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ATRAPADO EN LA OFICINA – 10 – Esperanza

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¿Cómo mirar a los ojos al amor de tu vida cuando ella no sabe que es el amor de tu vida?

¿Cómo mirar a los ojos al amor de tu vida cuando ella tampoco sabe que por tu culpa casi se meó y cagó encima en la oficina?

Y, peor aún, ¿cómo mirar a los ojos al amor de tu vida cuando ella está volviendo de su tercer almuerzo a solas con Garquetti?

Así y todo, sin manual de instrucciones, nuestros ojos se cruzan. Levanto las cejas. Ella sonríe. Hay esperanza.

“No hay esperanza,” me dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Tengo las métricas. Te enamoraste de cinco mujeres que salían con alguien. Lucía va a ser la sexta.”

“No está saliendo con Garquetti,” vomito. “Fueron a almorzar porque… porque…”

El diminuto contador frunce los labios, lentamente asiente con la cabeza. “Ajá.”

Giro hacia el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo para que me ayude. Pero está compenetrado mirando una lámpara de lava.

No hay esperanza.

“Quizás…” de repente dice el diminuto poeta.

Hay esperanza.

“Quizá,” continúa, “tenés tendencia a enamorarte de mujeres que salen con alguien porque te resulta emocionalmente más cómodo involucrarte desde la imposibilidad, desde distancia, la seguridad, que hacerlo desde la cercanía, desde la vulnerabilidad.”

Trago saliva. “No está saliendo con Garquetti.”

“¿Cómo sabés?”

Silencio. El diminuto poeta gira hacia mí. Silencio. El diminuto poeta asiente con la cabeza y gira hacia la lámpara de lava.

No hay esperanza.

Mi cerebro se estruja conjeturando hasta que aparece Diego, el cordobés de seguridad, jugando con una llave. Me saluda. Abre el cajón de Pastelito, saca la pila de CDs de Paulina Rubio. Cierra el cajón con llave.

“¿Qué pasa?” le digo.

“El—”

“Juan me llamó,” interrumpe Pony, mi teamleader, “para pedirme approval para retirar algunas pertenencias mientras está away de licencia,” dice. Y sonríe, chocho con las migajas de autoridad que tiene.

Diego lo mira, me mira. “Eso,” dice, yéndose con los CDs de Pastelito.

Levanto la cabeza. Miro al escritorio vacío de ese popurrí de calamidades que es Pastelito. Hace una semana que el tipo no viene a trabajar. Alegó tener un pico de estrés. Un pico de estrés. Un. Pico. De. Estrés. En cualquier empresa que no esté obsesionada con mostrarle a los amos yanquis que no se cometen errores ni siquiera contratando gente, le hubieran pegado una caravana de patadas en el culo. En esta oficina no hay métricas que justifiquen estrés.

“Voy a buscar un coffee,” me anuncia Pony. “Después tengo una call y ahí veo si puedo fastforwardear el temita de tu almuerzo award con Rodri.”

En esta oficina sí hay métricas que justifican el asesinato.

Lo veo irse a la cocina. Abro mi cajón, saco la cinta aislante, corto un pedazo. Agarro los sobrecitos de edulcorante que cuidadosamente vacié en mi casa y que cuidadosamente llené con sal y que cuidadosamente volví a cerrar. Voy hasta el escritorio de Pony, agarro su mouse, lo doy vuelta. Pego la cinta sobre el lector, lo dejo como estaba. Reemplazo a sus sobrecitos de edulcorante por los míos. Vuelvo a mi lugar.

Garquetti agarra la interminable novela “Ana Karenina” y va al baño, cantando “Hakuna matata.”

El Brontosaurio aprovecha y se me acerca, transpirando y masticando. Busca pasar desapercibido pero sus pasos son menos discretos que los de Godzilla. “¿Y? ¿Garquetti te contó algo?” me dice por lo bajo. “¿Se la está comiendo a Lucía?” y se ríe como se reiría una hiena con severos trastornos mentales.

La Patova se arrima también. El chisme es el único antídoto contra el tedio de una oficina. “Man, yo tengo la data,” dice ella. “Lucía es torta.”

“Esas son tus ganas lésbicas,” ríe el Brontosaurio.

