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ATRAPADO EN LA OFICINA – 41 – El martillo con el que romper nuestra miseria

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Cada mes que paso en esta oficina es otro mes en mi currículum de experiencia en algo de lo que no quiero trabajar. Pero no lo puedo evitar. Me anoto en todas las vacantes que me interesan y nadie me llama.

“Voy a necesitar el report en five,” me dice Pony.

Lo miro. Me pregunto si no será mejor renunciar sin tener otro trabajo y pasar el resto de mi vida viviendo bajo un puente, comiendo ratas y mugre y riendo, riendo sin parar. “Me habías dicho a fin de día,” digo.

Toma un trago de café, asiente. “Se adelantó la meeting. Viste cómo es.”

Cierro los ojos. Nos imagino a los dos en una pradera. Pony corre, desesperado. Y yo cabalgo un rinoceronte hacia él, agitando una motosierra en el aire. “Está bien,” digo apenas. Sé que no tengo escapatoria.

Su cara de repente hospeda una sonrisa tan trompeable. “Esta vez nada de Access,” dice, clavando sus ojos en los míos es un muy torpe intento de intimidarme.

“Che, una consulta.”

“Yes.”

“Este reporte no es una orden. Entonces no lo consideran para el bono de fin de año.”

“Ya se otorgaron los bonos.”

“Ya sé. Digo que hago todo este trabajo extra y no cuenta para nada.”

Se encoge de hombros. “Los bonos no son my responsability,” dice, y se va con los hombros todavía encogidos, los labios fruncidos, silbando por lo bajo, como quien tapó al inodoro en un baño público y escapa para dejarle el problema a otro.

Abro el reporte. Mi monitor se puebla por numeritos sin sentido. Si de repente inventaran la máquina del tiempo, no iría a las aventuras del pasado ni a las maravillas del futuro. Volvería precisamente a la entrevista que tuve para entrar a esta oficina y me pegaría una patada en las pelotas.

Me siento en la oscuridad. Quizá sea porque ya no está Amazon Woman en la oficina. Extraño su luz. Esa que tuvieron que ponerle en la nuca para que los aviones no choquen contra ella.

“El chiste no emparcha a la lágrima,” me dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Apenas la posterga.”

“Man, man, man,” me dice la Patova. “Tenés cara de necesitar mucho escabio.”

“Es este reporte de mierda. Siempre me mando una cagada y siempre viene a hablarme con ese tonito y no puedo… no puedo más.”

“Listo,” dice. Se va. Vuelve. Se fija alrededor para cerciorar que nadie nos esté mirando. Me muestra una petaca. Saca dos vasitos de plástico, me sirve un trago, se sirve otro. Me hace un gesto de brindis. Sonrío. Agarro mi vaso, brindo con ella y tomo un sorbo.

Respiro.

Respiro profundo.

Tomo otro sorbo.

“Boluda,” digo. “Chupar clandestinamente un lunes para tomar valor y hacer un reporte lleno de numeritos sin sentido. Nunca pensé que esto iba a ser mi vida. Pensé que iba a hacer películas. Pensé que iba a ser feliz.”

La Patova me sirve un trago. Largo. Asiente despacio. “Nunca sabés contra qué rincón te tira la vida. Al fondo no le escapa nadie. El tema es tocarlo y volver.”

Tomo un sorbo, asiento. Abro el reporte otra vez. Intento verle el lado positivo. Ni bien lo termine puedo peregrinar por toda internet buscando algo que me despeje, haga menos eterno cada minuto que paso acá y, con suerte, me haga sonreír. O quizá puedo usar mi tiempo para algo excitante y productivo. Como vaciar la bandeja de entrada de mi mail, o limpiar mi cajón.

Mi cajón.

Sonrío.

Me pierdo en el reporte.

Lo reviso una vez.

Lo reviso otra vez.

Creo que hice todo lo que pude.

Voy a la cocina, busco un café cortado con extra azúcar. Vuelvo, mando el reporte. Voy hasta el escritorio de Pony.

“Tengo la reunión con los hindús en ten,” me recibe.

“Ya está en tu mail,” digo.

Revisa la computadora, lo baja. “Perfect.”

“Esta vez lo hice en Excel. Perdón por lo de la otra vez. Le incluí también una gráfica y una comparación con otros reportes. Los números dan bien. Vas a quedar diez puntos.”

“Perfect, perfect, perfect,” dice, con una sonrisa que le desborda la cara.

“Ah, tomá, te traje un cortado con extra azúcar como vos lo tomás.”

“Hoy estás en todas, thank you,” me dice, para tomar un sorbo. Asiente.

Asiento a modo de despedida. “Good luck,” le digo, guiñándole el ojo.

Ríe.

Su risa pelotuda queda atrás.

Su cara pelotuda queda atrás.

Su café cortado con extra azúcar y laxante y diurético queda atrás.

Ahora sí estoy libre para limpiar mi cajón. No será excitante pero sí productivo. Porque hace no sé cuánto había traído laxante y diurético para humillarlo a Pastelito y no pude y desde entonces quedaron olvidados ahí adentro. A veces tenemos el martillo con el que romper nuestra miseria guardado demasiado cerca y no nos damos cuenta.

Los indios entran con Pony a la sala de conferencias. Pony se detiene en la puerta. Tiene cara de desconcierto y preocupación. Corre al baño.

Pasa un minuto.

Pasan dos.

Pasan diez minutos y Pony no sale.

Los indios se asoman, miran alrededor, fruncen el ceño.

No puedo evitar sonreír.

“El chiste no emparcha a la lágrima,” me dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Apenas la posterga.”

Lo miro. “Cerrá el orto.”

 

Sebastián Defeo
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