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ATRAPADO EN LA OFICINA – 29 – La última cruzada

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Toda mi vida amé ver películas. No por nada estudié cine. Seguro, me encanta perderme en otros mundos, vivir aventuras, comer helado mientras lucho contra un dragón. Pero tengo un motivo mucho más profundo, mucho más personal.

Hace poco leí a un escritor hablar sobre la importancia de su oficio. Contó la historia de su prima, que había estado en un campo de concentración nazi. Todos los días ella le daba una clase de costura a un grupo de veinte chicas. Mientras trabajaban, les enseñaba matemática, polaco, gramática.

No estaban permitidos los libros ahí, podían matarte si te encontraban con uno. Pero alguien le dio la novela “Lo que el viento se llevó.” Se quedó toda la noche despierta leyéndola.

Al día siguiente, la escondió con mucho cuidado. Y, cuando las chicas fueron a coser, les dijo lo que había leído.

A partir de ese momento, cada noche se quedaba despierta leyendo y cada día les contaba lo que había pasado en el libro.

Su primo el escritor le preguntó por qué lo había hecho, por qué había arriesgado su vida por una historia.

Ella le dijo que por una hora todos los días esas veinte chicas no estaban en un campo de concentración. Que por una hora todos los días estaban en el sur estadounidense, teniendo aventuras. Que por una hora todos los días lograban salir del horror.

Cuatro de esas veinte chicas sobrevivieron al holocausto. Cuando su prima ya tenía noventa años, se encontró con una de ellas, ahora también una anciana. Lloraron al verse, se rieron de las arrugas en la cara de la otra. Y recordaron las historias de “Lo que el viento se llevó.”

Por eso me gustan las películas. Son un oasis, un momento para respirar, para ver a otro enfrentando a sus demonios y creer que, quizás, es posible vencer a los nuestros.

A veces me confundo. A veces pienso que el villano de mi película es Pastelito. O Pony. O el Capitán Energúmeno. Por ahí Garquetti. A veces pienso que si no existieran, sería feliz.

No es así.

El verdadero villano de mi película es mi trabajo. Pasar mi vida en una oficina gris tipeando numeritos sin sentido. Levantarme cada puto día más temprano de lo que quisiera para ir a un lugar donde no hay ni una aventura.

Tengo mis cobardes triunfos. Cada tanto le hago alguna maldad a alguien, o llego tarde. Pero antes de ayer perdí tres horas de mi vida en una reunión escuchándolo al Capitán Energúmeno gritar por lo del muñeco del Brontosaurio. Y ayer perdí una hora con Pony. El muy sorete reservó la sala de conferencias para juntarse específicamente conmigo.

“Esta situación necesita un stop hoy mismo,” me dijo.

“No entiendo, ¿los indios se quejaron o algo?”

“Hindúes, por favor,” susurró. “Decir indio queda feo.”

“Es lo correcto, hindú es una religión.”

“El bottom line es que no podés seguir llegando tarde always,” insistió.

Ya lo dije mil veces pero volví a intentarlo. “Cumplo con todo mi trabajo, no tengo nada atrasado. ¿Cuál es el problema?”

“Estás dando un bad example al team. Te necesito acá on time. ¿Trato?”

Me extendió la mano.

“Trato,” dije, estrechándosela.

Hoy llegué deliberadamente dos horas y media tarde, con una actuada cara de no sentirme bien y una taza hermética. Pony enseguida le pidió al Capitán Energúmeno que nos juntáramos los tres.

“Ayer tuve una meeting para hablar sobre llegar a tiempo a la office,” arranca Pony.

“Esto ya lo vimos en tu evaluación de desempeño,” dice el Capitán Energúmeno.

“No me siento bien,” susurro, entrecerrando los ojos con fingido dolor.

“Esto no es un hotel que uno entra y sale como le parece,” dice el Capitán Energúmeno. Pony, detrás, niega enfáticamente con la cabeza.

Respiro profundo, con notable dificultad. “Vine igual porque no quería faltar pero…”

“Estás llegando siempre tarde, no me vengas con excusas.”

Llevo la taza hermética a mi boca, tomo un sorbo. Me pregunto si funcionará. Quizá debería haberlo probado antes. Sí. Sí. Lo siento venir.

Vomito.

Le vomito todo el escritorio al Capitán Energúmeno.

Le vomito toda la alfombra.

“Perdón,” susurro cuando todo pasó. “Les dije que no me sentía bien.”

El Capitán Energúmeno se tapa la boca, cierra los ojos. “Andate a tu casa ya… no sabía…”

Pony contiene una arcada, contiene otra. Vomita. Oculto mi sonrisa y me voy.

Siempre me gustó ese momento en “Indiana Jones y la última cruzada.” Arrinconados por un avioneta que se les acerca con una ametralladora, sin nada con qué poder hacerle frente, el padre de Indiana de repente se acuerda de una frase. “Que mis ejércitos sean las rocas y los árboles y los pájaros en el cielo.” Abre y cierra su paraguas, asustando a los pájaros que se encuentran alrededor, los cuales salen volando, se meten en la avioneta y logran hacerla chocar.

Cualquier cosa puede ser un arma. Cualquier cosa puede servir para vencer al villano de nuestra película. Cualquier cosa puede ayudarnos a alcanzar la libertad.

Lo leí en la etiqueta de una soda cáustica que compré este fin de semana. “En caso de ingesta, inducir vómitos con agua tibia y mostaza.”

Supongo que mi taza hermética va a apestar a mostaza pero no importa. Hoy particularmente no quería estar en la oficina. Necesitaba quedarme en la cama mirando una película, intentando distraerme del horror. Pasa que me separé de Amazon Woman.

 

Sebastián Defeo
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