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ATRAPADO EN LA OFICINA – 36 – El tiro por la culata

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Yo tenía un plan. Era un plan hermoso. Enfrentar a mis enemigos entre sí y ver al mundo arder.

Pero me salió el tiro por la culata.

“Chicos, chicos, chicos,” dijo Pony con sus brazos en jarra. “Muchos todavía no mandaron la confirmation del after office party.”

Todos de repente fingimos estar muy ocupados. El último rincón de libertad que nos queda es el viernes a la tarde. Ese momento en el cual le damos la espalda a la oficina para huir a nuestras casas y tirarnos con un kilo de helado a mirar carnavales de series, para emborracharnos con amigos, para tejer macramé, practicar yoga, masturbarnos compulsivamente, para hacer absolutamente cualquier cosa menos verle un segundo más la cara a nuestros compañeros de trabajo. Lo que menos queríamos, entonces, es ir a un after office para despedir al Capitán Energúmeno.

“Ustedes saben que están evaluando ahora mismo el bono de fin de año que van a recibir, ¿no?” dijo Pastelito, mirándose las uñas, despreocupado, hasta aburrido, como si estuviera hablando de un helecho en su balcón. Desde que quisieron hundirlo con su tío en Recursos Humanos volvió más sorete que nunca. “Estas son las cosas que tienen en cuenta.”

Todos apretamos la mandíbula.

Todos sentimos a la libertad morir en nuestros pechos.

Todos mandamos la confirmación.

Y fuimos, cabizbajos, con una única alegría. Emborracharnos y que pague la empresa.

Lo tenía fríamente calculado. Iba a tomar tres cervezas tan rápido como sólo un Flash alcohólico podría hacerlo, asegurar que tenía un cumpleaños y huir.

Hasta hice todo lo posible por no terminar demasiado mal en esa mezcla de azar y plan que es sentarse en una mesa multitudinaria con gente que no te cae demasiado bien. Por suerte Pastelito y Pony se fueron con los indios, lejos. Garquetti, la Patova y el homenajeado Capitán Energúmeno quedaron a mi lado. Hubiese preferido distinto pero no podía quejarme. Mi único objetivo real era no terminar demasiado cerca de Amazon Woman. Aunque quería.

Quería que el desfile de cervezas nos terminara encontrando juntos, haciendo el dulce amor en el baño del bar.

Quería aunque sea verla.

Verla sonreír.

Eso sólo.

Verla sonreír.

Por más que me doliera.

“¿Saben cuál es la fruta que quiere ser papá?” dice Garquetti, conteniendo la risa.

Nadie le contesta.

“La papaya,” dice, estallando en un desfile de carcajadas. “¿Entienden? Papá ya. Papaya.”

Pido entrada y plato principal y ya que estamos unas papas fritas para compartir. Esta noche voy a fundir a la empresa.

Tomo otro trago de cerveza. Y otro. Y otro. Pido una más.

“Vos andá con cuidado,” le dice de repente el Capitán Energúmeno a la Patova. “Concha que los indios ven, concha que quieren.”

La Patova abre sus ojos grandes, sin saber cómo reaccionar.

“Con cuidado,” repite.

Tomo otro trago de cerveza. Y otro. Y otro.

¿Sabe el Capitán Energúmeno que ninguno de nosotros quiere estar ahí en su último día? ¿Sabe que todos en el fondo lo odiamos? ¿Le importa? ¿O es esa clase de persona que transita por la vida pisoteando a otras personas sin pensarlo dos veces?

Tomo otro trago de cerveza. Y otro. Y otro. Pido una más.

Me entierro en mi teléfono para distraerme de las conversaciones que no quiero tener. Chequeo acá, reviso allá, y de repente ahí está. Sé que no debía hacerlo pero lo hago igual. Le contesto el último mensaje a Lucía. Me responde al instante. Le vuelvo a contestar. Escribe de nuevo.

Estuve años amándola a la distancia hasta que finalmente me animé a hablarle para descubrir que era alguien a quien le gustaba gustar. Se daba cuenta que yo estaba perdidamente enamorado de ella cuando salíamos a almorzar, y lo disfrutaba. Hacía lo mismo con Garquetti. Fingía ayudarlo con un problema legal pero sabía que el tipo quería llevársela a la cama. No sólo lo sabía. Le encantaba.

Un amigo la bautizó la vampira del amor.

Cuando corrió el rumor de lo mío con Amazon Woman fue cuando Lucía se me empezó a insinuar. Lo vi claramente en sus ojos ese día en la plaza y esa noche que vino a mi departamento. Para ella, me gustaba por encima de otra mujer que me gustaba. Y eso era irresistible.

Sentí que de alguna manera me estaba usando. Sentí que yo también la estaba usando, intentando distanciarme de quien realmente quería. Amaba. Le dije a Amazon Woman que la amaba.

Y ahí está ahora de vuelta Lucía en mi teléfono. Dispuesta a ser gustada.

“Estoy cerca,” me dice. “¿Vos estás en el bar ese que a dos cuadras tiene un telo?”

“Sí.”

“Mirá vos.”

Pido una cerveza más. Y, ya que estoy, otras papas fritas.

Estoy perdido en una multitud de conversaciones, sin realmente prestarle atención a ninguna, concentrado apenas en mi vaso y esa mezcla entre excitación y ansiedad y tristeza que hay en mi pecho, cuando lo escucho.

“Amazon,” dice. “Hey, Amazon. ¡Amazon Woman! ¡Hey! ¡Amazon Woman!”

