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ATRAPADO EN LA OFICINA – 33 – Pánico, odio y corazones rotos

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Siempre odié venir a la oficina.

Venir es haber pasado eternidades viajando envuelto por desconocidos. Todo para entrar y verlo al Brontosaurio masticando una multitud de galletitas con la boca abierta y que clave sus ojitos bizcos sin alma en los míos y sonría obligándome a apoyar mi cara contra su cachete transpirado y minado por acné fruto de comida chatarra, aseo negligente y demasiada pornografía.

Pero eso no es todo.

Al lado se sienta la Patova que de saludo me encaja una palmada en la espalda capaz de hacer llorar a He-Man.

Y unos pasos después lo tengo a Garquetti que siempre invariablemente siempre me recibe cantando “Hakuna Matata” con carita de querer que me ponga a cantar con él.

Enseguida está Pastelito. Por suerte suele fingir estar demasiado compenetrado en su trabajo y me ignora cuando le digo hola. Aunque hay veces que eso un poquito me jode. Y hay veces que me enoja. Y hay veces que me dan ganas de arrancar un matafuegos de la pared y volverle puré el cráneo mientras le grito: “¿Ahora me escuchás saludándote?” una y otra y otra y otra vez, hasta que eventualmente venga un policía y me dispare y muera feliz.

Después de Pastelito está Pony, que me da la bienvenida levantando sus cejas, para mirar a su reloj, fruncir los labios y negar con la cabeza, apenas, con fastidio y decepción.

Ahí me desplomo en una silla vencida a tipear numeritos sin sentido por unas horas y a pelotudear  en internet por el resto.

Al menos así solía ser.

Ahora venir a la oficina es todo eso y encima tratar de no mirarla.

Lo cual es imposible.

Porque Amazon Woman mide cuatro metros.

Mire para donde mire, ahí está ella. Sobresale entre el resto, como un faro del desamor, recordándome constantemente que fui feliz y que ya no. Es una única montaña que se alza entre la meseta de mi vida.

Quiero anclar mis ojos en los numeritos sin sentido. Quiero anclar mis ojos en las pelotudeces de internet. Pero no puedo evitarlo. Mire para donde mire, ahí está ella.

A veces su altura desproporcionada me da ventajas. Me permite precisar cuándo va a la cocina o al baño así no me la cruzo nunca jamás.

Hay noches en las que no puedo dormir y fantaseo con cruzármela. Imagino la incomodidad de esas primeras palabras, un chiste acertado, una frase pícara, un silencio cómplice, un beso apasionado.

Pero no.

Sé que cruzarnos sería pisotear definitivamente cualquier esperanza.

Me mantengo, entonces, queriendo no verla para dejar de sufrir por cada centímetro que me separa de ella y mirándola para no estar a apenas unos pasos de sus labios.

Estoy cansado de rebotar de un lado para el otro.

Cansado, no.

Destrozado.

La única forma que se me ocurrió de ponerle un paño frío a esta angustia es gastando plata. Compré entonces libros, ropa, vino, vino, entradas para recitales, vino. Me endeudé en veinte mil cuotas.

Pero la sigo extrañando.

Sigo extrañando cómo me hacía sentir.

La Patova se para a mi lado. Gira hacia Amazon Woman, gira hacia mí y me mira a la entrepierna. “¿Qué pasó?” dice. “¿Demasiado mate para esa bombilla?”

Ni siquiera puedo ser miserable en esta oficina. Todos están tan aburridos que quieren mojar el pancito de su tedio en el tuco de mi angustia.

“¿Anunciaron la relación a Recursos Humanos?” dice Pastelito. “Las relaciones entre empleados deben ser…”

“Cerrá el orto,” apura la Patova.

A veces la odio a la Patova. A veces la quiero. Hoy la amo.

“Estás insoportable, chabón,” dice la Patova. “Desde que te pusiste a romper las pelotas con eso que te borraron de las fotos…”

“Me borraron de las fotos.”

“Boludo, ¿quién sos? ¿Martin McFly? Dejate de joder.”

“Yo estuve con el senior manager de la India y me sacaron…”

Dejo de escucharlos. Ojalá fuera porque tengo el suficiente poder de concentración como para ignorarlos. O porque encontré en promoción otra cosa que no necesito pero que quizá por un instante me distrae de Amazon Woman y todo lo que la extraño.

Pero no.

La ventanita naranja de un chat titila estruendosamente en mi monitor. Se me detiene el corazón al leer el nombre.

Quisiera que fuera otro.

Quisiera que fuera el de ella.

Pero no.

Es el de él.

El Capitán Energúmeno.

Eso nunca es buena señal. Clickeo con miedo. “Mi oficina, ahora,” dice siempre tan simpático.

Me paro, voy. Me persigno, entro.

Me recibe con una soberana cara de culo. Me pregunto si se habrá enterado de lo que le estuve haciendo a Pastelito. Si sabe que fui yo el que puso el muñeco del Brontosaurio en la torta de los indios. O si tipeé un numerito sin sentido en vez de haber tipeado otro numerito sin sentido.

Reboto entre posibilidades. Anticipo excusas, planeo disculpas, inflo promesas.

“Sentate,” dice.

Me siento.

Silencio. El Capitán Energúmeno mira por la ventana. Se rasca la nuca. Se mira las uñas. Asiente con la cabeza. “La cosa es así,” dice. Tose. Sus ojos recorren incómodos a su escritorio, buscando una excusa para detenerse en algo que no sea yo. Tose de nuevo. “Los hindúes están analizando reducir costos.”

“¿Costos?”

Respira profundo. Me mira a los ojos. “Reducir personal.”

 

 

Sebastián Defeo
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