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ATRAPADO EN LA OFICINA – 43 – El dominó de pelotudos

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Algunos lo imaginan como un desfile de fuego y torturas. Otros, un páramo helado donde no existe la esperanza. Pero el infierno es otra cosa. Es una oficina.

Más precisamente, el infierno es la sala de conferencias de esta oficina.

Estoy escuchando hace demasiado tiempo a Pastelito y Pony hablar del rumor sobre sus bonos, de que no tenemos que creer todo lo que escuchamos, de que ellos no son apenas dos teamleaders que cobran una moneda más que el resto sino que son los reyes mismos del universo y debemos admirarlos y temerles y obedecerlos.

Y lo sé.

Mientras estoy acá, lo sé.

Cada segundo que paso en esta sala de conferencias me va a doler cuando muera.

Porque ese día voy a ver la peliculita de mi vida y momentos como este van a darme ganas de tirarme tres tiros en las pelotas.

Reviso el teléfono. Nada.

Creo que lo peor es que esto se estira más de lo necesario.

Sería ideal si alguno de los dos apenas dijera: “No cobramos cinco sueldos de bonos cada uno y sentimos que debemos aclararlo así acá frente a todos porque el poder que ejercemos sobre ustedes es irreal y cualquier pelotudez como esta amenaza a la ilusión de nuestra autoridad.”

Es más, entiendo si se toman quince minutos para decirlo.

Pero estamos en esta sala de conferencias hace eternidades.

Porque entre nosotros están los enojados con el bono que recibieron, que creen que si explican su situación con lujo de detalles va a venir un hada madrina a mágicamente eliminar su injusticia.

Están los chupamedias que sugieren qué hacer con el Vengador Anónimo.

Y están los que aprovechan que nos encontramos todos reunidos para comunicar las brillantes ideas que tuvieron para procesar numeritos sin sentido con mayor eficacia.

Si al menos se callaran todo terminaría más pronto.

Pero no.

Un comentario innecesario desencadena en otro, como un dominó de pelotudos.

Reviso el teléfono. Nada.

Esto es mi culpa. Yo me metí en este lío. Yo me tengo que sacar de acá.

A veces el camino hacia lo que queremos es a través de lo que desesperadamente deseamos evitar.

Levanto la mano, me sumo al dominó de pelotudos.

Pastelito me mira como si me cediera la bendición de ser escuchado por él.

“Tengo mucho trabajo y hace una hora y media estamos acá,” digo. “Si me quedo después de las seis, ¿me pagan las horas extras?”

Un silencio incómodo se apodera de la sala de conferencias.

Pony y Pastelito me apuñalan con los ojos.

“Chicos,” dice Pony. “La buena communication es uno de los pilares de esta empresa. Por eso estamos acá.”

“Entiendan,” dice Pastelito. “Que les pagamos un sueldo por hacer el trabajo. No podemos andar contando los minutos que se quedan de más.”

Oculto la sonrisa. Me encanta que crea que él personalmente nos paga el sueldo. No que es una multinacional yanqui terciarizada por una empresa india para abaratar costos de gerencia.

Levanto la mano de nuevo.

“¿Sí?” dice Pony.

“No entiendo,” digo. “Porque nos cuentan los minutos para el bono. Entonces sí para restar pero no para sumar.”

Un murmullo estalla. Unos se quejan. Otros se quejan más. Me levanto, voy hacia la puerta.

“¿A dónde vas?” increpa Pastelito.

“Al baño.”

Me mira con odio.

Voy.

Reviso el teléfono. Nada.

Pasaron precisamente cuatro horas y cincuenta y dos minutos.

Claramente Amazon Woman leyó el mensaje y lo está ignorando.

Dudo.

Dudo.

Le mando un audio.

“Hola,” digo. “Esta vez no quería pedirte perdón ni decirte lo que te extraño. Quería decirte gracias. La pasé muy bien con vos y fui un pelotudo. Me diste todo y te pedí más. Quería…” digo, y mientras busco una palabra me doy cuenta. Sigo pidiéndole más. Sigo entrometiéndome con su silencio. Sigo de alguna manera forzándola.

Voy a borrar el audio pero la puerta se abre.

Me sobresalto.

Me confundo.

Envío el audio.

Garquetti entra sonriendo, con un libro bajo el brazo. Canta “Hakuna matata.”

Vuelvo a la sala de conferencias. Me siento en el medio del dominó de pelotudos. No tengo idea de qué hablan ahora. Sólo sé que cuando muera voy a ver la peliculita de mi vida y por este momento me voy a querer pegar tres tiros en las pelotas.

De repente vibra mi teléfono.

Es Amazon Woman.

“Basta,” dice.

Cinco.

Cinco tiros en las pelotas mejor.

 

 

Sebastián Defeo
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