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ATRAPADO EN LA OFICINA – 20 – El saludo

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No sé qué prefiero. Bañarme en sangre y tirarme a nadar con tiburones zombis y osos vampiros o que me saluden en la oficina.

Y encima pasa cada mañana, inevitablemente. Ponga cara de culo, me escude en mis auriculares o finja estar tapado de trabajo, igual me encajan un carnaval de saludos.

Todos tienen su privada manera de untarse en mi consciencia. Pony, por ejemplo, saluda de lejos con vocesita de maestra jardinera y una sonrisa falsa, tirante, como si estuviera haciendo mucha pero mucha fuerza para no azotarnos con un látigo mientras se retuerce los pezones. El Brontosaurio estampa su mejilla acolchonada y sudada en la mía y hace un ruido de beso estruendoso. Huele como olía la casa de mi abuela, una batalla entre humedad y perfume. El Capitán Energúmeno apenas gruñe. Pastelito viene faltando hace tanto que ya ni me acuerdo de su cara de pelotudo. Garquetti abraza con un solo brazo. La Patova reparte coscorrones que más que coscorrones son una regia trompada de Chuck Norris ayudado por un cocktail de esteroides y merca y la espinaca de Popeye. De nada sirvió la pelea que orquesté. No la detuvo, sólo le puso dinamita a sus puños.

“¿Y?” me dice después de la avalancha de nudillos que me encajó en la espalda.

Me froto con cara de dolor pero le chupa un ovario y medio. “¿Y qué?”

Gira hacia Amazon, gira hacia mí. “¿Tiene concha o cueva?”

Siento a mi corazón acelerarse. Finjo cara de fastidio y aburrimiento. “Pensé que eras más inteligente,” digo, pretendiendo bostezar para restarle seriedad al asunto. “Creer las cosas que dice el gordo…”

“Dijo que leyó el chat de tu monitor.”

“También dijo que íbamos a cobrar los bonos pero mi recibo de sueldo es más triste que el comienzo de Up.”

La Patova entrecierra sus ojos, mira a la montaña de gordura y horror a la distancia. Pasaron meses pero todavía nadie le perdonó ese rumor falso. “Qué gordo puto,” dice al fin.

Amazon Woman llega, prende su computadora, se sienta y eso es todo. Nunca saluda a nadie la giganta.

“Hola,” me escribe por chat.

Me apuro a cerrar la ventana. Miro de reojo. La Patova no vio nada. Estamos a salvo por ahora.

Lucía es un hada que revolotea por la oficina repartiendo besos y sonrisas. Al menos en su sector. Siempre miré a ese desbordante cariño de lejos, fantaseando con que me corrieran a un escritorio más cercano, calculando para ir a la cocina y cruzarla en pleno desfile de saludos. Pero nada. Nada, al menos, hasta que el Brontosaurio desparramó el rumor de Amazon Woman y yo. Desde entonces, Lucía camina unos pasos de más, me sonríe con complicidad y me da un beso.

“Buenas,” le digo.

“Buenas, buenas,” me dice riendo y se va.

Finjo no mirarla.

“Esta piba está tan confundida,” dice la Patova mientras la ve irse. Voy a preguntarle pero se baja del escritorio vacío de Pastelito y vuelve a su lugar.

“Consultita,” me escribe Pony por chat.

Miro alrededor. No encuentro nada con que martillarme las pelotas. “¿Sí?” le contesto apenas.

“Me llegó un rumor sobre una relación dentro del equipo. En caso de ser cierto, tendríamos que ver con Recursos Humanos si hay que firmar alguna documentación.”

Suspiro. Me esfuerzo en que me escuche.

A Pony le encanta creerse un escalón arriba mío, arriba de todos. A nadie en la oficina le importó el rumor más que para paliar un poco el aburrimiento. Hasta mi jefe se lo pasó por el culo. “¿Y no te da cosita?” me dijo el Capitán Energúmeno señalándola a Amazon Woman con la mirada.

“¿Por?”

“Al lado de un bicho tan grande, cualquier pija es un poroto.”

Pero no. Pony no. Pony tiene que creerse responsable. Pony tiene que involucrar a Recursos Humanos. Pony tiene que sentir la posibilidad de que el director de la empresa le mande una carta felicitándolo personalmente por cómo manejó la situación.

“No creas todo lo que escuchás,” le escribo al fin. “Como el temita ese de los bonos que al final no pasó nada. ¿O tenés alguna novedad con eso?”

Escribe. Borra. Escribe. Borra. Escribe. Borra.

“Encima con la pila de órdenes atrasadas que me pasaron,” agrego.

Borra. Escribe. Borra. Escribe. Borra.

Bien. Va a estar media hora así.

Miro al Brontosaurio con toda la bronca del mundo. Una cosa es comentar al pasar un rumor. Pero otra es andar intencionalmente esparciéndolo. Entiendo. Entiendo que el gris de la oficina nos devora a todos por igual y que eso nos desespera y que buscamos cualquier arma para combatirlo. Entiendo. Pero no puedo evitar apretar los dientes.

“Hola hola,” escribe Amazon Woman.

Sonrío.

“Cocina, ya,” contesto.

Ella va. Yo espero prudencialmente un minuto. Voy.

En el camino paso por donde se sienta el Brontosaurio. Y ahí está. Un único estandarte contra el gris, una sola cosa que lo vuelve su cubículo y no el de cualquier otra persona. Un muñequito de Homero Simpson.

Miro alrededor.

Nadie.

Lo guardo en mi bolsillo, sigo de largo.

Amazon Woman espera en la cocina, al lado de la máquina de café, que hace mil ruiditos convenientemente camufladores. “¿Tenés que hacer algo hoy a la salida?” susurra.

“Terminé la última de las órdenes atrasadas de Pastelito,” digo. “Por primera vez en meses voy a poder salir en horario. ¿Alguna idea?”

Me empuja contra un rincón y me envuelve en un beso. Nuestras respiraciones se entretejen. Nuestras manos exploran al otro. Pero en el abrazo ya no hay otro. Apenas somos uno.

De repente, la máquina termina. Amazon Woman da un paso hacia atrás, agarra su taza, sonríe. “Y eso que todavía no tomé café,” dice probando un sorbo. Levanta las cejas y se va, deliberadamente contorneando sus caderas.

Recién cuando no la veo más me doy cuenta que sigo en puntas de pie, como cada vez que nos besamos. Sonrío. Nada mal el saludo. Nada mal.

Habiendo ahora sí saludado a todos puedo desplomarme en mi silla y escudarme en mis auriculares y tipear numeritos sin sentido todo el día hasta que la tarde me encuentre en sus brazos otra vez.

Suspiro. Espero un minuto, vuelvo a mi lugar.

Y de repente ahí está.

Toda la oficina mira en una dirección. Escolto sus ojos. Y lo veo.

Pastelito.

Con cara de perro con culpa hace un saludo general y se esconde en su escritorio.

No hay problema, que finja que su cubículo es un fuerte con muralla y fosa. Que no me agradezca por hacer su trabajo. Que no me agradezca por todas las horas extras que jamás me pagaron. Que se quede tranquilo con su cara de pelotudo y su sweater color pastel y sus canciones de Paulina Rubio. Yo voy a encontrar la forma de saludarlo como corresponde.

 

Sebastián Defeo
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