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ATRAPADO EN LA OFICINA – 12 – Jodeme

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Jodeme. Estuve años fantaseando con este momento. Lucía y yo, con apenas una mesita de por medio.

Nunca vi a nadie masticar un trozo de animal muerto rebozado frito escoltado por un poco de puré de papa con tanta sensualidad.

“Sabés que te estás mintiendo, ¿no?” me dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Nunca hay apenas una mesita de por medio entre dos personas.”

“Metete el Shakespeare en el culo y dejalo tranquilo,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Van veintidós minutos y cuarenta y siete segundos y todavía no se le insinuó a Lucía. Dejalo tranquilo. Van veintidós minutos y cincuenta y tres segundos. Quedan treinta y ocho minutos del almuerzo. Treinta y siete.”

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo le tira con su lámpara de lava.

En el silencio, mis ojos se posan, discretos, sobre ella. Sobre los hoyuelos que se le forman al sonreír. Sobre su nariz coqueta. Sobre sus labios.

Una neurona desmenuza un pensamiento. “Mirá si todo sale bien con Lucía y besás los mismos labios que besaron al pito de Garquetti.”

Otra neurona niega su cabeza. “Lucía no está acostándose con Garquetti.”

Una tercera neurona se encoge de hombros. “Salieron tres veces a almorzar a solas.”

“Sí,” acota una cuarta neurona. “Pero eso es porque… porque…”

“Preguntale,” dice una quinta. “Preguntale a Lucía qué onda con Garquetti.”

“No seas pelotudo,” apura una sexta, “Si preguntás por Garquetti le estás dando importancia, lo estás trayendo a la conversación. Y vos tenés que ser el único hombre en la mesa.”

“Ese es tu complejo masculino, macho,” dice una séptima neurona.

Las callo por lo bajo. Jodeme. Estuve años fantaseando con este momento y me desangro en miedos y dudas en vez de estar presente simplemente charlando con ella.

“Te lo dije,” susurra el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Nunca hay apenas una mesita de por medio entre dos personas.”

Estoy cansado de las voces, de las mías y de los otros. La Patova dice que Lucía es lesbiana. Garquetti dice que Lucía se le tiró encima en el segundo almuerzo. El Brontosaurio dice que a Lucía le falta gimnasio. Pastelito no dice nada porque sigue faltando por un supuesto pico de estrés. Estoy harto que todos tengan algo que decir del otro. Una opinión, un chisme.

“Tengo un chisme,” dice Lucía.

“Boludo,” dice una neurona. “Te puede leer la mente.”

“Enterremos ya mismo en cal los pensamientos pornos que tenemos con ella,” dice otra neurona.

“Shh, que te puede escuchar,” susurra una tercera.

“No puede leer una mierda,” dice una cuarta, prendiendo un pucho. “Si puede, estaría escuchando esto. Y me gusta comer caca. Amo comer caca. Mhm. Deliciosa caca. Y sin sal ni manteca. Así de mucho me gusta. La caca me gusta tanto que la como sin sal ni manteca. ¿Ves? La piba ni movió un pelo. Estamos a salvo, muchachos. No enterremos el porno.”

“¿Un chisme?” digo.

“Vos que te sentás cerca de él. ¿Sabés si lo de Gonza es cierto?”

Alarmas en mi pecho. Sirenas. Lucía preguntó por Garquetti. Y preguntó llamándolo por su nombre de humano y no por su apodo de cagador compulsivo.

“¿Qué cosa?” digo apenas.

Ella sonríe. “Eso de que se toca en el baño.”

El rumor que inventé le llegó.

“Esta es tu oportunidad para hundirlo,” dice una neurona.

“No caigas tan bajo,” dice otra.

Elijo un intermedio. Me encojo de hombros pero con una sonrisa cómplice. Lucía se ríe con la carcajada más hermosa del universo entero y de todos los universos paralelos.

“Objetivo logrado,” dice una neurona.

“A menos, claro, que le excite la desbordante pasión de un hombre que se toca en el baño de la oficina,” dice otra.

Decido dejar de escuchar a mis neuronas. “Che,” digo. “¿Qué onda tu vida? No sé nada de vos. Ponele, ¿estás de novia?”

Una neurona asiente, despacio. “Quiero que sepas que esta noche vas a pasarte horas desvelado arrepintiéndote por haber dicho eso.”

Lucía sonríe, resopla. “Tuve una relación larga medio rara que terminó en una telenovela. Desde ahí medio que vengo replanteándome cosas y rebotando.”

“¿Y no querés ir a rebotar hoy a la noche al cine?”

“Arriesgado,” dice una neurona.

“Suicida,” dice otra.

Lucía me mira, en el más interminable de los silencios. Jodeme. Estuve años fantaseando con este momento para arruinarlo con una propuesta atolondrada.

“Mirá,” me dice al fin. “Te voy a decir algo pero me tenés que prometer que es un secreto entre vos y yo.”

Me arrima su meñique. Entrelazo mi meñique con el suyo. “Prometido,” digo.

Mira para un lado, mira para el otro. Se me acerca. Me pierdo en su perfume. Me pierdo en sus ojos. Sus labios me arrastran hacia ellos. “Soy lesbiana,” dice.

Jodeme.

De repente, todo se siente como un walkman cuando se estaba quedando sin pilas. Lento, cada vez más lento. Más lento. Más. Veo a cada partícula aparecer y desaparecer acompasadamente un trillón de veces por segundo. La existencia es apenas una ilusión. Nada tiene sentido. “¿Qué?”

Lucía se echa hacia atrás en la silla, se cruza de brazos. “Lo que escuchaste. ¿Qué pasa?”

La Patova tenía razón. Lucía es lesbiana. ¿Cómo lo sabe? ¿Es una intuición? ¿O Lucía se quizo acostar con la Patova? ¿O se acostaron? No, no. La Patova dijo una y otra y otra vez que ella no es lesbiana. Pero así y todo quizá se hicieron el dulce amor. La sexualidad es un mar cuya única costa es el consentimiento. Después, podés nadar en cualquier dirección. ¿Entonces Lucía se acostó con la Patova? Si todo sale bien, ¿mis labios van a besar los labios que besaron a la chichi de la Patova? No. Lucía dijo que es lesbiana. No tengo oportunidad con ella. No tengo nada.

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo prende su pipa. El humo sale lento de su nariz. “Te lo dije. Nunca hay apenas una mesita de por medio entre dos personas. El abismo que las separa son ellas mismas.”

“Pasaron cuatro segundos desde que Lucía te dijo algo personal,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Cinco. Seis.”

“Gracias,” digo al fin. “Por confiar en mí.”

Ella sonríe con la más hermosa sonrisa de todo el almuerzo. Me muestra su meñique, le muestro el mío. Seguimos comiendo.

No hay más mesa de por medio. No hay más neuronas de por medio. No hay otra cosa más que preguntas y chistes y paz.

“Boludo,” me dice Lucía. “Se nos hizo re tarde.”

Me muestra el reloj. Río, ríe, pedimos la cuenta.

Volvemos a la oficina como quien vuelve a una condena. Ella va a su lugar. Yo, al baño. Me lavo la cara, me miro al espejo. Escucho a Garquetti tararear “Hakuna matata” mientras pasa las hojas de un libro. No logro entender si me siento triste o contento. Voy hasta mi escritorio.

Me desplomo en la silla, desbloqueo la computadora y ahí está. Una ventanita naranja titilante con el nombre de Lucía. La abro. “Bah,” dice su chat. “No sé si es tan así lo que te dije de mí.”

Jodeme.

 

Sebastián Defeo
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