Capitán Malandra Textos

CAPITÁN MALANDRA – 01 – Contra los Contaminados

capitan-malandra-safarijirafas-sebastian-defeo

“Estamos rodeados,” dijo el Capitán Malandra, apretando una y otra y otra vez el gatillo. Pero su ametralladora de neón sólo escupía humo. La arrojó a un costado, revisó sus bolsillos. Sacó un lápiz y un pelapapas. Los apretó determinado. En la desesperación todo es arma.

Su escudero, Pulqui el Tercero, miraba por la ventana. “Somos usted y yo contra miles, mi capitán,” dijo.

“Siempre fue así.”

Un silencio fue un abrazo.

Afuera del puterío se amontonaban los Contaminados, huestes que habían sido humanos y que ahora eran apenas hambre. Nada los detenía.

Rompieron la ventana. Un Contaminado asomó su rostro entre el vidrio. El Capitán Malandra hundió el pelapapas en su frente. Otro se acercó. “Para mí, no era necesario que lo mates.”

Uno más se arrimó. “Para mí, se dice mataras. No era necesario que lo mataras. Así se dice.”

Un tercero se metió en el medio. “Para mí, está mal que se peleen por pelotudeces cuando hay nenes muriéndose de hambre en África.”

Un cuarto apareció. “Para mí, lo que está mal es pensar que sólo en África se mueren nenes de hambre cuando acá a la vuelta también.”

“Para mí, eso es culpa del gobierno anterior.”

“Para mí, de este.”

Se ladraron, se rasguñaron, se besaron, se mordieron, se arrancaron lengua y labios y piel y carne. Cayeron. La multitud se abalanzó sobre ellos.

Otro metió su cabeza a través del vidrio roto de la ventana. “Para mí…” dijo, pero no pudo terminar porque el Capitán Malandra hundió el pelapapas en su garganta. Se quedó trabado. Sangre y gritos brotaron por igual. Lo apuñaló con el lápiz. Nada. Lo apuñaló de nuevo. Nada.

Pulqui el Tercero tironeó y tironeó hasta que los dos terminaron con el culo en el suelo. La muchedumbre se abalanzó sobre el caído del otro lado de la pared.

“¿Te mordió? ¿Te mordió?” dijo el Capitán Malandra.

“No, creo que no.”

“Mierda, mierda. ¿Estás seguro de que el propulsor no anda?”

Pulqui el Tercero golpeó a sus alas como se golpea a la chatarra. “Seguro, mi capitán. De esta no vamos a poder salir volando.”

Asintieron y perdieron su mirada en la multitud de Contaminados. La pared del puterío con la ventana rota era una muralla demasiado endeble ante tremenda amenaza. Pero la frontera contra el horror siempre es así.

El Capitán Malandra acomodó sus anteojos 3D. “Sé que no te gusta que sea cursi pero me chupa un huevo,” dijo. “Mientras estemos juntos hay esperanza.”

Pulqui el Tercero se secó la transpiración de la frente. “Para mí, el virus se transmite por vía aérea. Su idea de encerrarnos acá no nos va a ayudar.”

El Capitán Malandra lo miró. Frunció los labios. Respiró profundo y le enterró el pelapapas en la garganta. Lo vio atragantarse con su propia sangre. Esperó. Le cerró los párpados. Rezó.

Se paró, lento. Posó sus ojos del otro lado de la ventana. Las huestes de Contaminados se perdían más allá del horizonte. No veía forma de vencerlos. No veía otro escape. Apretó entonces el pelapapas. Respiró profundo. Lo llevó a su garganta. Respiró profundo.

“Siempre fue así.”

La voz era de una mujer.

Giró.

Primero vio a la semiautomática. Después, a Tanguita, la prostituta que la sostenía. Todo en ella decía que no estaba ahí de casualidad. Había peleado por cada minuto de vida desde que se esparció el virus. Como él.

“Tanguita,” dijo él.

“Malandra,” dijo ella.

“Estaba buscando refugio.”

“¿Justo acá?”

“Justo acá.”

Tanguita miró a la ametralladora de neón en el suelo. Miró a Pulqui el Tercero en un charco rojo. Miró al lápiz apretado en la mano izquierda del Capitán Malandra. Miró al pelapapas contra su garganta, empapado de sangre que no era la suya.

Él llevó sus ojos a su escudero y luego a la puta. Arqueó sus cejas, se encogió de hombros. “El virus… No hay escapatoria,” murmuró.

Ella dio un paso hacia delante, dio otro. “Siempre fue así,” dijo.

“Estamos rodeados.”

Ella dio un paso hacia delante, dio otro. “Siempre fue así,” dijo.

“Nada los detiene.”

Ella dio un paso hacia delante, clavó sus ojos en los del Capitán Malandra. Llevó su mano lentamente hacia el pelapapas. “Siempre fue así.”

El Capitán Malandra respiró profundo. Sintió su perfume. Sintió paz. Bajó su mano. Se desplomó. Se abrazó a los pies de Tanguita y lloró.

Un Contaminado se asomó entre el vidrio roto de la ventana. “Para mí, llorar es de puto.”

Otro Contaminado se arrimó. “Para mí, llorar hace bien.”

Se ladraron, se rasguñaron, se besaron, se mordieron, Tanguita les enterró una ráfaga de balas en el cerebro. Cayeron. La multitud se abalanzó sobre ellos. Otros se asomaron. “Para mí, ustedes no pueden aceptan una opinión.”

“Para mí, el corte de pelo que tenés atrasa cinco años.”

Gatillo. Ráfaga de balas. Cayeron. La multitud se abalanzó sobre ellos. Otros se asomaron. Gatillo. Ráfaga de balas. Cayeron. La multitud se abalanzó sobre ellos. Otros se asomaron. Gatillo. Nada. Gatillo. Nada.

“Mierda,” dijo la puta.

“Para mí, la prostitución debería ser ilegal.”

“Para mí, la prostitución debería ser legal.”

“Para mí, es culpa del capitalismo.”

El Capitán Malandra seguía en el suelo. “No hay escape.”

Ella le sacó el pelapapas. Lo hundió en la frente de cada Contaminado que se acercaba a la ventana.

“No hay escape,” repetía él, casi en un susurro.

Tanguita seguía, uno por uno, pero la multitud era eterna y hambrienta.

El Capitán Malandra se sacó los anteojos 3D. Se los volvió a poner. Tenía la mirada nublada. Sintió a las palabras brotar solas. “Para mí, todos quieren enchufar su opinión.”

La puta se arrodilló a su lado. Le acarició el pelo con ternura. “Siempre fue así,” y le hundió el pelapapas en la garganta.

 

Sebastián Defeo
Comentá | +Capitán | +Textos

No te pierdas de nada. Recibí safarijirafas directo a tu mail.

Comentarios

comentarios