Amazon gira, sin entender.

“Sí, vos,” dice el Brontosaurio, riendo como una hiena con severos trastornos mentales.

“Los indios tienen la posta,” dice el Capitán Energúmeno, imposibilitándome escuchar lo único que quiero escuchar. “Son ellos con su pulgarcito marrón para arriba o para abajo los que deciden.”

Miro de reojo, distraído, pero nada.

Al rato aparece en mi teléfono.

“Hola,” escribe Amazon. “Estuve hablando con el Bronto y me dijo que aparentemente ustedes me llaman Amazon Woman y que lo escuchó de vos.”

Sólo el apodo de Pastelito es multitudinario. El resto son mis secretas maneras de vengarme. Pero Amazon Woman lo sabía. Amazon Woman sabía que el Brontosaurio es el Brontosaurio, que la Patova es la Patova, Garquetti es Garquetti, Pony, Pony. Ella conoce cada apodo que puse. Salvo por el suyo.

“¿Y?” dice.

“Sí,” digo apenas.

“¿Desde siempre o…?”

Es más fácil poner puntos suspensivos que decir que me pisoteó el corazón.

“Siempre,” digo apenas.

“Soy alta. Amazon Woman. Brillante,”

“No es por eso,” me apuro. “Es porque me parecías una mujer que daba guerra. Cuando la cagaste a trompadas a la Patova lo confirmé.”

Respiro profundo. Tomo otro trago.

“También en nuestra primera noche juntos y en todas las otras,” agrego.

Tomo otro trago de cerveza. “No tendría que haber mandado eso,” me digo. “No tendría que haber mandado eso.”

“Perdón si te jodió pero es con cariño, no como el resto,” digo.

Tomo un trago de cerveza. Y otro. Y otro. Pido una cerveza más.

Garquetti me cuenta que en la universidad está finalmente aprendiendo los numeritos sin sentido de nuestro trabajo. La Patova discute con el Capitán Energúmeno sobre no sé qué de rugby. Guardo el teléfono, voy al baño, reviso el teléfono.

Nada.

Espero.

Nada.

Me miro en el espejo. Mi reflejo busca tranquilizarme. Pero mi yo borracho lo sabe. Lo puede ver perfectamente, con la exactitud que sólo tienen los números. Pasaron 35 minutos desde que me escribió Amazon Woman.

Quiero escribirle que la amo.

Quiero escribirle que la extraño.

Quiero escribirle tantas, tantas cosas.

Pero me contengo.

Pasaron 35 minutos desde que me escribió.

Pasaron semanas desde que me dio el último beso.

Tengo que dejarla ir.

Vuelvo a mi lugar. Finjo no mirarla pero la miro. Y ahí está ella, hablando con esa sonrisa hermosa que tiene. Me demuele por dentro. Pero vale la pena.

Me siento y Garquetti me sigue hablando sobre el sentido de los numeritos sin sentido. La Patova, aparentemente enojada por la discusión de rugby, se mete en el medio y dice que está equivocado. El Capitán Energúmeno se ríe. “Si a alguien tienen que escuchar es a mí. Estuve trabajando de esto por veinte años, más que cualquier indio de mierda,” dice. Y pasa a explicarnos con lujo de detalles. Estoy seguro que en mi vida pasada yo decapité a ciento cincuenta y tres Boy Scouts para merecer este castigo.

Pido otra cerveza.

De repente mi teléfono se ilumina.

“¿Y?” escribe Lucía.

Tomo otro trago de cerveza. “Si querés que te lleve al telo, pasame a buscar.”

“Andá saliendo.”

Guardo el teléfono.

Golpeo la mesa con mis nudillos anunciando la despedida. “Todo esto es fascinante pero se me hace tarde para un cumpleaños.”

Me levanto. Le deseo suerte al Capitán Energúmeno y enfilo hacia la puerta. Pero Pastelito encara hacia mí. No quiero saludarlo. No sé si el alcohol lo puso mimoso.

“¿A dónde vas?” dice.

“Tengo un cumpleaños.”

“No te podés ir.”

“Tengo un cumpleaños.”

“Hay que ver cuánto tenés que pagar.”

“¿Cómo?”

“Tu parte de la cuenta.”

“¿La empresa no invitaba?”

“¿Cómo va a invitar?”

“Dijiste que era un evento oficial.”

“Lo es. Es la despedida de…”

Suspiro. No puedo creer la cantidad de cosas que pedí y lo endeudado que estoy. Saco la billetera, voy a la caja. Me imprimen la cuenta. Sumo, sumo, sumo. Pastelito se queda parado al lado mío, mirándome por encima del hombro, controlándome. Sumo, sumo, sumo. Pago.

Salgo.

Ahí está Lucía.

“¿Vamos?” dice apenas.

“Vamos,” digo apenas.

La agarro de la mano y caminamos.

Y algo me pica.

A la izquierda.

Giro.

Y la veo.

A Amazon Woman mirándome.

Mirándonos.

Hay algo en sus ojos.

Sorpresa.

Enojo.

Pero hay algo más.

Algo más.

Algo más.

No sé qué es.

Caminamos y la sospecha me invade.

Tanto que ya no es una sospecha.

Es una certeza.

Lo hago sólo para comprobarlo.

Saco mi teléfono.

Y ahí está.

Esperando.

No lo escuché cuando me llegó.

No lo sentí vibrar.

Nada.

Un mensaje de Amazon Woman.

“¿Te gustaría salir de acá y tomar algo los dos y charlar?”

 

Sebastián Defeo
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