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ATRAPADO EN LA OFICINA – 15 – Confesión anticipada

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Señor juez,

Se me fue de las manos. Es así de simple. Se me fue de las manos. Le juro que yo no quería que muriera. Pero sépame entender.

Estoy atrapado en esta oficina. Estoy condenado a ir y venir desde mi casa, asardinado, pisado, empujado, atragantado con olor a transpiración y a pedo. Eventualmente llego al trabajo. Llego frustrado y asesino y una de las primeras cosas que veo es el escritorio todavía vacío de Pastelito. Así es. Pastelito sigue faltando por un supuesto pico de estrés. Sigue también cobrando sueldo. Pastelito está en su casa en calzones, que apuesto mi culo a que son de color pastel, cantando canciones de Paulina Rubio y tomando Fanta y así y todo sigue cobrando el mismo sueldo que yo, que cada día me veo asardinado, pisado, empujado, atragantado con olor a transpiración y a pedo. Bueno, no. No es cierto. Pastelito gana un poco más que yo.

Igual, ese no fue el motivo detrás del asesinato. Aunque ayuda.

Tampoco fue Garquetti, señor juez. Verá, lo único que me hace sobrevivir a esta oficina es Lucía. Llevo años amándola a la distancia. Soy tímido. Pero al fin me animé a invitarla a almorzar. La pasé bien. La pasé muy bien. Me parece que ella también. Aunque, claro, está ese detallecito. Me dijo que es lesbiana. Al rato me dijo que en verdad no está del todo segura, que tuvo una experiencia fuerte, que no sabe. Creo que le gusta que me guste pero no le gusto como me gusta. En fin, la hago reír y eso me basta por ahora. Se me desangra el alma en cada segundo que paso sin besarla pero su más sutil sonrisa basta para emparcharme cualquier herida. Así de cursi me pone, señor juez.

La cuestión es que Garquetti sale, de vez en cuando, a almorzar con Lucía. Eso me trastornaba. Me hacía despertar en la mitad de la noche, gritando, transpirando. Me degollaba la esperanza hasta que ella me contó que Garquetti le está pidiendo consejo legal. Verá, señor juez, ella estudia abogacía.

Pasa que Garquetti anda susurrando que salen a almorzar porque tienen un affaire. Así dice. Affaire. El Brontosaurio le pregunta si Lucía la tiene depilada y Garquetti contesta. El Brontosaurio entonces ríe como reiría una hiena con severos trastornos mentales y Garquetti asiente, lentamente, orgulloso. El Brontosaurio arroja otro puñado de galletitas a su boca, toma un sorbo de Coca Cola, mastica con la boca abierta y pregunta si Lucía traga o escupe. Y Garquetti contesta. Y el Brontosaurio ríe. Así. Por horas.

Igual, ese tampoco fue el motivo detrás del asesinato. Aunque ayuda.

No, señor juez. Hice lo que hice para defender al débil. Al pisoteado. Al golpeado. Verá, hay una epidemia. Avanza entre nosotros una injusticia.

A veces lo hace anímicamente. Nos vuelve testigos de cómo otros reciben mayor recompensa sin hacer el menor esfuerzo. Nos fuerza a ver a nuestro amor ser objeto de chismes y mentiras. Nos desangra las esperanzas.

Y a veces lo hace físicamente. La Patova nos golpea, señor juez. Nos golpea fuerte. Una cosa es un pellizco, una cachetadita, un coscorrón. Pero ella arroja trompadas que horrorizarían a Rocky.

Le pedí que dejara de hacerlo. Puso su mano sobre mi hombro. Cruzó su mirada con la mía. Asintió lentamente. Y me encajó una trompada en el pito.

Se lo comenté al Capitán Energúmeno, así, al pasar. Se me rió en la cara. Me preguntó si era puto.

Cierto. Podría haber ido a Recursos Humanos con una queja concisa. Quizás así no hubiera muerto nadie. Cierto. Pero no soy un soplón.

Fue entonces cuando se me ocurrió una solución. La única posible. ¿Usted la conoce a Amazon Woman, señor juez? Es la antisocial que mide cuatro metros. Y no le exagero. Cuatro metros mide. Supuse que, si alguien puede frenar a la Patova, es ella.

No sé mucho de Amazon Woman. Sólo que es una olla a presión. Se dice que es de una familia de mucho dinero. Pero mucho. Si Amazon Woman viene a trabajar es para tener algo que hacer nomás. No lo necesita. Pero tampoco le gusta. Está todo el día escuchando música. No habla con nadie. No almuerza con nadie. No hace otra cosa más que estar día tras día tras día con el culo sentado sobre el fuego que eventualmente la va a hacer explotar.

Verá, yo había creado una casilla de mail llamada el Vengador Anónimo para esparcir el rumor de que Garquetti se toca en el baño. Eso no es importante ahora. Lo que importa es que desde ahí le escribí a Amazon Woman. Le dije que la Patova andaba chusmeando que a Amazon le aumentaron el sueldo porque se estaba acostando con el Capitán Energúmeno. Al instante me contestó: “Andá a hacerte coger por un ciempiés.” Hice lo mismo con la Patova, pero al revés. Al instante la escuché golpear su escritorio. Se paró y fue a increpar a la mujer infinita.

Amazon Woman se sienta un poco lejos de donde estoy yo y encima mide ciento cincuenta y tres metros. No pude escuchar un carajo.

El Brontosaurio me lo contó todo. Aparentemente discutieron. Y aparentemente la Patova le dijo que ella no había recibido ningún aumento, que necesitaba el dinero, que no era una pelotuda rica aburrida que viene a trabajar como si fuera un jueguito. Aparentemente ese fue el detonante. El Brontosaurio me contó que ahí la cara de Amazon Woman se transformó. “Salí de acá,” le dijo, “tortita negra.”

Ni un segundo tardó la Patova en agarrarla del cuello. “Lavate la boca con jabón antes de hablar de mí,” le escupió. “Si no te mato es porque están los jefes dando vueltas.”

Hice que el Brontosaurio me jure lo que me dijo que pasó a continuación. Hice que me lo vuelva a jurar. Hice que me lo super recontra hiper jure por lo que más ama en todo el mundo: los bizcochitos de grasa. Aparentemente, Amazon Woman estaba roja y sin poder respirar pero así y todo sonrió y así y todo dijo: “El viernes tienen todos esa meeting con los indios. ¿Qué decís? ¿O te comés los mocos igual como comés concha?”

Los ojos de la Patova ardieron. Apretó los dientes. Apretó aún más el cuello de Amazon Woman. Respiró profundo. La soltó. “El viernes te voy a borrar esa sonrisita de pendeja rica malcriada que tenés.”

Por eso esta confesión anticipada, señor juez. Se me fue de las manos. Es así de simple. Se me fue de las manos. Le juro que yo no quería que muriera. Ninguna de las dos. Pero ya no puedo detenerlo. Ya no puedo hacer otra cosa más que comprar pochoclos y esperar a ver a la David versus la Goliat.

 

Sebastián Defeo
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