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ATRAPADO EN LA OFICINA – 13 – El anuncio

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De repente, un murmullo. Algunos cuchichean, otros chatean. Yo me pongo los auriculares y juego una partida de solitario. Y otra. Y otra.

Lucía me escribe pero no abro su mensaje.

“Pasaron quince segundos desde que te habló,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Dieciséis. Diecisiete.”

“O sos interesante o te hacés el interesante,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “No es lo mismo y se nota.”

Resoplo. Llevo al mouse hasta la ventanita del chat cuando veo que Pony vino a llamarnos. Pauso la música, me saco los auriculares. El murmullo engordó. Engordó es poco. La oficina está al borde de un grito.

“Chicos, chicos,” dice. Los de nuestro grupo callan, se amontonan a su alrededor, lo miran atentamente. Él sonríe. Puedo apostar mis pezones que en este momento Pony tiene el pito bien parado. Está chocho con sentirse el pez más gordo entre nosotros. “Sé que hay muchos rumores today pero…”

El Capitán Energúmeno se acerca, lo interrumpe. “La empresa va a hacer un anuncio,” dice. “Cierren todo y bajen a la calle. En silencio por favor. En especial a las mujeres se los pido. Quiero cero gallinero.”

Pony asiente con la cabeza, exageradamente. Nos da a entender con ese gesto pelotudo y excesivo que él está a la par de nuestro jefe, que él sabe más que nosotros.

Bajamos.

“Van a anunciar despidos,” supone uno.

“Nos mudamos de edificio,” supone otro.

“Se viene el viaje de capacitación a Estados Unidos que nos habían prometido,” supone un tercero.

Lo único que me importa es buscar a Lucía en la vereda. Cruzamos la mirada. Intento descifrar qué hay en sus ojos pero Garquetti se para en el medio. Otra vez Garquetti me garcó. “Che, mirá si cierran la empresa,” me dice. “Cambié de carrera en la universidad por este trabajo. ¿Qué voy a hacer?”

Lo miro. Me encojo de hombros.

“Vas por la cuota cinco de doce del teléfono que compraste,” me dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Y por la cuota tres de seis del traje que te tuviste que comprar por el casamiento de tu primo. El alquiler es en una semana.”

Cierro los ojos para ignorarlo. Me concentro en lo bueno, barro a lo malo bajo la alfombra. Al menos no estoy tipeando numeritos sin sentido. Al menos estoy afuera de la oficina. Al menos siento al sol en mi cara.

Sonrío.

Sombra.

Abro los ojos.

Dejo de sonreír.

La montaña de horrores que es el Brontosaurio se paró al lado mío. “¿Me alcanzará el tiempo para ir al McDonalds rápido y volver?” dice.

“¿Rápido? ¿Vos?” ríe la Patova. “Te pegás un pique y te cagás muriendo de un infarto, gordo. Mejor no lo hagas. Y no lo digo para cuidarte. Me chupa la argolla que palmes. Te lo digo porque si corrés vas a generar un tsunami y ahí sí sonamos todos.”

El Brontosaurio va a protestar pero la Patova le encaja una trompada en la panza. Arqueado de dolor, el Brontosaurio aúlla como aullaría una hiena con severos trastornos mentales.

A veces la quiero a la Patova. A veces la odio. Hoy la quiero.

“Por acá,” dice el Capitán Energúmeno y se pone a caminar.

Pony lo sigue. Gira hacia nosotros. “Chicos, chicos,” nos dice. “This way.”

Vamos hasta unos buses que estaban esperando en otra calle. Nos subimos y, por más que intento impedirlo, Garquetti se me sienta al lado. Lucía, sola. Otra vez Garquetti me garcó.

Todos se sacan fotos, ríen, cuchichean, suponen, desesperan. Uno se queja de los asientos. Otro pretende quedarse dormido.

Frenamos frente al hotel Sheraton de Retiro. Bajamos.

“Si sabía que veníamos acá,” dice el Brontosaurio, “me traía el saco de Armani.”

“No sabía que Armani hace talles XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXL,” dice la Patova.

Nos llevan a un salón. Hay asientos libres al lado de Lucía. Voy hacia ella. Garquetti se le sienta al lado. Otra vez Garquetti me garcó. Me siento al lado de él. Quizá al menos pueda cruzar la mirada con ella en medio de este desconcierto y compinchar algún gesto.

Pero no.

“Primer acto,” me dice Garquetti, “Drácula prende fuego un hospital. Segundo acto, Drácula prende fuego un edificio. Tercer acto, Drácula prende fuego un bosque. ¿Cómo se llama la obra?”

“No sé,” balbuceo.

“Vampirómano,” dice, riendo.

No entiendo qué estamos haciendo en este salón. No entiendo si nos van a despedir. Busco a Lucía con la mirada. Garquetti me codea. “Vampirómano, ¿entendés?” me dice.

“Malísimo,” digo.

Ríe todavía más fuerte. “Che, a todo esto… ¿qué onda? ¿Nos rajan?”

Voy a hacerle comer una silla pero las luces se apagan. El murmullo estalla. Todo el que cree tener autoridad chista. Y, de repente, un video. Selva, ciudad, templos. Una música hipnótica y tribal crece, de a poco. Bebés nacen. Gente baila. Colores. El logo de una empresa. El video termina.

Tres hombres con turbantes entran a la sala y se sientan cerca del micrófono. El jefe de todos nuestros jefes empieza a hablar. “Seguramente ya se habrán enterado…” dice.

 

Sebastián Defeo
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