. Por ejemplo, hoy en día es imposible googlear una palabra que no conduzca al porno. Ahora el porno se expande tan rápido como lo hacía la nada en “La historia sin fin.” Es más, hay algo llamado la regla 34. La misma sostiene que “Si existe, hay una versión porno.”

Descartes con su “Pienso, luego existo” ya atrasa. Ahora es “Existo, luego porno.”

Tenemos una versión chancha de “Rescatando al soldado Ryan,” de “Las tortugas ninjas,” del “Tetris,” de “Los Pitufos.” Tenemos una versión triple X de “Titanic.” Se llama “Tetanic.”

Creo que los dos grandes momentos de la humanidad fueron cuando alguien descubrió que se puede cocinar un huevo y cuando a alguien se le ocurrió el nombre “Tetanic.”

No la vi pero necesito verla. Seguro encontrarla va a ser más fácil que ganarle al piedra, papel o tijera a Bart Simpson. Cada camino conduce a Roma, cada link lleva al porno.

Pero no siempre fue así. Antes para ver porno tenías que poner una contraseña que te decía Lalo Mir en una publicidad. Pero primero, el ruidito. Ggghhgghgghhhrrrrrikik. Conectarse a internet sonaba a un robot haciendo gárgaras. Ahí te metías en Altavista. Altavista fue el abuelo de Google. Buscabas y buscabas y buscabas y esperabas media hora para bajar una foto de una teta.

La espera valía cada segundo.

Hoy las tetas se expanden tan rápido como lo hacía la nada en “La historia sin fin.”

Ojo, no me malinterpretes. A diario ruego que Dios estornude y de repente cambien las leyes físicas del universo y lluevan tetas. Pero la abundancia hace mal.

Antes lo celebrabas. Antes veías un pezón y lo festejabas como si hubieras estado en un partido de fútbol, un domingo lluvioso a la tarde, en el último minuto, perdiendo uno a cero, y lo único que necesitás para seguir en el campeonato es un empate, eso sólo, un empate, y de repente te pasan la pelota, te falta el aire, levantás la mirada, el arquero está adelantado, está demasiado adelantado, dudás, la lluvia te cae sobre tu cara, estás lejos, estás en la mitad de la cancha, pero falta un minuto, falta un sólo minuto en esta tarde de domingo lluviosa y lo único que necesitás es un milagro, entonces respirás, respirás profundo, convocás a todo tu cansancio, toda tu frustración, todo tu enojo y los ponés en la pelota y la pateás, la pateás con todo, y va, va derechito, va derechito al arco, el arquero retrocede, retrocede, pero está adelantado, está demasiado adelantado, es, es, es, es, es, es gol, es gol, gol, gol, gol, la recalcada concha de la lora drogadicta de merca, es gol, gol, y gritás y la lluvia besa a tu cara y escuchás al árbitro y lo lograste, estás adentro del campeonato, sos un héroe.

Así festejabas un pezón.

Hoy hay 89233272829421939874176561 pezones en internet.

“¿En serio?” vas a decir, con los brazos en jarra. “¿En serio hay 89233272829421939874176561 pezones, Sebastián? 89233272829421939874176561 es un número impar.”

Lo sé. Hoy hay tanto porno que hasta hay porno con un sólo pezón.

Antes no era así. Y te digo más. Siempre antes no era así. Esa es la milonga de la milanga. Agarrá a esos viejos chotos que se la pasan diciendo “Antes no era así” y ponelos en el punto del tiempo que se te antoje y van a tener la razón.

Pensá en alguien que nació en 1895. A sus ocho años se entera del primer vuelo en la historia. A sus setenta y cuatro años se entera de que pisamos la Luna. Menos de una vida separa al momento en el que jugamos a ser pájaros del momento en el que fuimos dioses.

Cuando era chico, ver dos personas charlando a través de una pantalla era algo de una peli de ciencia ficción. Hoy lo hacés tranquipanchi en tu telefonito y puteás si se te corta.

Cuando era chico, pasar del DOS al Windows era presenciar el esfuerzo colectivo del humano por hurgar en las sombras y dar un paso más. Hoy te da paja actualizar el sistema.

Cuando era chico, hablar con alguien por teléfono sin que primero te atendiera alguno de sus padres era imposible. Hoy las formas de estar conectados se expanden tan rápido como lo hacía la nada en “La historia sin fin.”

Estoy recurrente con esa película, lo sé. Pasa que hace poco estaba mirándola. La enganché justo cuando todo se va a la recontra mierda. Bastián está arriba de Falkor, con rocas volando por todas partes, y de repente ve a la Torre de Marfil y enfilan para ahí.

Me froté las manos y dije: “Uy, ahora va a aparecer la pendeja. Qué buena que estaba.”

Entonces aparece la Emperatriz y era una nena. Y no te lo digo como lo diría Francella. No. Era una niña. Yo cuando la vi de chico me parecía que rajaba la tierra y ahora la miro y es una nena. Fui tan nene como ella.

Por eso, el tiempo es como el Match 5 de Meteoro: rápido y lleno de truquitos para ir todavía más rápido. Nos recorre con una velocidad tan speedygonzaleana que nos terminamos olvidando de cómo carajo llegamos a donde estamos parados.

Hay gente que nace sabiendo que la Luna tiene una bandera clavada en el culo. No se maravillan como se maravilló esa persona nacida en 1895 que a sus ocho años se enteró del primer vuelo en la historia de la humanidad y a sus setenta y cuatro vio que estábamos pisando a lo imposible. No se dan cuenta de los millones antes de ellos que a lo largo de miles y miles de años estuvieron mirando a la Luna, cada uno desde su rincón de la vida, viendo en ella una belleza inacariciable.

Supongo que inacariciable puede ser una palabra si creemos en ella.

Después de todo, hoy tenemos este lenguaje porque muchos atrás nuestro creyeron que cada palabra podía ser una palabra. Podés decir: “¿Cuál es el colmo de un jorobado? Estudiar derecho” por una larga sucesión de eventos desencadenados por un cavernícola que señaló a una piedra y dijo: “piedra.”

Me estás leyendo gracias a ese cavernícola.

Por eso, encontrar lo nuevo y lo frágil en todo lo que nos rodea nos arrincona contra una única posibilidad: celebrarlo.

Pero tomamos mucho por sentado. Demasiado. Hoy la huelga de la celebración se expande tan rápido como lo hacía la nada en “La historia sin fin.”

Esta historia, en cambio, sí tiene fin. Después de todo, el tiempo pasa rápido y un día va a ser el último. Hasta ese momento podemos preocuparnos por pelotudeces. O podemos celebrar. No sé vos pero yo ya estoy descorchando.

 

Sebastián Defeo
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