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ATRAPADO EN LA OFICINA – 32 – El fuego de la venganza

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Hay personas que más que personas son soretes. Y así y todo transitan por la vida sin nunca ser castigadas. Pastelito pareciera ser una de ellas.

Acepto que sea un anémico de alma fanático de Paulina Rubio usador compulsivo de sweaters color pastel al que le encanta hablarme sobre los numeritos sin sentido de nuestro trabajo. Tolero que me haya encajado sus órdenes atrasadas cuando faltó meses con goce de sueldo por un supuesto pico de estrés. Pero no puedo dejar pasar lo que hizo. Por su culpa hoy Lucía está sin un sueldo todos los meses.

Lo pienso y ardo.

No me quedó otra. Voy a vengarme.

Pastelito anda bastante paranoico últimamente. Quizás es porque su nombre apareció escrito en un muñeco de Homero Simpson que los indios sacaron de la torta que hice en secreto. Desde entonces está ansioso, nervioso, mirando de reojo a cualquiera que pudiera estar hablando de él. Cree que todos, absolutamente todos, estamos pendientes de cada uno de sus movimientos y es nuestro único tema de conversación. Se esconde en sus auriculares gigantes con cara de buscar desaparecer.

A veces la mejor venganza es darle a tu enemigo precisamente lo que quiere.

El otro día llegué temprano, tempranísimo. Sabía que Amazon Woman iba a tener el turno tarde, por lo que quería reducir la cantidad de horas que nos íbamos a cruzar en la oficina.

No había nadie en el piso. Un poco por curiosidad y otro poco por maldad, me senté en el lugar de Pastelito.

Miré alrededor. Lo único que diferenciaba a su escritorio del mío eran las cosas que los dos teníamos.

Hay cierta seguridad en los objetos. Nos dan una ilusión de continuidad, de tranquilidad. Permanecen inmóviles en un mundo que gira y cambia y muere. Supongo que por eso coleccionamos, guardamos, ordenamos. No podemos detener cómo se transforma nuestro reflejo con el paso de los años. Sólo podemos mirar al reflejo inalterable que encontramos en nuestras cosas. Aferrarnos a ellas y no tener más miedo.

Me acuerdo cuando era chico. Se prendió fuego la casa de mi abuelo, el estudio donde guardaba todos sus libros. Fue la única vez que lo vi llorar. No sabía que las personas grandes podían llorar. “Los había leído todos y seguro nunca los iba a volver a leer,” le decía él a mi mamá. “Pero no puedo explicar la angustia que siento.”

Angustia. Angustia no tener más el tótem inalterable que son los objetos, ese reflejo inmutable en el que nos reconocemos siempre jóvenes, siempre nosotros.

Fue entonces cuando lo decidí. Voy a volverme fuego.

Miré en el box de Pastelito. Había un listado con los números de teléfono de todos los que trabajamos en el piso. Lo agarré. Borré el nombre y teléfono de Papelito. Le saqué una fotocopia al papel. El resultado: no quedó evidencia suya entre el resto de la oficina.

Hice lo mismo con el calendario anual que está pegado en la cartelera rumbo a la cocina, con todos nuestros cumpleaños. Borré con liquidpaper el nombre de Pastelito, le saqué una copia y colgué al nuevo calendario.

De a poquito voy consumiendo algunos de sus objetos, de sus encarnaciones en esta oficina.

Un día le desapareció de su escritorio una foto suya donde está estallado de sonrisa junto a Paulina Rubio. Otro día, una pila de papeles de trabajo. Ayer, que también vine tempranísimo para no cruzármela a Amazon Woman, agarré de la cartelera las fotos que sacaron cuando celebramos el medio año con los indios. Bajé. Les saqué fotocopias en color y subí para dejar las copias. Me llevé los originales a casa. Los escaneé y lo borré a Pastelito de cada una de las fotos. Hoy vine temprano también. Las reemplacé. De paso, aproveché y le saqué la pelotita anti-stress.

Ahora está Pastelito mirando las fotos, en el pasillo. Las mira y toma un trago de café. Tiene una expresión de desconcierto. Le quiere preguntar a cada uno que pasa al lado pero no se anima. Mira a las fotos y toma un trago de café. Lo toma desde un vasito de plástico porque el fuego también consumió a su taza.

 

Sebastián Defeo
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