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ATRAPADO EN LA OFICINA – 40 – El flautista de Buenos Aires

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Hoy me desperté harto.

Cabalga por mi piel un alarido desesperado, anunciándome que, si no le abro la boca para darle paso, está dispuesto a salir por mi nariz y mis orejas y por cada poro de mi piel.

No puedo contenerlo.

Me puebla un grito gigante. Un grito que creció a lo largo de demasiados almanaques empapados de gris. Un grito que engordó devorando a mis sueños. Un grito que pisoteó, una por una, todas mis alegrías.

Y ahora me araña el pecho desde adentro y se abalanza hacia mi boca, atolondrado e infrenable. Lo siento subir.

No puedo contenerlo.

Puedo, tal vez, usarlo.

Sello a mis labios con una flauta y el grito sale envuelto en una melodía. Camino por la ciudad, bailando, aullando dulcemente con una canción. De a poco, policías y mendigos me escoltan. Taxistas salen de sus autos y vienen atrás mío. Oficinistas abandonan los edificios que los castran de cielo y sol y me siguen. Meseros, obreros, diareros, médicos, cadetes, banqueros. Los que acribillan la paz con bocinas. Los que andan por la vida con los brazos cruzados. Los que dan el veintiuno por ciento de bono anual. Todos son de repente mi sombra.

Una multitud baila a mis espaldas.

De a poco llevo al carnaval hasta la orilla del acantilado, precisamente ahí donde la había dejado. Les indico con mi flauta que entren en la jaula interminable. Ellos obedecen, aún hipnotizados.

Uno a uno pasan hasta que están todos adentro.

Aparto entonces a la flauta de mis labios y cierro la puerta. La trabo con llave. Pongo mis manos contra los barrotes y empiezo a empujar.

“¿Qué está pasando? dice un oficinista que despierta del hechizo.

No le contesto, sigo empujando.

Todos, de a poco, se desesperan.

Gritan.

Sigo empujando.

Golpean.

Sigo empujando.

Lloran.

Sigo empujando.

Insultan.

Sigo empujando.

Ruegan.

Sigo empujando.

Lloran.

Sigo empujando.

Empujo, empujo, empujo hasta el fin del acantilado.

El otro extremo de la jaula alcanza al borde. Siento que la fuerza que tengo que hacer ahora es menor. Apenas un paso más y, abajo, el mar.

“¿Por qué?” llora uno, buscando hacerme entrar en razón. “¿Por qué matarías a la ciudad entera?”

Paso una cadena por mi cintura y, con un candado, me trabo a uno de los barrotes. Lo miro a los ojos. “Porque es lunes,” le digo, y doy el último empujón.

Gritan.

Caemos.

Gritan.

Nos hundimos.

Gritan.

Burbujas.

Oscuridad.

Silencio.

Mientras la profundidad nos devora, me imagino que allá lejos debe estar la ciudad. Desierta. Apenas atravesada por el movimiento de la mugre en el viento y de los semáforos cambiando de luz. Y sonrío.

No.

Las palomas.

Me olvidé de llevar conmigo al fondo del mar a todos esos bichos de mierda.

Nunca alcanza.

El odio nunca alcanza.

 

 

Sebastián Defeo
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