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ATRAPADO EN LA OFICINA – 42 – Creer o revolucionar

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Uno lo pensaría imposible pero pasa. La gente puede creer en lo que sea. Y, a veces, en lo que deliberadamente queremos que crea.

Alguien en algún rincón de internet dijo que las vacunas no eran necesarias y que generaban autismo. Bastó para que padres priven a sus hijos de los pinchazos, esparciendo así enfermedades que se habían erradicado.

Demasiada gente piensa que los OVNIS construyeron a las pirámides.

Hay un grupo que cree que la Tierra es plana, que NASA es una gran conspiración. Existen discusiones eternas donde personas intentan explicarles por qué no ven el horizonte curvo y así y todo sostienen que si es recto es porque el planeta es chato. Se filman tirándole agua a una pelota que gira y dicen “¿Ven? El agua cae por los costados. No se queda pegado como en su supuesto planeta pelota. El mundo es plano.” Y eso no es todo. Les parece ridículo pensar que la Tierra es redonda porque si así fuera los aviones tendrían que estar todo el tiempo apuntando hacia abajo sino se irían a la estratosfera.

La gente cree hasta lo imposible. Lo atestiguo a diario cuando comparten indignados noticias que son deliberadamente falsas. Nadie se toma el esfuerzo de frenar todo un momento, analizar, buscar, investigar, pensar, dudar. No. Vemos, creemos, compartimos. Porque ese pareciera ser el verdadero fin. Reproducir la creencia.

Sólo bastó un mail desde la casilla del Vengador Anónimo para que todos crean que Garquetti se toca en el baño de la oficina.

Supongo entonces que sólo hace falta un mail.

“La recalcada concha de Dios,” dice la Patova, sentándose en mi escritorio. “¿Te enteraste lo de los bonos?”

Supongo bien.

“¿Qué pasó ahora?” digo, fingiendo desconcierto.

“¿No leíste el mail del Vengador?” dice. Señala con su pera a Pastelito y Pony. Gira hacia mí. “Cinco sueldos de bono cada uno.”

“¿Vieron?” dice el Brontosaurio, arrimando una silla. Arroja una multitud de galletitas a su boca. Las mastica con resentimiento. “Son unos forros.”
“¿Ustedes de qué se quejan?” apuro. “Cobraron ochenta y pico.”

“De un sueldo.”

La Patova mira a Pastelito y Pony como si pudiera boxearlos con los ojos.

Garquetti vuelve del baño cantando “Hakuna matata,” con un libro bajo el brazo.

“¿Y?” lo recibe la Patova. “¿Te acogotaste el ganso?”

“Por última vez, yo no—”

“Espero estés relajado y fresquito porque vamos a la guerra,” interrumpe la Patova. “Nuestros teamleaders cobran de bono cinco sueldos cada uno.”

Los tres se quedan mirando a Pastelito y Pony, indignados.

Es posible que todo termine ahí. La gente ve una noticia que los enoja, la comparte y ahí concluye su involucramiento. Como mucho escribe un manojo de palabras, insultos, llama a votar mejor la próxima vez y listo. No mucho más. Nadie se arremanga, se anota en un voluntariado, busca maneras de ayudar, de poner el cuerpo, de cambiar las cosas.

“Habría que hacer algo,” apantallo.

“¿Pero qué?” dice el Brontosaurio.

Hoy la revolución tiene que venir servida con una guarnición de instrucciones o queda en nada.

Lo importante de la venganza no es cómo hacerla. Lastimar a alguien es lo más fácil del mundo. Lo importante de la venganza es que nunca puedan individualizarnos como culpables.

Sólo tengo que hacerle creer que fue su idea.

“No sé,” digo, con fingido aire de vencido. “Al menos los muy soretes deberían comprar medialunas para todos. Pero ni eso van a hacer. Nos hicieron pedir mil veces medialunas desde el mail de Lucía para quedar bien con los indios pero ellos ni en pedo van a invitarnos nada.”

Casi que lo puedo escuchar. Al engranaje girando en la cabeza del Brontosaurio. No importa qué muralla, montaña o problema haya entre él y comida. Va a encontrar la manera.

“Tenemos el mail de Lucía,” dice.

Ahí está. Oculto la sonrisa.

“¿Y?” dice Garquetti, siempre tan despierto.

“Y podemos hacer un pedido,” dice el Brontosaurio, masticando con entusiasmo a un puñado de galletitas. “Somos como quince con el mismo mail, nadie va a saber quién pidió. Agarramos la plata de la caja como si fuera un pedido oficial y listo. Medialunas gratis.”

“Pongamos el nombre de ellos en el pedido por si los muy garcas llaman a preguntar quién fue,” apantalla la Patova.

“Pero pidamos menos que siempre,” dice Garquetti. “Así nadie se aviva de nada. Pidamos dos docenas y nos las encanutamos para nosotros solos.”

Siempre hay un delicado momento en toda revolución donde la lucha contra una injusticia puede devenir en apenas volverse otra injusticia.

“Qué soretes,” digo apenas. “Cinco sueldos de bono cada uno.”

La Patova asiente. “Ya fue. Pidamos diez docenas.”

El Brontosaurio ríe como una hiena con severos trastornos mentales.

“Boluda, no,” ataja Garquetti.

“Cerrá el orto, cagón. Pidamos quince docenas,” retruca la Patova, encajándole una trompada en la espalda. A veces la odio a la Patova. A veces, la quiero. Hoy la quiero.

El Brontosaurio no desperdicia ni un segundo. Corre desesperado hacia su computadora a hacer el pedido.

“Quince o te lleno el culo a patadas,” dice la Patova.

El Brontosaurio ríe. “Quince, quince.”

Garquetti niega con la cabeza, un poco asustado, un poco divertido. Agarra su libro y encara hacia el baño cantando “Hakuna matata.”

“Dale un descanso a tu pija, chabón,” le grita la Patova, yéndose. Se frena. Gira hacia mí. “Ahora que lo pienso, voy al baño a punguear papel higiénico. ¿Querés?”

“¿Qué?”

“Esto va a ser un desconche de medialunas,” dice. “Te agarrás seis, las envolvés en papel, te las llevás a tu casa, las cortás al medio, le ponés jamón, quesito, al horno, destapás una birrita y listo, ya tenés la cena y el desayuno.”

“Dale, gracias,” digo. “¿Te voy a buscar café para cuando vengan?”

“Traeme dos porque vamos a tener para rato.”

“Buena idea.”

Bloqueo la computadora, voy a la cocina.

Y ahora sí, por primera vez en el día, por primera vez en demasiado tiempo, sonrío.

Seguro Pastelito y Pony nos van a gritar.

Seguro van a darnos una charla interminable.

Seguro van a encontrar la manera de hacernos sentir todavía más miserables.

Pero creo en algo.

Lo creo fervientemente.

Si hay comida gratis de alguna manera todo va a estar bien.

 

 

Sebastián Defeo
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