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ATRAPADO EN LA OFICINA – 19 – Lo que dice el corazón

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El miserable es miserable ante cualquier cosa que la vida ponga enfrente suyo.

Años estuve desgarrándome en cada centímetro que me separaba de los labios de Lucía. Años estuve batallando deseos y cobardías. Años estuve amándola de lejos. Y hoy ahí está ella. En una ventanita de chat en mi monitor, invitándome a almorzar. Justo al lado de esa ventanita hay otra. Amazon Woman. Me sugiere comprar unos sánguches e irnos a una plaza bien lejos a comer y a chapar. “Sí,” dice, “como si fuéramos dos torpes adolescentes.”

Claro que yo debería estar feliz, saboreando al vino dulce que desborda de mi copa.

Pero no.

Soy miserable. Y cada segundo que tardo en contestarles soy más miserable.

“Mirá, querido, esto es muy fácil. Esta situación se define cotejando datos,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

“No, no, claramente no. Esto se resuelve escuchando al corazón,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

“Cada segundo que pasa estamos poniendo en peligro a la situación con cualquiera de las dos. No sé vos, pero yo escuché al corazón. Dice tum-tum. Tum-tum. Eso solito. Si vos entendés qué mierda significa tum-tum, por favor pasame una transcripción y la ponemos en el GPS y arrancamos.”

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo entrecierra sus aún más diminutos párpados. “Podemos pasar toda la vida intentando entender al corazón.”

“Por eso. El tiempo apremia. No es momento para arjoneadas,” dice hojeando unos cuadernos. “Acá. Amazon Woman. Saldo positivo, besos, sexo, buenas conversaciones. Saldo negativo, te hace sentir un enano. Ahora, Lucía. Saldo positivo, siempre te gustó, buenas conversaciones. Saldo negativo, es lesbiana o más o menos. Claro que podés tenerla como amiga. Pero le estás apostando a esa mínima chance de que no sea del todo lesbiana.”

Miro a las dos ventanitas juntas en mi pantalla. Miro a mi alrededor. En la pecera tediosa que es esta oficina, abundan los que chusmean todo lo que uno tenga en el monitor. Pero no hay nadie cerca. Están todos atornillados en sus asientos. Pasa que hoy teníamos la reunión con el Capitán Energúmeno para encontrar al responsable de la pelea y despedirlo. Pero ya pasaron horas y nada. Hay gente que canceló turnos con el médico. Uno faltó al casamiento por civil de un amigo. Y nada. Le da lo mismo tenernos a la expectativa, en terror. Es más, lo disfruta.

Vuelvo a mirar a las dos ventanitas en mi monitor. Se ven tan lindas ahí, juntas.

“Olvidate de que esto se va a solucionar con un trío,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

“No sabés, por ahí…” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

“¿Ves? Por eso ustedes son miserables. Porque son optimistas. Porque apuestan a todo o nada.”

“Y dejanos,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Cada uno le hace frente a la enormidad de la existencia como puede. La Patova descarga su frustración repartiendo golpes. El Brontosaurio come y vomita chismes. Garquetti se caga en todos. Pastelito hace meses que está con licencia por pico de estrés y seguro se la pasa saltando en su cama escuchando canciones de Paulina Rubio. Pony se cree jefe. El jefe se cree Dios. Dejanos ser miserables.”

Me paso la mano por la cara. “Listo,” digo. “Lo resuelvo haciendo ta-te-ti. Simple. Aunque ponele en unos años tenemos hijos y me preguntan cómo sabía que su mamacita era la indicada para amarla por siempre. Imaginate qué papelón decirles que salió en un ta-te-ti.”

“Metele un chorro de soda a la intensidad,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo cierra los ojos. “Shh,” dice apenas, casi en un susurro, como si escuchara algo que viene de lejos. “Lo resolvés en un ta-te-ti pero te da miedo qué dirán tus hijos.”

“Era un chiste.”

“En el pedo se huele lo que comimos. De la misma manera, en lo que se dice se puede rastraer lo que queremos. Y lo que querías era querer lavarte las manos y despojarte de la responsabilidad de tomar una decisión pero así y todo le temés a las consecuencias. Porque no sabés en qué va a devenir. Por eso girás en falso. Imaginate al corazón como la intersección central entre un montón de conjuntos. Un conjunto es lo que pensarán los de la oficina si se enteran que estás con Lucía. Otro, lo que pensarán si estás con Amazon Woman. Lo que pensarán tus amigos, tu familia. Otro conjunto es que hace mucho que estás solo y querés a alguien. Otro conjunto es saber que por ahí le apostás al camino equivocado. Otro conjunto es tu pito. Y así miles y miles de conjuntos, apilados uno sobre el otro, con tu corazón en el centro. Por eso puede llevar toda la vida entenderlo.”

“Para mí,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho, “sólo dice tum-tum.”

“Abollá esos conjuntos, desligate de lo que otros pensarán, de lo que puede pasar o no. Cerrá los ojos y escuchá. En cada latido está su nombre.”

Suspiro.

Cierro los ojos.

Me sueno el cuello.

Respiro profundo.

Busco el silencio.

Escucho.

Escucho.

Y encuentro la respuesta.

Abro los ojos.

Veo a las dos ventanitas, juntas.

Y veo detrás, en el reflejo, a la cara del Brontosaurio mirando a mi monitor, leyendo y sonriendo.

 

Sebastián Defeo
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