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ATRAPADO EN LA OFICINA – 38 – Un grito para terminar con todas las injusticias

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Cada tanto no soy yo. Cada tanto soy un grito. Cada tanto me invaden las ganas de dejarlo salir.

A veces creo que estoy a punto de hacerlo.

A punto de decirlo.

“¿En serio?” diría.

Dos palabritas. Eso bastaría para iniciar el dominó de demoliciones que terminaría en un grito para terminar con todas las injusticias. Dos palabritas. Repetí tantas veces lo que diría, lo que haría, que ya lo tengo tatuado en la cabeza. Y todo empieza con dos palabritas.

“¿En serio? ¿En serio mi bono de fin de año depende de vos?” diría, señalándolo a Pastelito con el mentón, arrabalero. “¿En serio vas a sacar el resultado teniendo en cuenta el promedio de horas que pasé adentro de la oficina y la cantidad de órdenes trabajadas?”

“Es la forma más justa,” diría Pastelito.

Yo asentiría con la cabeza, con mis labios fruncidos, sopesando su postura. Y tiraría una silla contra la ventana para demostrar mi desaprobación.

El viento, los vidrios cayendo, el murmullo en la oficina. Todo me arrimaría a levantar la voz. No sería un problema. Hace demasiado tiempo que vengo conteniendo un grito. Apenas lo dejaría salir, de a poco.

“Tres meses faltaste cobrando sueldo con una excusa barata,” diría al fin. “Claro que nadie te puede rajar porque sos el sobrinito del jefe de Recursos Humanos. Y dejame contarte algo. Esta semana estuve llegando antes cada día. Almorcé siempre adentro. No lo hice porque me asustó tu discursito sobre el bono. Lo hice porque quería saber una cosa. ¿Cuánto tiempo pasás vos acá adentro? No sé qué dice tu auditoría. No sé si la recibís. No sé si por estar un escalón por encima de nosotros de repente las reglas no aplican a vos. Sólo sé una cosa. No tengo acceso al molinete de entrada como para saber el número preciso. Pero tengo el culo pegado a mi silla. Y tengo ojos. Y tengo una calculadora. Y sé cuánto tiempo pasás acá adentro.”

Haría una pausa. De la misma manera que un gato juega con una cucaracha antes de matarla.

“Es el mismo método que usé para saber cuánto tiempo va este sinvergüenza al baño cada día,” diría al fin, mirándolo a Garquetti. “Últimamente tiene un promedio de once veces y media con un total de tres horas y veinte minutos. Tres horas y veinte minutos que vos las considerás adentro de la oficina y merecedoras de bono pero se las pasa en el baño tirándose pedos, boludeando con el teléfono, tocándose.”

“I touch myself,” cantaría el Brontosaurio, haciendo estallar de risa a la oficina.

“O ese otro pelotudo,” diría yo. “¿Cuántas horas estás en la cocina robando la comida del resto?”

“Yo no robo—”

“Dos horas y diez minutos por día,” diría yo. “Dos horas y diez minutos por día en la cocina que por estar en la oficina merecen bono pero que nos descuentan dinero que todos necesitamos si las pasamos afuera en un banquito de una plaza bajo el sol, estudiando en un curso de algo que nos gusta o en el tránsito de mierda de esta ciudad de mierda. No es justo,” diría, mirando a la oficina como William Wallace. Giraría hacia Pastelito, lentamente, asesinamente. “Y no es justo que seas vos el que haya venido con esta idea. Porque dejame decirte algo. Esta semana estuve con el culo pegado a mi silla. Controlándote. Sumando uno por uno cada segundo que pasás acá. Y tengo el resultado,” diría, sacando un papel de mi bolsillo.

Ya sé el número de memoria pero así y todo lo leería para darle más precisión científica a mi reclamo. “Tenés un promedio de cinco horas y cincuenta y siete minutos. Cinco horas y cincuenta y siete minutos. Quizá me equivoque por un minuto o dos. Por ahí, tres. Pero no mucho más. Si me equivoco con más haceme el favor de compartir con nosotros la auditoría que recibiste esta semana.”

Pastelito me miraría, acorralado.

“Entonces es así nomás,” diría, guardando al papel en mi bolsillo. “Pero nos vas a descontar dinero que todos necesitamos si nos comportamos como vos.”

La oficina entera estallaría en murmullos. Levantaría todavía más mi voz.

“Y después está ese otro temita,” diría, al borde del grito. “¿En serio vas a tener en cuenta la cantidad de órdenes trabajadas para el bono? ¿Alguna vez trabajaste en esta empresa? ¿Alguna vez te tocó uno de esos quilombos que tardan semanas y retrasan al resto? ¿Alguna vez entendiste que una sola orden te puede llevar el mismo tiempo que quince, que veinte? Creo que sí. Creo que lo entendiste. Creo que lo entendiste demasiado bien. Porque dejame recordarte algo. Hace un tiempo atrás no eras un teamleader jugando a ser Dios. Hace un tiempo atrás eras uno más entre nosotros. Pero no del todo. Porque eras una mierda. Hacías todas las órdenes fáciles y dejabas que se te acumulen las difíciles y faltabas con gripe o pico de estrés o lupus o la mierda que fuera y nos terminábamos repartiendo entre nosotros tus muertos.”

Todos asentirían, asesinos.

“¿Y ahora nos vas a descontar dinero que necesitamos si trabajamos más de lo que hiciste vos cuando estuviste en nuestro lugar?” diría, acercándome de a poco a Pastelito. “¿Vos te das cuenta de la mierda que sos? ¿Vos te das cuenta de lo incapaz que sos? Quisiste hacer una formulita en Excel con las horas y las órdenes para que te diera rápido y fácil el resultado del bono que estuvimos esperando todo un año. Rápido y fácil y cobarde. Porque pensabas que nadie podría reclamarte si tenías una justificación matemática. Te olvidaste de algo. No somos numeritos. Somos personas. Y acá estamos, todos, reclamándote.”

Pastelito miraría alrededor. “El bono ya fue aprobado por Recursos Humanos.”

“No estamos reclamándote el bono,” diría. “Estamos reclamando que reconozcas que sos un incapaz. Estamos reclamando que renuncies.”

Silencio.

Pastelito tragaría, respiraría profundo. “Yo no voy a renunciar.”

“Entonces no me dejás otra opción,” le diría.

Y ahí le encajaría un derechazo a la mandíbula.

“Considerá eso mi renuncia,” le diría.

La oficina entera estallaría en aplausos. Una ovación de gente que no me interesa. Sólo alguien en la multitud. Sólo ella.

Caminaría hasta lo de Amazon Woman, lento, cinematográfico, sin nunca dejar de mirarla a los ojos.

Le tendería mi mano y esperaría.

No haría falta ni siquiera una palabra. Ella entendería todo. Ella sonreiría.

Y nos besaríamos envueltos en aplausos y silbidos y el arrollador sonido de un infierno colapsando.

La levantaría en mis brazos y nos iríamos.

Con el codo apretaría el botón del ascensor.

“¿Y ahora?” me diría ella mientras esperamos.

“Y ahora, lo que querramos,” le diría, mientras las puertas se abren.

Entraríamos.

Y nos iríamos.

Finalmente.

Por siempre.

De la vida que nunca quisimos tener.

De la aspiradora de almas.

Del gris.

Nos iríamos.

Juntos.

A hacer de nuestro tiempo en este planeta lo que se nos antoje.

Cada tanto me invaden las ganas de hacerlo.

A veces creo que estoy a punto.

Pero no.

No puedo.

No del todo.

Amazon Woman renunció.

 

Sebastián Defeo
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