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ATRAPADO EN LA OFICINA – 14 – Tormenta

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Levanto la cabeza. Nada.

Las tormentas nacen cuando un centro de baja presión se desarrolla con un sistema de alta presión que lo rodea.

Diluvia en la oficina. Truena. El tedio fue arrinconado por rumores y suposiciones y miedos. Y ahora todos estallan.

Hombres con turbantes se pasean por los pasillos, se encierran a solas con los jefes, anotan mucho, hablan poco.

“Soy una piba de Argentina de Berazategui trabajando en Capital para una empresa de Estados Unidos terciarizada por una empresa de la India,” dice la Patova. “Un poroto la globalización.”

“Seguro va a haber despidos,” dice Garquetti. “Me cambié de carrera en la universidad por este trabajo. ¿Qué voy a hacer?”

La Patova apoya una mano sobre el hombre de Garquetti. Asiente lentamente con su cabeza, compañera. “Pegate un tiro en las pelotas.”

A veces la quiero a la Patova. A veces la odio. Hoy la quiero.

El Brontosaurio ríe como reiría una hiena con severos trastornos mentales. Devora un puñado de galletitas, toma un sorbo de Coca Cola. “Si hubiera despidos yo ya tendría toda la data,” dice masticando con la boca abierta.

Levanto la cabeza. Nada.

Toso para llamar la atención. Sé que a nadie le interesa la verdad pero igual pruebo, por las dudas. “Al terciarizar, a los yanquis ahora les figura que tienen menos empleados. Y eso hizo subir el valor de la acciones de la empresa. Es así de simple y cruel y aburrido.”

Garquetti asiente, preocupado. “Lo que sé es que vamos a tener que andar con mucho cuidado,” dice. Agarra la gordísima novela de “Ana Karenina” y camina hacia el baño, cantando “Hakuna matata” despacito, casi en un susurro.

Levanto la cabeza. Nada.

“Che,” dice la Patova, golpeando con sus nudillos al escritorio de Pastelito. “¿Y este pelotudo cuándo vuelve?”

Me encojo de hombros.

“Sé de buena fuente que le extendieron la licencia,” dice el Brontosaurio, masticando. “Con goce de sueldo y todo.”

No confío en nada de lo que diga el Brontosaurio. Frunzo los labios, desinteresado, a ver si logro de una puta vez que vuelva a su asiento y deje de hablarme mientras come con la boca abierta.

Pero no.

Sigue ahí.

Y de repente pasa. Nunca jamás pensé que estaría feliz de ver a Pony. Pero viene y el Brontosaurio huye. A la Patova le importa un pito y se queda sentada sobre el escritorio de Pastelito.

Levanto la cabeza. Nada.

Una sonrisa falsa es su único saludo. “No fuiste,” me dice Pony.

“¿A dónde?”

“Al almuerzo award con Rodri. Me dijo que no fuiste.”

“Ah, es que no sabía.”

Su cara de repente es una orgía de desconciertos y enojos. “¿Cómo que no sabías?”

“Nadie me lo dijo.”

“Te lo dije yo. Vine acá y te di el address.”

Me encojo de hombros. “Ni idea. Si yo quería ir. Hasta le mandé mails a Recursos Humanos. ¿Hace falta que mande otro?” digo, girando hacia la computadora.

“No,” casi grita. Se suena el cuello, resopla. “Me apercibieron por tus mails.”

“Perdón, no sabía,” miento, conteniendo la sonrisa.

Se rasca la nuca. “Si te lo dije el otro día. Vine acá y te lo dije. Te lo dije,” repite. Gira hacia la Patova, buscando aunque sea un cachito de aval. La Patova se encoge de hombros.

A veces la quiero a la Patova. A veces la odio. Hoy la quiero.

“La verdad, no me acuerdo,” le digo. “Tengo un quilombo en el bocho. Todo esto del traspaso a la nueva empresa fue muy repentino y, perdón, pero estuvo muy mal llevado por ustedes, la gerencia.”

Lo miro. Acabo de darle lo que siempre quiso. Que lo consideren un pez gordo. Me pregunto si alcanzará para desviar la atención.

Se pasa la lengua entre los dientes. “Lo sé,” dice.

Alcanza. Algunos buscan desesperadamente tan poco.

“Nadie nos avisó,” digo.

“Tuvimos la policy de mantenerlo secret.”

Sé que se enteró al mismo instante que nos enteramos nosotros. Lo sé. Vi su cara en el anuncio. Pero no me importa. Le sigo el juego. “Entendé. Es muy estresante todo esto. Estoy esforzándome un montón para no pedir también licencia por estrés.”

Gira hacia el escritorio vacío de Pastelito, gira hacia mí.

Le hablo en su idioma. “Dos personas less en el team va a desbaratar las metrics y justo now con el new management es mal timing.”

“No, no. Entiendo, entiendo. Relax. Después resolvemos el temita del award, don’t worry.”

Se va. Sonrío.

Levanto la cabeza. Y ahí está, Lucía. Espera a que las hojas salgan de la impresora. Me paro para llamar su atención. Ruego, ruego, ruego y, sí, gira. Me mira. Es el momento que estuve esperando tanto. Cada microsegundo que nos encuentre compartiendo la misma mirada es un carnaval. Cada microsegundo que nos encuentre compartiendo la misma mirada es una posibilidad.

“Cómo te lo gambeteaste al Pony,” dice la Patova, encajándome una trompada en las pelotas.

Bajo la cabeza.

A veces la quiero a la Patova. A veces la odio. Hoy la odio. Pero no importa. Ya tendré mi venganza.

 

Sebastián Defeo
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