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ATRAPADO EN LA OFICINA – 37 – Venganza

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Toda condena tiene su respiro. Hay un recreo en cualquier castigo, donde el culpable descansa y saborea un puñado de libertad. En una oficina hay tres: la hora del almuerzo, el café en la cocina y el bono de fin de año.

Pero ni siquiera eso nos dejan tener en paz.

Garquetti de repente deja de cantar “Hakuna matata” y eso puede significar una sola cosa. Llegó el mail.

La oficina se ahoga en silencio. Todos tienen la mirada martillada en la pantalla de sus computadoras. Reviso mi bandeja de entrada. Borro el mail sin leerlo.

Desde que despidieron al Capitán Energúmeno empezamos a recibir auditorías internas, con la cantidad de trabajo que cada uno procesó, las horas que concretamente estamos en la oficina por día y otros detalles. Quieren hacernos sentir que, por más que no haya jefes en el piso, estamos siendo más vigilados que nunca.

Es parar sobre zancos a una autoridad enana.

Es un mecanismo de paranoia y miedo y dominación.

Nada más.

Pero todos ceden. Todos tienen la mirada martillada en la pantalla de sus computadoras, revisando cada numerito que describe su día a día, comparándose con el de al lado.

“Hello,” me dice Pony, apoyado contra mi cubículo con una sonrisa mitad de maestra jardinera mitad de asesino serial. “¿Cómo andás?”

“¿Qué cagada me mandé?”

“¿Podrías hacerme el favor de abrirme el email de corporate de recién?”

Sus ojos están hurgando en mi monitor, analizando cada pestaña que tengo abierta, cada puñado de libertad. No hay forma de ocultarlo.

“Lo borré.”

Me mira serio. “Entonces ya lo leíste.”

“Sí,” miento.

“¿Y?”

Es la regla básica de cualquier oficina. Si vienen a hablarme es porque algo hice mal. Jamás por algo que hice bien, por quedarme tiempo de más, por regalarme whisky de por vida.

Le señalo a Amazon Woman con el mentón, discretamente. “Fue una semana muy difícil,” digo, buscando aunque sea una pizca de complicidad humana.

“Tenés un average de seis horas en la oficina,” dice, desinteresado.

Asiento.

“Comprá una motosierra y abrilo que estoy seguro que adentro no tiene tripas sino soretes,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

“Dejá de comprar pelotudeces que estás endeudado hasta el fin de los tiempos,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

Lo único que quiere alguien con autoridad enana es alargar sus zancos. “Tenés razón,” digo, bajando la cabeza. “Voy a esforzarme más, no te voy a defraudar.”

Pony asiente, casi excitado, y se va. Ya voy a tener mi venganza.

Me acaban de sacar un puñado de libertad. No puedo estirar la hora del almuerzo. Es más, quizá no debería salir. El tránsito me hace llegar siempre tarde. Tengo que irme de mi departamento ridículamente temprano o no salir a almorzar o quedarme de más. Es más, quizá debería mudarme a la oficina. Armar una carpa en la escalera de emergencia, hacer un tender con los cables del mouse para colgar mi ropa, cocinar sobre mi CPU siempre recalentada.

Voy a la cocina. Me sirvo un café. Odio el gusto a napalm que tiene pero es mi anteúltimo puñado de libertad.

“Buenas, buenas,” me saluda Pastelito.

Suspiro.

“Después tenemos que hablar por lo de la auditoría,” dice. “No te fue bien en el promedio de horas.”

Es imposible buscar complicidad humana con él. Y prefiero lamerle el culo a un rinoceronte antes que fingir rendirme a su autoridad como lo hice con Pony. “Estoy compensando,” digo. “Por todas las horas que me quedé de más cuando faltaste tres meses con goce de sueldo por un pico de estrés y me entregaron todo tu trabajo atrasado.”

Me mira. Hay miedo en sus ojos. Pero hay algo más. Algo que no puedo descifrar. “Eso no fue cuando yo estaba a cargo,” dice.

Río. “Nunca nadie te va a agradecer cuando hacés algo bien en esta oficina.”

“Por favor apurate,” dice, ya dándome la espalda.

Lo veo irse y me pregunto si tendré fuerza superhumana para levantar la heladera y metérsela por el culo. Supongo que no. No importa. Ya tendré mi venganza.

Vuelvo.

Pastelito está parado en la puerta de la sala de conferencias. “Chicos, por favor,” dice. “Una meeting. Vamos.”

Nadie se para.

Pero nadie, nadie.

No me sorprende. Es como si de repente el chico tonto de la clase pidiera al resto que pasen al frente a dar lección.

Nadie se va a parar cuando lo pida. Nadie lo va a seguir, nadie lo va a escuchar. Todos, de una forma o la otra, nos hemos burlado de él. Todos. La oficina entera está en su contra y lo sabe. Pastelito está a un empujoncito de colapsar.

Mira alrededor. Hay miedo en sus ojos. Pero hay algo más. Algo que no puedo descifrar. “Es por el bono de fin de año,” dice.

El Brontosaurio se para. Va a la sala de conferencias, haciendo temblar a la oficina entera. Garquetti, casi cabizbajo, lo sigue. Y de a poco uno por uno nos resignamos y entramos.

El aire acondicionado lanza sobre nosotros un frío criminal. Los dos teamleaders se miran. Pastelito hace un gesto con las cejas, como pidiendo hablar primero. Pony acepta bajando la cabeza.

“Son momentos de cambio y sé que hay dudas. Queríamos dejar todo en claro, para que entiendan el nuevo funcionamiento,” dice Pastelito. “Las tareas administrativas que antes se repartían entre los cuatro jefes del piso son ahora divididas entre nosotros dos. Las faltas y horarios, junto con otras cuestiones, seguirán siendo supervisadas por él,” dice, señalando a Pony.

“Me aburro,” dice la Patova. La oficina entera estalla en risa y murmullos.

Pastelito nos mira. Hay miedo en sus ojos. Pero hay algo más. Algo que no puedo descifrar.

“Y yo,” dice Pastelito, “yo voy a asignarles a cada uno el bono de fin de año.”

De repente todos nos callamos y tragamos lento, muy lento, nuestro último puñado de libertad.

Venganza.

Eso es lo que hay en sus ojos.

 

Sebastián Defeo
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