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ATRAPADO EN LA OFICINA – 44 – Chapoteando por horrores

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El aburrimiento es el abono del pelotudo. Para torearlo está dispuesto a todo. Incluso a chapotear por horrores para tapar su bostezo.

En esta oficina pasa cada puto día, particularmente a eso de las tres de la tarde, cuando vuelven de sus almuerzos y ya no les queda mucho trabajo que hacer.

Se pasean por temas de conversación prefabricados, como el clima, la noticia de turno, algún rumor laboral.

Lo único que pareciera dinamitar al aburrimiento es destacarse. Tener el último teléfono, el chiste más gracioso, la novedad más jugosa.

Entonces con sus culos muy cómodamente sentados mientras toman un café hablan como si fueran expertos de economía, periodistas de investigación, comediantes picantes.

Y no puedo evitar pensarlo.

Con sus culos muy cómodamente sentados mientras toman un café hablan sobre personas que pierden sus trabajos, que viven en la calle, marchan por lo que creen, acusan haber sido abusadas, violadas, censuradas. Con sus culos muy cómodamente sentados mientras toman un café hablan sobre personas que ahora mismo esperan la autopsia de su hijo. Con sus culos muy cómodamente sentados mientras toman un café hablan sobre lo que quieran.

Porque no hay límite.

No hay una frontera en la conversación que delimite que de ese tema en particular no conocen nada.

Que mejor no hacer chistes sobre eso.

Que mejor leer, investigar, pensar, replantearse, investigar más y hacer algo.

Hacer algo.

No quedarse con el culo muy cómodamente sentado mientras se toma un café charlando como si con hablar fueran a cambiar el mundo.

No.

Hacer algo.

Pero nadie se toma el trabajo. Están aburridos y la forma de dinamitar el bostezo es charlando, tirando un comentario picante que haga reír al resto, un rumor jugoso que haga interesar al resto, una opinión sólida, inalterable, que haga al resto maravillarse y tener que elegir bandos entre uno y otro.

Porque siempre los pelotudos tienen bandos. Arman trincheras y se pelean con sus culos muy cómodamente sentados mientras toman un café. No importa de qué. Se pueden pelear diciendo una catarata de mierda sobre alguien que espera la autopsia de su hijo. Sobre las elecciones. Sobre qué es más mortal, chocar a una vaca o un caballo.

No te jodo.

No te jodo ni un poquito.

El otro día empezaron a hablar de eso.

Y al comienzo no lo podía creer.

Pero inmediatamente supe que tenía que registrarlo, grabarlo para la posteridad, que nos haga entender cómo opinamos por opinar, de lo que sea, para matar el aburrimiento, sin hacer algo.

Porque opinaron del tema.

De si es más mortal chocar una baca o un caballo.

“Un conocido de un conocido acaba de morir porque en la ruta se le cruzó una vaca y la atropelló,” dijo uno.

Así empezó todo.

“Uy. Qué mala suerte.”

“No es mala suerte. Es peligroso. No sé cómo las dejan sueltas.”

“No las dejan sueltas. Algunas se escapan.”

“¿Qué? ¿Me decís que van a tener una pinza para cortar el alambre de púas y escaparse? Dejate de joder. Los del campo son re tacaños y las dejan sueltas y si se le pierde una bueno, ya fue, pero se ahorran un montón en alambre.”

“Pero a la larga pierde más plata.”

“Fortunas cuesta el alambre de púas. Fortunas.”

“Tampoco es tan peligroso pisar una vaca,” acotó otro.

“Te digo que el tipo murió.”

“Más peligroso es que se te cruce un caballo.”

“No. Más peligroso es una vaca. Es más maciza que un caballo.”

“Pero el caballo puede levantar las patas y te las pega en el parabrisas. Ahí no te salvás.”

“¿Y si no las levanta?”

“Si no las levanta también, porque está más arriba que una vaca, entonces te lo encajás de lleno.”

