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ATRAPADO EN LA OFICINA – 08 – El peor día de todos

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Uno mira hacia donde quiere estar.

Mis ojos se pasean por la ventana, hambrientos. Del otro lado se despliega un día precioso. Precioso pero ajeno. No me queda otra que presenciarlo desde el gris, tipeando numeritos sin sentido, rodeado de gente por la que no me pondría ni un poquito triste si caen en una pesadilla eterna donde son perseguidos por Mirtha Legrand y Enrique Pinti en pelotas.

Ahora mis ojos se posan sobre la botella de agua vacía en mi escritorio y, luego, recorren la distancia que me separa de la cocina.

“Mierda,” digo.

Maldigo esta pelotudez de estar vivo y necesitar cosas. Si fuera un robot, estaría de nueve a seis con el culo atornillado a la silla trabajando mientras miro una película mientras calculo estadísticamente qué números van a salir en la lotería así les apuesto y gano una fortuna y los mando a todos a la mierda mientras hackeo al Pentágono para regar al mundo con bombas atómicas mientras miro videos de gatitos mientras me clavo un WD-40 on the rocks. Pero no soy un robot. Soy un boludo con sed. Tengo que levantarme. Incluso hoy, el peor día de todos.

“Ni se te ocurra moverte del asiento,” me dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Las probabilidades de que te agarre alguien son altísimas.”

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo asiente. “No te vas a morir por deshidratarte un poquito más. A veces el desierto es el oasis.”

Es la primera vez que coinciden en algo. Conozco muy bien el peligro de esta día. Pero mis ojos se posan allá, en la cocina. Y uno mira hacia donde quiere estar.

No podré estar afuera bajo el sol. No podré estar calculando los números ganadores de la lotería para mandarlos a todos a la mierda. Pero al menos puedo no estar cagándome de sed.

Me persigno. Bloqueo mi computadora, agarro mi botella vacía, me levanto y voy.

Mis ojos se arrastran por el piso, de la misma forma que lo hicieron soldados en trincheras. Ellos huían de balas. Yo, de dos palabras.

“Feliz día,” me intercepta el Brontosaurio.

“Andate a la puta que te parió,” le dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

“No le digas feliz día a él también,” me dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Por el amor de todo lo que te es sagrado, no le desees un feliz día del amigo al Brontosaurio.”

Finjo una sonrisa, hago un ruido raro que pretende ser cómico. El Brontosaurio se ríe como se reiría una hiena con severos trastornos mentales. Funciona. Pero no voy a salir tan fácilmente de esta. Abre sus brazos, entrecierra sus ojitos bizcos y sin alma. Quiere un abrazo. Contemplo el asesinato. Demasiados testigos. Lo abrazo. Se siente caliente, acolchonado y húmedo. Me debo ver como el enano de Willow abrazando al planeta Tierra.

Le muestro mi botella vacía y escapo. Apuro el paso hacia la cocina, con la mirada clavada en el piso.

“Feliz día,” me dice Pastelito, volviendo con un vaso de café.

“Titán,” le digo, estirando demasiado la última vocal para intentar empapar a la palabra de un tono cómico y así hacerlo creer, quizá, que le deseé lo mismo sin en verdad haberlo hecho.

Sonríe. Funciona.

Bajo la mirada, apuro el paso.

A mi alrededor todos están saludándose por el día del amigo. Y no puedo entenderlo. No puedo entender si lo hacen por hipócritas. Si lo hacen para tener algo que decir. O si realmente piensan que los que trabajan en la oficina son sus amigos. En cualquier caso, no pertenezco acá. El rompecabezas ya está armado y soy una pieza que sobró.

Lleno la botella.

“Si apurás el paso por ahí zafás de que te lo diga alguien más,” me dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

Apuro el paso hacia mi escritorio. Miro a mi asiento, mis auriculares, mi escudo contra el mundo. Estoy cerca. Estoy por lograrlo.

“Feliz día, querido,” me dice Garquetti, recién salido del baño con la gordísima novela de “Ana Karenina” en sus manos. Abre sus brazos.

No me deja otra. Lo abrazo.

“No le desees un feliz día, por favor,” pide el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo.

“Eso, tené dignidad,” pide el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

Cada segundo de silencio se siente una eternidad. Sólo se me ocurre una cosa. Canto “Hakuna matata.” Garquetti me mira como si fuera el genio de Aladino concediéndole un deseo. Canta conmigo. Canta y ríe y baila. Me siento sucio. Me siento tan sucio.

Encaro hacia mi asiento. Estoy cerca.

Una mano se posa sobre mi hombro con la clara intención de saludarme. Otra vez Garquetti me garcó. Lo hubiera logrado si él no me hubiese demorado.

“Feliz día,” escucho.

No.

No.

Cualquiera menos ella. Cualquiera menos ella.

Miro a Lucía, me desangro. Me caigo. Me rindo en la depresión más profunda. La oscuridad me envuelve, entra por mis ojos, mis orejas, mi boca, mi nariz, hasta llenarme y volverme parte suya. Soy sólo tristeza.

Necesito decirle que no quiero ser su amigo. Que su mirada es siempre el amanecer de mi sonrisa. Que su perfume es mi paz. Necesito abrazarla y besarla y perderme en ella. Pero la oscuridad sólo deja en pie la fuerza suficiente como para decirle: “Feliz día.”

Ella se va, contenta, ignorando la desolación que dejó en mi pecho. Mis ojos la escoltan. Después de todo, uno mira hacia donde quiere estar.

 

Sebastián Defeo
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