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ATRAPADO EN LA OFICINA – 39 – La última hora

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Hoy es el último día de Amazon Woman. Con más precisión, es su última hora. Sesenta minutos y nunca más la voy a volver a ver.

Cincuenta y nueve.

“Claramente, tenés que cruzártela,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

“Claramente, la tenés que evitar hasta que desaparezca de tu vida,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

“No escuches a este pecho frío,” insiste el poeta. “Le tenés que decir algo. Pedile perdón, describile tu amor. Y, si tus palabras no despuntan en ella una sonrisa, aunque sea decile adiós.”

El diminuto contador hojea sus aún más diminutas carpetas. “Todos los datos lo confirman. Es estadísticamente improbable que cualquier conversación termine bien.”

“A la mierda las estadísticas,” dice el diminuto poeta. “No todo se hace para que termine bien.”

Cincuenta y ocho.

De repente una montaña se detiene a mi lado. Levanto la mirada. Es el Brontosaurio sosteniendo una caja con medialunas. Me sonríe, con esa secuencia aleatoria de dientes y oscuridad que es su boca. “Invito yo,” dice.

No quiero que ese conglomerado de horrores sienta que le debo algo. Pero la angustia me lleva a comer.

Cincuenta y siete.

Agarro una medialuna. Bajo la cabeza en modesto agradecimiento.

“No es nada,” dice el Brontosaurio. “¿Cómo no voy a invitar? Me saqué ochenta y tres por ciento.”

“¿Qué?”
“Del bono.”

Cierto.

Hoy asignan los bonos. Hay un desfile constante donde uno a uno suben nerviosos y bajan o contentos o enojados. Faltamos unos pocos nomás.

“Ochenta y dos,” dice la Patova, repartiendo trompadas en nuestras espaldas.

“Ponete en fila, chirusa,” dice el Brontosaurio. “Papá se sacó un ochenta y tres por ciento.”

“Es un uno por ciento de diferencia, pelotudo,” dice la Patova.

“Un uno por ciento más que voy a poder quemar en los outlets de Miami y vos no,” dice el Brontosaurio.

Doy un paso atrás en la conversación. Sus voces son ahora un murmullo. El universo entero es apenas Amazon Woman y mi pulseada interna de hablarle o no.

“Te vas a arrepentir si le hablás,” advierte el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

“Te vas a arrepentir si no lo hacés,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

“No vas a conseguir nada diciéndole algo,” retruca el contador.

El poeta se saca un zapato y se lo arroja. “No decimos lo que sentimos para obtener algo a cambio,” dice. “Lo decimos para no sentirlo nosotros solos.”

Miro al poeta. “¿Qué le digo?”

“¿Qué podés decirle?” dice. “Gracias, perdón y mucha suerte.”

Treinta.

Viene Diego, el cordobés de seguridad, a dejarle unas cajas vacías a Amazon Woman. Se queda a su lado, controlando. Ella empieza a guardar sus cosas. Su escritorio de a poco va desprendiéndose de su personalidad, volviéndose más gris, más anónimo.

Veinte.

“Es ahora o nunca,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

Me paro.

Pastelito lo llama a Garquetti. Garquetti no está. Me mira a mí. “Vamos,” dice.

“Ahora no puedo,” digo.

“Me faltan ustedes dos del team y me tengo que sacar esto del bono de encima hoy sí o sí,” me dice.

“Seguro está en el baño,” digo.

“Vamos,” dice.

Miro al reloj, puteo por dentro. Puteo a Pastelito, puteo a Garquetti, puteo a mi vida. “Rápido.”

Dieciocho.

Subimos en ascensor en el más incómodo de los silencios.

Diecisiete.

Entramos a la oficina de Recursos Humanos.

Miro al reloj.

Dieciséis.

Esto tiene que ser rápido. Me dan el bono, firmo lo que tengo que firmar y bajo y voy hasta Amazon Woman y le hablo y que sea lo que sea.

“Acá estás,” dice Pastelito buscando nombres en una lista. “Calculando el promedio de horas en la oficina más el total de órdenes procesadas, te corresponde un veintiún por ciento del bono.”

“¿Cómo?”

“Haciendo un promedio—” repite Pastelito.

“¿Cómo que veintiuno?”

“La cantidad de horas—” dice Pastelito.

“Me quedé un mes y pico haciendo mil horas extra por tu trabajo atrasado.”

“Es que la auditoría comenzó después de eso.”

“¿Entonces no cuenta?”

“Entonces no cuenta.”

Miro al tío de Pastelito buscando alguna complicidad. Me mira como alguien que quiere que firme lo que tengo que firmar y salga del medio así puede volver a mirar porno en su computadora.

Siento mi respiración agitada. Mis mandíbulas tensas. Mis ojos se balancean entre el matafuegos colgado de la pared y el tierno cráneo de Pastelito.

“Es un bono anual,” digo. “No pueden contemplar el desempeño del último mes y medio nomás.”

“De esta forma van a estar siempre atentos porque no saben qué mes vamos a tomar en cuenta,” dice Pastelito, con una sonrisita orgullosa y bastante trompeable.

“¿Y si justo agarran un mes en el que vino menos trabajo?”

Pastelito mira a su tío, gira hacia mí. “Esto ya está aprobado.”

Su tío me desliza un papelito sobre su escritorio, me da una lapicera. “Los números no mienten,” dice. “No perdamos el tiempo.”

Quiero gritar. Quiero gritar. Pero miro al reloj.

Ocho.

Firmo, salgo corriendo.

Siete.

Espero al ascensor.

Seis.

Espero al ascensor.

Cinco.

Bajo.

Cuatro.

Corro, entro a la oficina.

No está.

No está.

La cocina.

Voy a la cocina.

No está.

Miro alrededor.

No está.

Se fue.

Amazon Woman se fue.

La llamo.

Suena.

Suena.

Suena.

Contestador.

Corto.

Llamo.

Corto.

Garquetti viene del baño, con un libro gordo bajo el brazo, cantando “Hakuna matata.”

Otra vez Garquetti me garcó.

 

Sebastián Defeo
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