“Pero la vaca es mucho más maciza.”

“Que el caballo esté más arriba y pueda levantar las patas es más peligroso. Y aparte no sé si es más liviano que una vaca, mirá lo que te digo. Me parece que pesa menos.”

“¿Cuánto pesa un caballo? Una vaca debe andar por los trescientos kilos, ¿no?”

“Más.”

“Para mí que mil.”

“¿Cómo va a pesar mil kilos una vaca? No seas ridículo.”

“Pará, fijate en Google.”

“No sé cómo buscar eso. Quizá en Wikipedia diga…”

“A ver…”

“¿Ves? Acá está.”

“No te metas en Yahoo Repuestas.”

“Ah.”

“Pará, acá lo tengo. Una vaca pesa… dicen que es difícil… las razas… entre trescientos y mil.”

“Te lo dije. Mil kilos.”

“Che, acá encontré que un caballo pesa más o menos lo mismo.”

“No puede pesar lo mismo un caballo que una vaca.”

“Acá dice eso.”

“¿Te metiste en Yahoo Respuestas?”

“No, no.”

“Debe ser porque el caballo tiene más músculos y el músculo pesa más que la grasa.”

“¿Ves? Es más peligroso chocar a un caballo porque tiene más peso concentrado.”

“Pero no importa cómo está distribuido. La vaca es una bola jodida de peso. El caballo no tanto. En un choque lo desparramás. A una vaca no. Porque es maciza. Te caga la vida.”

“A ver, vos. ¿Vaca o caballo?”

“Vaca.”

“¿Vos?”

“Caballo.”

“¿Vos?”

“Yo caballo.”

“Para mí vaca.”

“¿Vos?”

“Caballo.”

“¿Vos?”

“Yo voto vaca. Es más maciza.”

“Mierda,” dijo uno. “Estamos empatados.”

En ese preciso momento me levanté como si tuviera resortes del culo y caminé despacio entre ellos fingiendo ir a la cocina a buscar un café.

“Hey,” me dijeron.

“¿Sí?”

“¿Qué te parece que es más mortal? Chocar a una vaca o a un caballo?”

Pretendí pensarlo. “Che, perdón,” dije. “¿Pero escuché mal o alguien murió recién?”

“Sí, por chocar a una vaca. ¿Ves? Te lo dije. Es más mortal pisar una vaca.”

“No le fuerces el voto,” dijo otro y giró hacia mí. “¿Qué te parece más mortal? ¿Vaca o caballo?”

Fingí suspirar. “Pobre la familia, espero estén bien. Qué cagada morirse así.”

Y me fui caminando a la cocina.

Dejé atrás un silencio.

Sabía que pronto lo iban a apuñar con un rumor, un chiste, una opinión o lo que sea con tal de dinamitar el bostezo.

Sabía que al día siguiente iban a estar hablando de otra cosa.

Sabía que no se puede forzar la empatía a gente que con el culo muy cómodamente sentado mientras toman un café juzgan a otros.

Pero al menos podía intentarlo.

Cuando volví de la cocina charlaban sobre una noticia de abuso sexual.

Agarré mi teléfono que dejé grabando en el escritorio, lo detuve, me puse los auriculares y transcribí todo.

Porque supe que esa conversación tenía que quedar registrada para la posteridad, que nos haga entender cómo opinamos por opinar, de lo que sea, para matar el aburrimiento sin nunca levantar el culo y hacer algo.

Llegué a la parte en la que me pidieron votar.

A la parte en la que me fui.

Al silencio incómodo que dejé atrás.

Mis dedos se quedaron suspendidos sobre el teclado, dudando qué dirían a continuación.

Si se burlarían de mi torpe intento de pensar en los que sufren.

Si seguirían hablando como si nada.

Si continuarían con la votación.

“Che,” al fin susurró uno. “¿Se enteraron? La alta le está escribiendo mensajitos de nuevo.”

 

Sebastián Defeo
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