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ATRAPADO EN LA OFICINA – 21 – El balance

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En el colegio prefería tomar un licuado de caca de pekinés antes que soportar una clase de contabilidad. “De un lado anotamos lo que entra y del otro, lo que sale,” decía el profesor trazando dos columnas en el pizarrón. “La clave de la prosperidad es tomar más de lo que damos.”

No puedo evitar pensar en eso mientras miro con odio a la oficina. Pasó una semana y nada. Nada de nada. Ni Pastelito ni Pony ni el Capitán Energúmeno me reconocieron todas las órdenes de más que me encajaron. Tantas horas arrancadas de mi vida y arrojadas a tipear numeritos sin sentido se van a ir, sin una palmada en el hombro ni un bono en mi bolsillo.

Y no sólo eso.

Hoy llegué media hora tarde y ahora lo tengo al Capitán Energúmeno gruñéndome por eternidades sobre la importancia de la puntualidad.

Lo miro y no puedo evitar pensarlo. Quizás es un incompetente asustado y entonces persigue faltas en sus empleados así nadie por encima puede decirle incompetente a él. Su atención se cierra en los que llegan tarde, los que quedan mal con un cliente. Nunca felicita. Nunca alienta. Quizás está tan centrado en encontrar errores que no puede ver a los que ponen el hombro y trabajan de más.

“¿Pero vos qué balance hacés?” le digo al fin. “Porque, está bien, llegué casi media hora tarde pero estuve tres meses yéndome siempre entre dos y cuatro horas tarde.”

Me mira sorprendido. El muy energúmeno no lo sabía. Casi que la puedo sentir venir, la palmada en la espalda y detrás, con suerte, el bono en mi bolsillo.

“Cuando hay trabajo, hay trabajo,” dice. “¿Qué querés? ¿Estar con el culo en la calle sin un mango?”

“No, pero…” balbuceo. No puedo contestarle. No puedo concentrarme entre el enojo, la impotencia y ver de reojo a Pony que nos está mirando desde su cubículo, atento como una gata en celo. No puedo evitar tampoco ver que la computadora del Capitán Energúmeno está todavía apagada. Habrá llegado un minuto antes que yo.

Hace no sé cuánto que estoy en esta conversación. Me siento cansado. Esto se soluciona o prendiendo fuego al mundo o bajando la cabeza. “Perfecto,” digo, “voy a estar más atento a llegar en horario.”

Me desplomo en mi silla. Pony me escribe. “¿Querés que a la mañana te mande un reminder así podés llegar on time? Es top priority quedar bien con la nueva gerencia de la India.”

Le mando un emoticón de un unicornio.

Tipea una risa. “Ah, de paso, necesito now el excel que te pedí. Me corrieron la meeting ahora en ten.”

El excel. Otra cosa más por la que jamás voy a recibir algo a cambio.

Bloqueo mi computadora, voy a buscar un café.

“Técnicamente, recibís algo a cambio. Tu sueldo,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “El balance del trabajo es así. Sale vida pero entra dinero. Claro que también va a salir dinero para el alquiler, la comida y todas esas cosas que pagás para distraerte de que das tu vida para pagar cosas.”

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo prende un cigarrillo nuevo con la colilla aún encendida de uno viejo. “Googleemos cómo cultivar la candorcha que sea y vayámonos a la mitad de la nada a vivir felices de lo que se nos cante el orto,” dice entre el humo. “Este modelo no da para más. La vida no puede ser esto. Tipear numeritos sin sentido para una empresa yanqui terciarizada por la India en Argentina. La vida no debe ser esto.”

El diminuto contador parado sobre mi hombro derecho encoge sus aún más diminutos hombros. “Podemos patalear pero ese es el balance,” dice al fin. “Sale vida pero entra dinero.”

Vuelvo con mi café. Tengo cinco mensajes más de Pony. Así y todo no puede esperar. Se para, tose. “Necesito el excel now.”

Finjo mirar a mi monitor. “Se está mandando, es pesado.”

“Haceme un FYI cuando esté en tu sent folder.”

Abro la casilla de Vengador Anónimo. Mando la foto que saqué en casa, la del muñequito de Homero Simpson que le robé al Brontosaurio siendo sodomizado por un muñequito que compré de Apu. “Los indios nos están cagando los bonos” es el asunto.

Risa allá, risa acá. “¿Quién fue el gracioso?” dice el Brontosaurio, entrecerrando sus ojitos bizcos sin alma mientras recorre con su mirada la oficina.

“Necesito now un block de un email,” dice Pony preocupadísmo al teléfono.

Miro alrededor. Garquetti claramente está en el baño. Abro mi cajón, agarro un puñado de sobrecitos de sal, voy hasta su escritorio. Destapo su termo, le vacío los sobrecitos adentro, lo tapo, lo agito. Vuelve, se ceba un mate. Toma. Escupe.

Pony lo mira penitenciariamente. Sus ojos enseguida recorren la oficina buscando algún superior cerca. Nadie. “Limpiá eso now, please,” dice. “¿Y el mail?” me apura.

“Se está mandando,” miento.

Le escribo a Amazon Woman. “Te espero en el banquito de la plaza. Venite en cinco minutos con muchas pero muchas ganas de chapar.”

Le envío el mail a Pony. Me levanto. “Ahí salió,” le digo.

Paso por el escritorio de Pastelito, me robo un CD de Paulina Rubio.

Me subo al ascensor. Pony llega a la recepción corriendo. “Te pedí un excel,” dice. “Me mandaste un access. Tengo la reunión ya. No sé usar Access.”

Nadie sabe usar Access. Salvo yo por el curso de mierda al que me forzaron ir.

Lo miro a los ojos, me encojo de hombros. “No es mi problema.”

Las puertas del ascensor se cierran cinematográficamente. Camino hacia la plaza silbando.

En determinado momento de nuestra vida tenemos que hacer un balance. No sé cuál es la clave de la prosperidad. Pero la clave de la felicidad es que todo te chupe un huevo.

 

Sebastián Defeo
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