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ATRAPADO EN LA OFICINA – 34 – No puedo puedo perder

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Lo repito una y otra y otra vez.

No puedo perder mi trabajo por Pastelito.

No puedo perder mi trabajo.

No puedo perder.

No puedo perder mi trabajo por Pastelito.

El Capitán Energúmeno recorre su oficina con la mirada. Sus ojos se posan en cualquier rincón del universo menos en los míos. Está tenso. No. Está enojado.

No puedo perder mi trabajo.

Estoy endeudado hasta el fin de los tiempos con cuota tras cuota tras cuota por todo lo que compré para intentar olvidar a Amazon Woman. Encima justo ahora la situación del país es caca. Y encima de encima me pasé años trabajando de algo que no entiendo, por lo que tengo estudios en una cosa y experiencia en otra. Nadie me va a contratar. Nadie.

No puedo perder.

Después del cartelito de game over o reiniciamos el juego o lo apagamos y nos ponemos a hacer lo que se nos cante. Esa es la gran mentira. Que siempre podemos volver a intentarlo. Pero no. Hay veces que uno se la juega y pierde definitivamente. Y no puedo. No puedo terminar mendigando bajo un puente, acariciando a una rata polvorienta, a la que le voy a repetir con la insistencia de los resentidos la historia de ese vomitivo manojo de ADN llamado Pastelito y cómo me costó mi vida.

No puedo perder mi trabajo por Pastelito.

Toda la oficina lo odia. Toda la oficina lo odia. Nunca fue un tipo muy querido y sin dudas no lo ayudó faltar meses con goce de sueldo por una excusa pelotuda. Pero lo que lo hundió fue Lucía.

La mayoría supusieron machistamente que a Lucía la despidieron porque se acostaba con el Capitán Energúmeno y se enamoró y le hacía demasiados reclamos. A uno por uno por uno fui diciéndole que no. Que fue culpa de Pastelito por no bancarse como todos lo jodimos en su tarjeta de cumpleaños. Que fue culpa de Pastelito por ir a llorarle a su jefe como un nene de cinco años. Que la única culpa de Lucía fue en esa tarjeta insultar al insultable.

Eso bastó para que la oficina entera clavara su mirada en Pastelito. Cuando uno mantiene su atención demasiado tiempo en una misma persona puedan pasar dos cosas: se la termina amando o se la termina odiando. Y no hay forma de amar a Pastelito.

Encima las últimas maldades que le hice catapultaron su paranoia. Camina por los pasillos con ojos de policía, creyendo que tiene el poder de ir a llorarle al jefe y despedir a cualquiera que lo mire mal. Pobre imbécil. Cada uno de nosotros sabe que es un pelotudo pisoteable que no soporta ni un gramo de presión, de responsabilidad, de estrés. Toda la oficina lo odia. Toda la oficina lo odia.

No puedo perder.

No puedo perder mi trabajo.

No puedo perder mi trabajo por Pastelito.

Lo repito una y otra y otra vez. A ver si termino creyéndomelo.

“No queda otra,” dice al fin el Capitán Energúmeno, todavía sin mirarme a los ojos. “Son los indios estos de mierda que se les para la pija si bajan los gastos. Vinieron con el hacha a volar cabezas.”

Respirar. Me acuerdo de respirar.

No puedo perder mi trabajo.

No puedo perder mi trabajo.

No tendría que haberme endeudado así. No tendría que haber gastado para olvidar a Amazon Woman como si nunca jamás podría aparecerme el cartelito de game over.

No puedo perder mi trabajo.

“Fue todo por esa conchudita,” dice.

No sé de qué está hablando pero finjo saberlo.

“Vieron cómo funcionaba todo cuando la rajé y repartimos un trabajo con más jerarquía y más sueldo entre el resto.”

“¿Decís Lucía?”

“No me la nombres. Gracias a esa conchudita en quince días no tengo más trabajo,” dice. Clava sus ojos en los míos. Por primera vez entiendo por qué no me miraba. Está conteniendo el llanto. Desvía la mirada. No está tenso. No está enojado. Está vencido.

“¿Te… rajaron?”

“Me rajaron,” dice.

Una catarata de alivio chorrea por mi pecho. Voy a poder quedarme en esta oficina que odio.

“Pero…” digo incompleto. No entiendo por qué me lo dice a mí. A solas.

“Mi laburo lo van a repartir entre dos teamleaders.”

“¿Dos? Pero sólo está…”

“Le pagan un poquito más a uno más que van a ascender a teamleader y listo, se ahorran mi sueldo. ¿No son brillantes estos indios de mierda? Primero probaron con esa conchudita y ahora conmigo.”

De repente me cuesta tragar. Estoy respirando demasiado rápido. Algo no está bien.

“Quiero que esa persona seas vos,” me dice.

Yo. Teamleader. A la par de Pony. Apurando a gente tiene tan pocas ganas de hacer este trabajo de mierda como yo. A la par de Pony. Siendo insultado a diario por todos los que me rodean. A la par de Pony. Yo. Teamleader.

“Este año estuviste bastante flojo, lo vimos ya en la evaluación,” dice. “Pero creo que podés ser un gran coordinador.”

Bajo la cabeza. Tengo ganas de gritar, de romper todo, de huir. Apenas asiento.

“Las tareas son simples,” dice. “Empecemos.”

“No,” susurro. “No,” digo. “No.”

“¿Pasa algo?”

Es ahora o nunca. “¿Te puedo ser honesto?”

“Dale, total ya me rajaron.”

“Hace dos años me esforcé y nada. Hace tres años me esforcé y nada. Hace cuatro años me esforcé y nada. Estuve años rompiéndome el culo y lo único que me dieron de reconocimiento fue una remera recontra chica que la terminé usando de trapo y un almuerzo.”

“Entendé que uno no siempre puede compensar…”

“No trates de resucitar ahora a ese empleado,” interrumpo. “Ya es tarde. Cada vez estoy más cansado de todo. No me gusta este laburo y si sigo acá es porque alquilo y porque por alguna maldición divina no me llaman de otro lado.”

Asiente. “No te interesa ser teamleader.”

“¿Depende de vos?”

“Sí.”

“No me interesa ni un poco.”

Agarra una hoja que hay sobre su escritorio, la revisa. Todos nuestros nombres están ahí. Suspira, se rasca la nuca.

“Che,” le digo. “¿Cómo te cayó todo esto del… despido?”

“Para la mierda. Justo ahora que… Para la recontra mierda me cayó.”

Lo miro, esperando que la última cosa que me uniera con mi jefe a quien detesté por cuatro años fuera una complicidad. Despedirse con odio no es despedirse.

“Sé a quién tenés que nombrar como teamleader,” le digo.

“¿A quién?”

“¿Depende de vos?”

“Sí.”

Sonreí. “Pastelito.”

 

 

Sebastián Defeo
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