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ATRAPADO EN LA OFICINA – 26 – Esto es el infierno

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Van cinco minutos.

 

El edificio nos había vomitado a todos sobre la vereda. Algunos disfrutaban del puñado de minutos que tenían de libertad, cortesía del simulacro de incendio. Otros pegaban la cara a la pantalla de sus teléfonos. La Patova se reía de mi chaleco naranja flúor de brigadista. El Brontosaurio me pedía que le diera respiración boca a boca. Garquetti cantaba “Hakuna matata.” Pony me acribillaba a preguntas para saber si hice todo según el manual. Los dejé atrás, me acerqué a Lucía y le dije que necesitaba hablar con ella. A solas.

 

Van diez minutos.

 

Fuimos a una plaza. Ella fingió mirar a los árboles distraídamente para darme tiempo a encontrar las palabras. Respiré profundo, busqué su mirada. “Hay algo que quiero decirte…” balbuceé. Lucía sonrió y me besó

 

Van quince minutos. El Brontosaurio me asegura que escuchó un grito en la oficina del Capitán Energúmeno. No sé si creerle. No quiero creerle. Le creo.

 

Mi pecho era un samba. Hay algo arrolladoramente liberador en pasar de la fantasía a la realidad, en perderse en la persona que se deseó a la distancia, sentir su gusto, su calor, su olor. La frontera del universo era ella; no existía nada más. El beso devino en abrazo que devino en beso que devino en abrazo. Lucía gemía en mi oído y yo, desterrado del mundo del lenguaje y de los recuerdos y de cualquier cosa que no fuera ella, repetía desesperado una y otra vez: “No tenés idea, no tenés idea.” “¿De qué no tengo idea?” me ronroneó sonriente. Fue entonces cuando despuntó en mí el temor y de repente el universo volvió a existir. Si le decía que ella no tenía idea de lo que yo la había deseado quizá la distanciaba. Se me ocurrió emparcharlo diciendo que no tenía idea de lo hermosa que era. Pero me resultaba baboso. Como algo que diría el desagradable de “Un muy buen día.” Lucía me miraba y hubo de nuevo bocinas y edificios y pensamientos y recuerdos. Amazon Woman. El Capitán Energúmeno. “Pará,” balbuceé, “No tenés idea de lo que esperé este momento. Pero no. Necesito decirte algo…”

 

Voy hasta lo del Brontosaurio. Me quedo parado. Amazon Woman me mira. Yo miro a la oficina del Capitán Energúmeno. No escucho nada. Miro el reloj. Van veinte minutos. Escucho un grito.

 

Le dije la verdad. Le conté que el Capitán Energúmeno no había bajado en el simulacro de incendio. Que había aprovechado a que el piso estuviera vacío para buscar escritorio por escritorio, papel por papel. Que no iba a parar hasta encontrar la misma letra que lo había insultado en la tarjeta de Pastelito. Le dije que había muchas cosas suyas en su escritorio. Que no pude sacarlas. Que por favor me perdone.

 

Veinticinco minutos. Me paro. Voy hasta lo del Brontosaurio. Me dice que no escuchó nada más. Me quedo parado. Me pregunta si sé quién es ese Vengador Anónimo que anda mandando fotos con su muñeco de Homero Simpson. Le miento que no. Dice que lo compró en Estados Unidos en no sé dónde con no sé qué. No quiero escucharlo. No quiero estar a su lado. Pero lo necesito. Necesito pispear a través de la persiana americana de la oficina del Capitán Energúmeno. Necesito ver a Lucía. Pero está cerrada. Esto es el infierno. No saber si sufre la persona que querés, no poder acompañarla, no poder compartir la carga.

 

La llamó. El Capitán Energúmeno la llamó. Hace media hora ya. Y nada. Desde mi escritorio no se ve nada. Desde lo del Brontosaurio no se ve nada. No se escucha nada. Un grito apagado. Nada más. No sé qué hacer. Me paso la mano por la cara, me rasco la nuca, me rasco el brazo, me sueno el cuello. De repente se me ocurre. Puedo generar un problema de trabajo. Algo que justifique que entre en su oficina y pueda ver qué está pasando. Quizá pueda desconectar a un cliente. No. El picaporte se mueve. La puerta se abre. Lucía sale.

 

Sebastián Defeo
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