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ATRAPADO EN LA OFICINA – 27 – La verdad de las lápidas

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Las lápidas tienen un sólo propósito. Es el mismo que el de todos los pelotudos que escriben sus nombres en monumentos, miradores o el tronco de un árbol. Muy infantilmente dicen: “Yo estuve acá.” Buscan torear el desconsuelo de que no quedará nada de nosotros.

Porque esa es la verdad más difícil de afrontar. Estar tan vivos, tan presentes, y dejar atrás sólo silencio.

Ahora mismo soy testigo. No necesité ir a ningún cementerio, a ningún funeral. Apenas vine a la oficina. Que es casi lo mismo.

El escritorio de Lucía está vacío. Y va a seguir estándolo.

La despidieron.

Nunca me mencionó como cómplice. Me dijo que no valía la pena. El Capitán Energúmeno estaba cegado, buscando exclusivamente a la persona que había osado burlarse de su hombría macho rey pistola en una tarjeta de cumpleaños. Y esa persona había resultado ser una mujer. Cualquier apercibimiento era entonces demasiado poco. Llamó al jefe de recursos humanos, su amiguito macho rey pistola, y orquestó un despido sin indemnización. “Si querés hacer un juicio, hacelo,” le dijo el Capitán Energúmeno sonriendo mientras ella lloraba, sabiendo que sin dudas también contaba con el apoyo del managment de la India, que son todavía más macho rey pistolas. “Pero las lagrimitas no te van a servir de nada y el juicio tampoco.”

El escritorio de Lucía, ahora gris y desierto, es el epicentro de un diluvio de chismes. Algunos cuchichean que se estaba cogiendo al Capitán Energúmeno y se puso pesada y por eso la rajaron. Garquetti aprovecha que ella ya no está para jactarse del affaire que miente haber tenido. Pastelito camina orgulloso por los pasillos, mirando desafiante a todos, creyendo que la despidieron por burlarse de él y sólo de él en su tarjeta de cumpleaños. El Brontosaurio asegura saber la cifra de su indemnización. Pony nos pide que volvamos a trabajar, como si nada hubiera pasado.

Estoy cansado. No. Estoy enojado. No. Estoy harto. Harto estoy. Cuatro años estuvo Lucía trabajando acá. Cuatro años. Ocho mil horas pasó en la oficina. Y no exagero. La cuenta da así. Ocho mil horas y se va y sólo queda un escritorio vacío y chismes.
Encima ni siquiera va a haber un reemplazo.

A los indios se les ocurrió, para ahorrarse su sueldo, distribuir las responsabilidades de la coordinadora del piso entre varios de nosotros. Y, como estoy cagado por el supremo elefante de la mala suerte, por supuesto que soy uno de los afortunados. Claro está, sin ningún tipo de aumento, bonus o ni siquiera una palmada en la espalda.

“Van a compartir la misma casilla de mail para estas tasks,” nos dice Pony.

Lo miro. Quiero irrumpir en Mundo Marino, secuestrarme una orca asesina. Meterla en una pelopincho y tirarlo a este pelotudo adentro y sentarme a mirar el espectáculo mientras como pochoclos.

El Capitán Energúmeno ya nos explicó con lujo de detalle nuestra condena. Pero Pony tiene que venir ahora a repetirnos exactamente lo mismo para creerse autoridad. “Les vamos a poner un hunt para distribuir entre todos ustedes las calls que Lucía recibía,” dice. “¿Alguna question?”

Levanto mi mano. “¿Los indios saben lo desmoralizante que es esto?”

“No se dice indios. Son hindúes,” susurra.

“Son de la India. Son indios. Serían hindúes si son hinduistas.”

“Por favor, bajá la voz que te pueden escuchar. Decir indio queda mal.”

Pony se apura a desviar el tema y a repetir con lujo de detalle lo que el Capitán Energúmeno ya nos dijo.

Lo miro. A veces nos incomoda nombrar a las cosas por lo que son.

Lucía dio ocho mil horas de su vida a esta oficina. Y desmenuzaron su existencia. La hicieron desaparecer. No hay ni siquiera un reemplazo. No hay nada que diga: “Yo estuve acá.”

Por supuesto, la reunión innecesaria con Pony se extiende con preguntas innecesarias y se vuelve una aspiradora del alma. Me devora la paz, los sueños, los recuerdos felices.

“Quiero pedir asistencia policial para encontrar a la persona que manda fotos con mi muñeco de Homero Simpson,” dice el Brontosaurio.

Dejo de escuchar. Las voces se vuelven ecos.

Miro alrededor con enojo. No. No es enojo. Miro alrededor con determinación. Porque hay algo claro. Quiero vengarme. De los chismes del Brontosaurio y de Garquetti. De Pony que me designó brigadista de piso. Del Capitán Energúmeno por creer que lo que él considera su hombría vale más que una persona. De Pastelito porque, buchoneando la joda que le hicimos con su tarjeta de cumpleaños, consiguió que la despidieran a Lucía.

Quiero vengarme de todos juntos.

Estoy solo en la oscuridad ya. La aspiradora devoró a mi alma entera salvo por un rincón, una última certeza.

Quizá después del fin no quede nada de nosotros. Pero tampoco quedará nada de nuestros enemigos.

Hoy se lo dije. A Lucía. Le mandé un mensaje diciéndole que todos iban a pagar por lo que le habían hecho. Le encantó la idea. Para juntar ingenios y maldades propuso venir a mi departamento. Llegó a la noche con dos botellas de vino. Y me pidió que le cuente nada a nadie así que chau.

 

Sebastián Defeo
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