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ATRAPADO EN LA OFICINA – 28 – El crimen perfecto

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El Capitán Energúmeno nos mira. A los quince que reemplazamos a Lucía, apiñados todos en su oficina. Nos mira y niega con la cabeza, con desprecio.

 

El pedido vino de parte Pony, escoltado por una sonrisa falsa y un tonito a maestra jardinera. Los quince debíamos encargarnos del festejo. Aparentemente, hoy la empresa cumple seis meses con el nuevo management de la India. Nos lo informaron hace menos pero las cosas suelen ser así. Pony entonces nos enumeró las tareas. Debíamos repartirnos para comprar la torta con el logo de la nueva empresa, gaseosas, vasos de plástico y demás. La mayoría suspiraron fastidiados. Yo agaché la cabeza para ocultar la sonrisa y me froté las manos.

 

El Capitán Energúmeno no deja de mirarnos. “¿Quién fue?” escupe. Los quince nos encogemos de hombros en su oficina. Él se pasa la mano por la cabeza. “Si no me dicen quién fue, los rajo. A todos,” amenaza. Es imposible. Sé que es imposible. Por eso hice lo que hice.

 

Nos fuimos sacando de encima las tareas del festejo. Teníamos un monto estipulado para gastar y eso era todo. Chequeábamos los mails que mandábamos desde la casilla de Lucía, completábamos la lista con los ítems en una carpeta compartida. Si alguien no había pedido las gaseosas, otro lo hacía. Era así de sencillo y de desganado. Nadie comentaba nada con nadie. Me apuré entonces a mandar el mail del pedido de la torta personalizada con el logo de la empresa. Me contestaron confirmándome el precio, les di la aprobación, puse la cifra en la lista. Llamé inmediatamente para cancelar.

 

“Esto es inaceptable,” nos vomita el Capitán Energúmeno. Inaceptable es que repartan el trabajo de una persona para ahorrarse un sueldo cuando facturan billones. Que no nos valoren. Que piensen que somos ecuaciones, numeritos reemplazables. Eso querían, eso tuvieron. Pero ahora no pueden culpar a nadie. Todo fue pedido desde el mail de Lucía. Ella tuvo, al fin, su venganza.

 

Le pedí a mi primo que viniera hoy al edificio como si fuera del delivery de la pastelería. Bajó Garquetti. Le pagó y subió la torta. Mi primo me mandó un mensaje diciéndome que después me daba el dinero. Y que Garquetti tiene una cara muy trompeable. Con el dinero no llego a cubrir lo que gasté haciendo las siete tortas hasta que una me salió bien pero, bueno, pocas veces estuve tan contento de ir a pérdida con algo.

 

“Esto es inaceptable,” repite el Capitán Energúmeno. Está acorralado y lo sabe. Y lo sé. No puede hacer más que reprocharnos. Esto es el crimen perfecto. No hay castigo posible. Se pasa la mano por la cara, se rasca la nuca. Afuera de su oficina, la empresa entera murmura.

 

Todo empezó hace un rato, con el brindis. Los indios dieron un discurso. No les entendí un pito. El Capitán Energúmeno y los demás jefes anunciaron un futuro brillante, lleno de posibilidades de crecimiento y no sé qué otra pelotudez. Pony asentía enérgicamente con la cabeza, como si él también estuviera hablando. Terminado el brindis, se apuró a cortar la torta. Estaba tan orgulloso siendo el centro de la atención. Al menos, hasta que el cuchillo se le trabó. Nervioso, intentó por otro lado. Lo mismo. Raspó. Había algo amarillo adentro. Sólido. El Capitán Energúmeno se le acercó con fingido disimulo. “¿Vos pediste una torta con sorpresa?” le susurró. Pony negó con la cabeza. Los dos empalidecieron. Aunque el blanco de sus rostros fue incomparable con el que, segundos después, tuvieron cuando los indios sacaron de adentro de la torta al muñeco de Homero Simpson del Brontosaurio. La oficina estalló en risas. “Tiene escrito algo en la panza,” dijeron los indios, confundidos. Sacaron el chocolate con una servilleta. Todas las cabezas giraron hacia la misma persona. En la panza estaba escrito el nombre y apellido de Pastelito.

 

Sebastián Defeo
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