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ATRAPADO EN LA OFICINA – 30 – Ojalá

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Suena el teléfono. Ya sé quién es. Lo dejo sonar tres veces, atiendo. Me da todos los detalles. Le agradezco y le digo que la voy a volver a llamar pronto.

 

No señalamos con denuncia a árboles navideños llenos de nieve falsa en pleno verano. No condenamos cantar en un idioma que por ahí no conocemos. No nos replanteamos que todas las series y películas que miramos sean, como mucho, de cinco países de los ciento noventa y cinco que hay. Es así también como los imperios avanzan: imperceptiblemente.

 

Abro la calculadora en mi teléfono. Sumo, resto, divido. Suspiro.

 

Cada feriado argentino tengo que ver cómo mis amigos y familiares suben fotos de asados y juntadas en plazas. Ellos chochos y yo, atrapado en la oficina. Pero hoy, que es feriado yanqui, soy libre. Quisiera pasar el día mirando películas. No puedo. Me tuve que levantar antes que de costumbre. Me vestí como siempre. Quizás un poco más formal. Agarré todo lo que necesité, cerré los ojos a modo de rezo ateo y salí.

 

Vuelvo a sacar cuentas. Pero me doy contra una pared imposible de demoler. Suspiro.

 

Llegué al edificio en el cual trabajo. Desde la calle pude ver que las luces de mi piso estaban apagadas. Sonreí. Fui hasta el ascensor, entré. Apreté el botón. Se sentía raro apretar otro botón del que estuve apretando por años. Me miré en el espejo, me peiné. Las puertas se abrieron, salí al piso. Me atendió una recepcionista. Me llevó derecho a una oficina. Un hombre revisaba mi currículum. En las paredes había pósters de películas.

 

Agarro el teléfono. Llamo. Mi corazón se estruja. Me atiende ella. Mi corazón se detiene.

 

“Bueno,” me dijo el hombre después de una larga entrevista. “Obvio que hay otros pasos pero te quiero trabajando en la produ.”

“Entonces queremos lo mismo. Me encantaría trabajar acá.”

Él miró a mi currículum otra vez. “Lo que sí… El sueldo es menor que el que pusiste como pretendido.”

“¿Cuánto menos?”

Frunció los labios. “Hoy cerca del mediodía te va a llamar la recepcionista,” me dijo, “y te pasamos la mejor oferta que te podemos dar.”

 

“Disculpá,” le digo a la recepcionista por teléfono. “Pero estuve sacando cuentas, revisé los números y no me dan. No puedo aceptar el trabajo.”

“Una lástima.”

“La verdad que sí.”

 

El hombre se levantó. “Espero que nuestra oferta te cierre,” me dijo, estrechándome la mano.

Estreché su mano, fuerte, con una sonrisa que casi estallaba en mi rostro. “Ojalá.”

 

 

Sebastián Defeo
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