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Atrapado en la oficina – 24 – Ver al mundo arder

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Esto no es una oficina. Esto es un exceso de sadismo.

Hay una maldición divina que se excita con verme sufrir. Me atraganta con numeritos sin sentido. Me arranca las respuestas de todos los currículums que mandé. Me arrincona contra horrores como Garquetti, Pastelito y el Brontosaurio. Pone jerárquicamente por encima mío a fracasos como el Capitán Energúmeno y Pony. Pero eso no le basta. Necesita más. Entonces ahora retuerce sus pezones y gime y arde, borracha de placer, mientras me mira, vencido, ante su nuevo castigo.

“¿Qué?” balbuceo. Quizá escuché mal lo que me dijo. Es mi única esperanza.

Pony frunce los labios para contener una sonrisa. “Vas a ser el brigadista del piso,” repite.

Las palabras desaparecen. Sólo hay en mí impotencia. “El…”

“El brigadista,” completa. “El que tiene que socorrer a alguien en caso de una emergency, guiar a todos a la exit, controlar la evacuación en los simulacros de incendio…”

“Sé lo que es un brigadista,” digo. De repente me descubro respirando profundo, apretando los dientes y los puños.

Es viernes, mi único momento de felicidad. Encima hoy a la noche nos vamos con Amazon Woman por el fin de semana a la costa. Esto no puede arruinarlo. No puede ni siquiera mancharlo. Pero lo está haciendo.

Porque no es algo aleatorio. No. Este sorete con guarnición de diarrea me la está devolviendo por lo que le hice con el Access y el almuerzo con el Capitán Energúmeno.

“Pero… ¿por qué? ¿No hay ya un…?” digo, inconcluso, desesperado, buscando manotear alguna escapatoria.

Pony gira hacia Garquetti, gira hacia mí. “Gonzalo era el brigadista pero le pareció una buena idea hacer un change, por si él falta y justo hay una emergency.”

Garquetti nos ve mirándolo. Sonríe y nos saluda moviendo su manito en el aire. Otra vez Garquetti me garcó.

Me sueno el cuello, me rasco la nuca. “Escuchame. ¿Hay alguna manera que sea otro el que…?”

Me detengo.

Está negando con la cabeza. El muy forro está negando con la cabeza, contundentemente. “Rodri ya me lo aprobó,” dice.

Quiero gritarle que deje de llamar Rodri a su jefe, que no son amigos compinches, que ni siquiera está en su mismo nivel, que es un pelotudo parado sobre zancos creyéndose más alto.

“Sos el más apto,” dice. Y se le escapa una sonrisa.

Quiero meterle un monitor por la nariz. Quiero entender qué horrores cometí en una vida pasada para merecer semejante catarata de mierda. Quiero bañar a la ciudad entera en kerosén, fumar un pucho y, tras la última pitada, arrojar cinematográficamente la colilla al suelo y ver al mundo arder.

Pero la maldición divina también me arrebata el reparo de la fantasía. Pony me arroja una linterna, un chaleco naranja y un manual gordo sobre mi escritorio. “Preparate, vas a tener que estudiar este fin de semana,” me dice. “El lunes hay simulacro.”

 

Sebastián Defeo
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