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ATRAPADO EN LA OFICINA – 09 – Venganza

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Le digo Brontosaurio. El tipo es interminable. Es, fácil, cinco gordos abrazados. Y encima es tan feo que es cubista. Aparte le faltan dientes y, los pocos que tiene, los tiene torcidos. Pero eso no es todo.

A sus veinticinco años está medio bastante recontra pelado. De todas formas, se peina con gel, en un peinado que busca ser canchero pero termina siendo triste. Tristísimo. De hecho, si hay un peinado que es más triste que “La lista de Schindler,” es el suyo.

El Brontosaurio tiene también unos ojos chiquitos, bizcos y sin alma. Y su voz es la misma voz con la que hablaría una hiena con severos trastornos mentales.

Sus hobbies son: comer, presumir, comer, criticar al cuerpo de cuanta mujer ve y comer.

No puedo entender cómo personas así tienen el descaro de vivir.

Encima, el Brontosaurio nos roba comida. Porque es él. Seguro que es él. Siempre pero siempre, siempre que sale de la cocina está masticando. Cada puto día desaparece algo y seguro que es él.

Pero no importa. Me voy a vengar.

Por mi parte, nunca dejo nada en la heladera. Lo de la comida solamente me jode un poco por una cuestión de principios y otro poco porque estoy aburrido. Si voy a vengarme de él es por otra cosa.

Resulta que ayer el vómito colectivo de células que es Garquetti estaba hablando con la orgía de gordura y horror que es el Brontosaurio.

Hablaban de Lucía. Mi Lucía. Mi amor imposible de la oficina.

Garquetti presumía cosas que pasaron en su segundo almuerzo a solas que no me atreví a escuchar. Y el Brontosaurio tuvo el descaro de espiarla mientras ella esperaba en la impresora. Comía galletitas y la recorría con sus ojos chiquitos, bizcos y sin alma. Giró hacia Garquetti. Unos segundos después, su papada terminó de escoltar a su cara. Agarró otro puñado de galletitas, las devoró. “Le falta gimnasio,” dijo, masticando con la boca abierta. “Así como está, la mina no me la para.”

Entonces hoy compré medialunas con un único propósito: la venganza.

Me sobraron dos.

Pispeo a mi alrededor. Garquetti canta “Hakuna matata.” Pastelito escucha a Paulina Rubio. Nadie me mira. Saco a la jeringa que guardé en mi mochila y la pongo en el bolsillo de mi pantalón. Agarro a las medialunas y las llevo a la cocina. Nadie va a comerlas si están envueltas en una servilleta y guardadas en la heladera. Nadie salvo el Brontosaurio.

La cocina está vacía. Perfecto. Me fijo a través del reflejo de la máquina de café a ver si viene alguien. Saco a la jeringa del bolsillo, esa que llené en mi casa con laxante y diurético. Inyecto a las medialunas. Miro por el reflejo. Las dejo en la heladera y guardo la jeringa.

Vuelvo, espero. Espero a ver al Brontosaurio corriendo hacia el baño. Espero que no llegue a tiempo. Espero que se tire meado y cagado y rendido al suelo y llore y llore y que lo despidan. No. Que renuncie, así no tiene indemnización. Así no tiene otra cosa más que la humillación que se merece.

Juego una partida de solitario. Juego otra. Y otra. Siempre de reojo, siempre con la mirada atenta donde corresponde. No quiero perdérmelo.

Pasa una hora. Pasan dos. Levanto la mirada. Ahí está.

Veo a la víctima.

Corre hacia el baño.

Es Lucía.

Inesperado.

 

Sebastián Defeo
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