“No soy torta, la recontra puta que te parió,” dice la Patova, encajándole una trompada en el estómago. No. No es una trompada apenas. Es una avalancha de nudillos. Es un golpe tan tremendo que noquearía a Rocky y Robocop y He-Man juntos. Si el Brontosaurio sobrevive es apenas porque océanos de grasa amortiguaron al impacto. Arqueado por el dolor, grita como gritaría una hiena con severos trastornos mentales.

“Chicos, chicos,” dice Pony con tonito de maestra jardinera, volviendo de la cocina con su café. “El desempeño es un pilar de esta empresa. El cuchicheo, no.”

“Pero…” gime el Brontosaurio. Su grasa todavía ondula por la trompada.

“Pero nada,” dice Pony. “Ahora tengo una call very important. Así que silence, please.”

Los dos vuelven a su lugar. La oficina tiembla con cada paso del Brontosaurio.

Pony se sienta. Resopla. Escucho que mueve su mouse frenéticamente. Resopla. Se para. Desconecta el mouse, lo enchufa. Lo mueve, mira al monitor. Resopla. “¿Qué pasa?” dice. Otra vez desconecta el mouse, otra vez lo enchufa. Lo mueve, mira al monitor. Resopla más fuerte. Agarra el teléfono, llama. “Hola, sí,” dice. “No me está andando el mouse. Sí, ya probé desenchufarlo. No, no, no, no,” de repente se enoja. “Necesito que vengas a solucionar esto now. Tengo una call. Es priority one,” dice, al borde del grito. Corta. Resopla, se suena el cuello. Abre uno de los sobrecitos de edulcorante que llené con sal. Le pone al café, revuelve. Toma un sorbo. Escupe.

Sonrío por primera vez en el día. Pero en mi computadora se despliega un chat con el Brontosaurio y la Patova. Siguen hablando sobre Lucía, preguntándome si sé algo. Uno dice que sale con Garquetti. La otra, que es lesbiana. Les digo que no a los dos y de repente mis dedos se detienen sobre el teclado.

Soy igual a ellos, suponiendo a la distancia.

“Mirá, es maravillosa esta lámpara de lava,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

“Ahora no estoy de ánimo,” le digo.

“Si te fijás bien, la bola esa amorfa que tiene adentro sube,” continúa el diminuto poeta, “sólo para después caer. Ahora, la bola puede quedarse con saber que ya cayó mil veces, que las métricas le aseguran que va a caer de nuevo, que no busque levantar vuelo. Pero así y todo lo intenta. Así y todo se arriesga. Por suerte. Sino no habría belleza.”

Suspiro. Asiento con la cabeza.

“No, no y no,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Dejá el porro y agarrá algún libro. El calor de la bombilla vuelve a la cera menos densa y entonces flota. Cuando se enfría, se vuelve más densa y entonces cae. No hay voluntad. No hay esfuerzo por los sueños a lo Hollywood.”

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo resopla. “Sí, lo sabía.”

“¿Y entonces por qué le dijiste esa pelotudez?”

“Porque los pelotudos necesitan escuchar pelotudeces.”

“Hey,” digo.

El diminuto poeta levanta sus cejas y frunce los labios, en una tibia disculpa. “Todos necesitamos una pelotudez para animarnos a hacer lo que no nos atrevemos. Casi siempre es la misma. Compararnos con otro. Si él pudo, ¿por qué yo no? Si él hizo eso, tal vez yo también pueda.”

“¿Me vas a decir que después de cuatro años de no hablarle a Lucía este pelotudo se va a animar al fin a decirle algo por compararse con tu idea hippie Hollywood de una lámpara de lava?”

“Hey,” digo.

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo me mira, mira al diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Las excusas con las que justificamos no animarnos a perseguir lo que queremos son igual de pelotudas que las patadas en el culo que necesitamos para intentarlo.”

Suspiro. Asiento con la cabeza.

Supongo que si una bola amorfa adentro de una lámpara de lava tiene el coraje de desafiar a la certeza del fracaso, yo tengo que al menos intentarlo. Y si una bola amorfa como Pastelito tiene el coraje de faltar una semana con la excusa ridícula de un pico de estrés y, encima, mandar a buscar sus CDs de Paulina Rubio, yo tengo que animarme a ir a hablarle a Lucía. Tengo que hacerlo. Voy a hacerlo.

Bloqueo mi computadora, me paro, camino hacia ella.

 

Sebastián Defeo
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