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ATRAPADO EN LA OFICINA – 23 – La venganza de los ñoquis infinitos

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Pastelito pone sus bracitos en jarra y nos mira indignado. “¿Quién fue el gracioso?”

Me acuerdo cuando yo era chico. El 29 de cada mes invariablemente mis viejos cocinaban ñoquis. Ponían un billete de un peso bajo el plato para que se multiplicara. Había una única hoja de laurel en el tuco. Al que le tocaba, tenía que lavar. Era un lindo ritual. Quizá por eso nunca me gustó que embarren la palabra diciéndole ñoqui al sinvergüenza que apenas aparece una vez por mes en el trabajo para cobrar. Pero, la verdad, les queda como anillo al dedo.

Sus ojos nos recorren entre indignados y vencidos. “¿Quién fue?” dice Pastelito. “Es el cuarto ñoqui que me dejan hoy sobre el escritorio.”

No sé con precisión en qué momento se agrió el tuco. Si fue ayer a la tarde cuando mandé un mail desde la casilla del Vengador Anónimo con la cara de Pastelito photoshopeada en un ñoqui, recreando las mil aventuras que tuvo en sus tres meses de licencia por un supuesto pico de estrés. O si fue ayer a la noche cuando desde un locutorio le llené la casilla de mensajes de su interno, siempre impostando una voz distinta, siempre pidiendo ñoquis. O si fue hoy a la mañana cuando dejó la computadora sin bloquear mientras lo saludaban por su cumpleaños y cambié su página de inicio por la entrada de Wikipedia de los ñoquis, puse una foto de un ñoqui de fondo de pantalla y comenté “ñoqui forever” desde su usuario en todas sus órdenes de trabajo. O si por ahí fue hace un rato con su tarjeta de cumpleaños. Probablemente haya sido eso.

Pastelito agarra al ñoqui de su escritorio y lo tira a la basura. “Hay gente cagándose de hambre,” le reprocha la Patova.

En una oficina nos vemos obligados a frecuentar personas que preferiríamos que fueran despedazadas por una rave de pirañas antes de verles un segundo más la cara. Es por eso que encargarse de los preparativos para sus cumpleaños es una obligación que todos queremos gambetear. Cuando sugerí regalarle un sweater color pastel como los mil que tiene, nadie gastó un segundo en pensar una idea superadora. Recuerdo mi primer cumpleaños en la oficina. Me dieron una camisa lisa oscura como las que uso. Mientras fingía sorpresa y agradecimiento no pude evitar pensarlo. Lo único que sabían de mí era lo que veían. Pero quizá esa angustia era demasiado sutil para Pastelito. Fue entonces cuando se me ocurrió lo de la tarjeta.

“¿Sos vos? ¿La de los ñoquis sos vos?” la increpa Pastelito. La Patova lo mira como si estuviera a punto de sodomizarlo con un cocodrilo merqueado.

No sabemos quiénes son esos bichos de corbata y de escote con los que pasamos más tiempo que con nuestros amigos y familia. Por eso, cuando circula por la oficina una tarjeta de cumpleaños, leemos qué escribieron otros para entender qué nos relaciona, quiénes son, decimos más o menos lo mismo y a la mierda. Bien temprano saqué la tarjeta de cumpleaños que había hecho con una foto de su cara pelotuda en un ñoqui vistiendo un sweater color pastel y agitando una bandera de Paulina Rubio. Escribí tres mensajes anónimos bastante insultantes con lapiceras y letras distintas. Después puse “Que se cumplan todos tus sueños húmedos con Paulina Rubio,” lo firmé y lo pasé. Nadie preguntó quién hizo la tarjeta. Todos estaban aliviados de no tener que comprarla. Pero así fue como nació la avalancha.

Pastelito recula. Sabe que la Patova puede envolverlo en una orgía de golpes. “Es que…” dice, con la voz entrecortada. Mira a la oficina del Capitán Energúmeno. “No quiero tener que hacer otra denuncia.”

Sólo dos en todo el piso firmaron la tarjeta con su nombre y con un mensaje chapuceramente positivo. Pony y Garquetti. El resto fue un carnaval anónimo de insultos, rimas indecorosas, caricaturas para nada favorables. Y está bien. No hay otra forma de saludar a alguien que, por quedarse pelotudeando en su casa por tres meses, cobró lo mismo que uno que toreó la alarma del despertador cada puta mañana. El problema es que Pastelito fue a buchonear al Capitán Energúmeno. Nuestro jefe se le reía en la cara leyendo la tarjeta. Hasta que llegó a esa firma en particular.

“Me chupa la argolla quién mierda te está dejando ñoquis en el escritorio,” dice la Patova. “Pero necesito este laburo y estoy en la cuerda floja por trifulcarme con la giganta. Vos llegás a decir mú sobre mí y te martillo las pelotas. ¿Clarito?”

La firma era anónima. Empezaba, como todas, señalando lo caradura que era Pastelito por haber faltado tres meses con una excusa tan pedorra. Pero después pasaba a hablar del Capitán Energúmeno. “Seguro te despediría,” decía, “si no estuviera tan preocupado en camuflar que tiene un maní de pija, un sorete de cerebro y un felpudo de esposa.”

“Perdón,” dice Pastelito. “Es que… Voy a la cocina, ¿querés algo?”

Media hora nos tuvo reunidos el Capitán Energúmeno, gritándonos. Nunca lo vi así. Ni siquiera cuando nuestro equipo se mandó una cagada que le costó no sé cuántos miles de dólares a la sucursal yanqui. Pony nos miraba con desprecio. Pastelito sonreía, orgulloso, creyendo que lo estaban defendiendo. Los débiles se aferran a cuanta migaja de poder encuentren.

La Patova clava sus ojos en los de Pastelito. “Andate a la concha de Dios,” dice.

Creo que el Capitán Energúmeno nos tuvo reunidos media hora nomás porque se dio cuenta que se estaba enojando demasiado. Todos teníamos la cabeza baja. Un par lagrimeaban.

Pastelito va a la cocina. La Patova lo mira desafiante. “Ahora,” susurra ella. Abro el cajón, saco un ñoqui, lo dejo sobre el escritorio de Pastelito.

Fue ahora, media hora después de la reunión. Me escribió Lucía. Me escribió al teléfono. Nunca me escribe al teléfono. Le pregunté qué pasaba.

“Rápido,” me susurra la Patova mientras vuelvo a mi escritorio. Llamo al lugar donde Pastelito siempre pide su comida. Paso su interno, cambio su almuerzo. “Ñoquis,” pido.

Agarro mi teléfono, leo. “Estoy en el baño. No puedo parar de llorar. Tengo miedo,” escribió Lucía. “La de la firma fui yo.”

Pastelito vuelve, encuentra un nuevo ñoqui sobre su escritorio.

“Tranquila,” le escribo. “Nunca pusiste tu nombre.”

Pastelito lleva el ñoqui a la oficina del Capitán Energúmeno.

“Y estate segura de algo,” le agrego. “Así como el billete bajo el plato de ñoquis, la venganza se va a multiplicar.”

 

Sebastián Defeo
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