Atrapado en la oficina Textos

ATRAPADO EN LA OFICINA – 35 – Hacer la revolución

atrapado-en-la-oficina-sebastian-defeo-sajarijirafas

Ayer se anunció: Pastelito es nuestro nuevo teamleader.

Y hoy faltó.

Una revolución cabalga por toda la oficina. El Brontosaurio, la Patova y Garquetti se pasan de escritorio en escritorio, murmurando, protestando, complotando. Los une un único objetivo. Quieren derrocar a Pastelito.

Los miraría con ternura e indiferencia si no fuera porque hace media hora que están sentados alrededor mío.

“Te lo ruego, por favor,” me dice el Brontosaurio. “Decímelo y no te jodo más. ¿Amazon Woman la tiene depilada?”

“¿Sabés quién la tenía depilada?” dice Garquetti. “Lucía.”

“Ustedes son dos virgos,” dice la Patova.

Con gente así no se puede hacer la revolución. Se distraen de su objetivo cada dos segundos. Y está bien, lo entiendo. El chisme es la cocaína de las oficinas. El rumor de lo mío con Amazon corrió frenético por las narices de cada uno de acá. Pero hay momentos para charlar como un viejo que baldeando la vereda se cruza con otro viejo que viene de comprar chauchas en la verdulería. Y hay momentos para guardarse los chismes en el bolsillo y apuntar todas las narices en una única dirección: la revolución. Este es uno de esos momentos.

“Miren si Pastelito pega una licencia de cinco meses con goce de sueldo,” digo, para desviar la atención de algo que no quiero recordar y mucho menos compartir.

“Es un hijo de remil puta,” dice la Patova. “Yo estoy laburando acá antes que él, a mí me tocaba.”

“Disculpame pero yo siempre tuve mejor merit bonus que vos, querida,” dice el Brontosaurio.

“Todos saben que abandoné mi carrera de diseño para estudiar sistemas,” dice Garquetti. “Ese compromiso me lo tienen que devolver de alguna manera. ¿No? ¿No…?”

De repente se sienta entre nosotros un silencio feo, desnudo, peludo, un poco borracho, un poco drogado, un poco loco, con restos de vómito en la boca y pera y pecho. Nos mira a los ojos y espera. Espera que alguno se atreva a confrontarlo con cualquier cosa que no sea una mentira piadosa y condescendiente. Nadie pareciera animarse. Todos asentimos, apenas, tibiamente, con la mirada gacha.

Creo que ya acepté que soy nadie acá, en una ciudad regada por ventanas que dan a otras oficinas insípidas. Pero a Garquetti, Patova y el Brontosaurio el hecho de ascender, aunque sea con un aumento minúsculo, va de la mano con la ilusión de ser reconocidos, de ser valorados, de estar por encima de otros, de ser alguien.

“¿No…?” insiste Garquetti.

“Boludo, seguro te lo van a recompensar,” dice al fin la Patova, apiadándose. “Te van a hacer una fiestita y ponerte un vestidito y hacerte chupar todas las pijas de los indios. Espero te guste el curry porque me pinta que esas chotas tienen alto gusto a curry.”

A veces la quiero a la Patova. A veces, la odio. Hoy la quiero.

“No puedo creer que lo asciendan a Pastelito,” dice Garquetti. “Pastelito.”

“Tenemos que hacer algo,” dice la Patova.

Los tres asienten en silencio.

“Ahora, yo me pregunto…” dice el Brontosaurio, girando hacia mí. “¿Cómo hacías el 69 con Amazon Woman? No me dan las medidas.”

“Decí la verdad,” me codea la Patova. “Era como chupar una cueva.”

A Garquetti le brillan los ojos. “¿Tragaba o escupía?”

“¿Cómo pensás que la mina terminó midiendo cuatro metros?” dice la Patova. “Tomó toda la lechita.”

A veces la quiero a la Patova. A veces, la odio. Hoy la odio.

“Chicos,” digo. “Hay momentos para chismes y hay momentos para romper todo y hacer la revolución. No sé qué quieren ustedes pero a mí que le hayan dado un aumento al ñoqui de mierda de Pastelito me hierve la sangre,” digo. Frunzo los labios, entrecierro los ojos. Aprieto las mandíbulas. Supongo que debo parecer enojado. “Vengo rompiéndome el culo hace un montón. Yo me merecía ser teamleader,” miento.

“¿Pero qué hacemos?” dice Garquetti. “Ya lo nombraron.”

Hoy muchos esperan que les den la revolución servida, lista para comer. Nada de arremangarse las mangas. Nada de pensar, de esforzarse, de embarrarse por lograr un mundo mejor.

“Para mí…” dice el Brontosaurio.

Quizá haya esperanza. En el lugar más insospechado del universo entero. Quizá haya esperanza.

“Para mí hay que suscribirlo a una página gay,” dice, riendo como una hiena con severos trastornos mentales.

“Esto da para más, chabón,” dice la Patova. “Yo lo cago a trompada a ese pastel de mierda.”

“Piénsenlo un segundo,” digo. Me acerco a ellos y miro alrededor con fingido aire de discreción. Me imitan. Giran con la cabeza cerciorándose que no haya nadie cerca y arriman sus sillas a mí. El chisme es la cocaína de las oficinas y yo claramente les estoy armando unas líneas. Me esperan agachados, ansiosos.

“Hay una cabeza que los indios todavía no cortaron,” susurro. “Recursos Humanos sigue estando acá.”

“¿Y?” susurra Garquetti, siempre tan brillante.

“Y, junten firmas,” susurro, “díganle que faltó, menden estadísticas de las faltas de Pastelito, denuncien, escalen, copien en los mails a indios, a yanquis, a todo el mundo. Hagan flor de quilombo en Recursos Humanos, de acá y de afuera y listo. Que toda la oficina lo denuncie. Lo van a rajar y van a ascender a alguno de nosotros.”

Los tres asienten con la cabeza, serios. Se levantan, se van a sus asientos con la determinación que requieren los asuntos importantes. Empiezan a mandar mails, a correr la voz, a encender la revolución.

Hay momentos para chismes y hay momentos para guardárselos en el bolsillo.

Yo estuve guardándome uno hace meses.

No fue fácil.

Me lo dijo el de seguridad. A mí y a nadie más.

Pastelito es el sobrino del jefe de Recursos Humanos.

 

 

Sebastián Defeo
Comentá | +Atrapado | +Textos

No te pierdas de nada. Recibí safarijirafas directo a tu mail.

Comentarios

comentarios