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ATRAPADO EN LA OFICINA – 07 – La segunda es la vencida

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Es la segunda vez que Garquetti sale a almorzar con Lucía, lo cual comprueba científicamente que están haciendo el dulce amor.

Seguro cantan “Hakuna matata” en la cama.

Seguro él le lee sus novelas gordas interminables y ella le lleva papel higiénico al baño.

Seguro se casan y en la boda él hace un brindis y cuenta cuando se me escapó que yo amaba a Lucía y él dijo que la mina zafaba y todos ríen y él la mira y dice que con el tiempo se dio cuenta que no sólo zafaba sino que también hacía muy buenos sánguches y todos ríen y ellos se besan y se besan más fuerte y hacen el dulce amor ahí mismo sobre mi mesa y yo no me puedo ir porque mi corbata queda atrapada bajo el culo apasionado y sudado de Garquetti y estoy forzado a ver cómo un sorete baila ombligo con ombligo con el amor de mi vida y conciben hijos que son mitad lo más hermoso que le pasó al mundo y mitad una avalancha de caca.

“Creo que exagerás un poquito,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho.

“O no,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo, prendiendo un cigarrillo con la colilla de otro que todavía no terminó de fumar. El humo sale de sus pulmones con la misma ansiedad con la que entró. No logra calmarse pero así y todo le da una pitada más. “Quizás eso es justo, justo, justo lo que está pasando.”

El diminuto contador frunce los labios. “No hay datos que lo comprueben.”

El diminuto poeta patea una silla, agarra el cenicero y lo tira al piso. “¡Es la segunda vez que salen a almorzar, la puta que te parió! Claramente están cogiendo y cantando Hakuna matata. Es más, hasta por ahí cantan Hakuna matata mientras cogen. Es más, hasta por ahí cogen con Garquetti usando una máscara de Simba.”

El diminuto contador revisa sus aún más diminutos cuadernos. Revisa la transcripción de la charla que tuve con Lucía cuando la invité a almorzar. Revisa la transcripción de todas las charlas que tuve con Garquetti en los días entre su primer almuerzo y hoy, el segundo. Revisa y revisa y abre y cierra la boca, sin decir nada. Finalmente levanta la mirada. “No hay datos que lo comprueben,” dice, casi en un susurro, casi vencido, aferrándose a la única esperanza que tiene.

El diminuto poeta le da otra pitada al cigarrillo, en silencio.

No quiero estar entre ellos dos. No quiero estar acá. No quiero tener estos problemas.

“No puede ser, no soy yo, me pesa tanto el corazón,” canta Pastelito, con la cabeza ensanguchada entre sus dos enormes auriculares, mientras lee los apuntes del curso de NOCs.

Eso quiero. Ser Pastelito. Vivir mi vida entera sin una preocupación. Vestirme siempre con sweaters color pastel. Escuchar invariablemente a Paulina Rubio. Estar chocho con los numeritos sin sentido de esta empresa de mierda.

“¿Querer ser Pastelito?” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Listo. Destapemos la ginebra, muchachos. Acabamos de tocamos fondo.”

No.

Siempre hay más fondo debajo del fondo.

De repente escucho a las risas enredadas de Garquetti y Lucía. Se abre la puerta, entran. Ella va a su escritorio, él se acerca al suyo. Me sonríe.

“No hay forma de comprobar que esa es una sonrisa post-sexo,” dice el diminuto contador.

“Es claramente una sonrisa post-sexo,” dice el diminuto poeta.

Garquetti me mira. “Escuchate esta,” dice. “Una comitiva de gallegos va a Estados Unidos y los yanquis quieren recibirlos con bombos y platillos. Entonces contratan una orquesta, cuelgan un cartel que dice Welcome gallegos. Pero los gallegos no salen del avión. Los yanquis mandan a uno que entre a ver qué está pasando. Cuando sale dice que los gallegos están asustadísimos. Aparentemente leyeron en un cartel que hay un tipo que se llama Wel y come gallegos,” dice, estallando en risa. “¿Entendés? Welcome gallegos. Wel. Come. Gallegos.”

¿Es un chiste suyo? ¿O se lo robó de algún libro de chistes de gallegos de los años noventa? ¿Se lo contó a Lucía? ¿Ella río? ¿O fue ella la que se lo contó a él? De compartir el humor a compartir la cama hay apenas unas carcajadas de distancia. No. Ella no pudo haberse reído. No. De ninguna forma. ¿O sí pudo haberse reído? ¿O sí pudo haberse reído y haberlo seguido al baño del restaurante donde hicieron el dulce amor clandestinamente? No. No. De ninguna forma. ¿Pero qué pasa si lo hizo? ¿Y qué pasa si lo hizo y no le significó nada y después ella sale conmigo? ¿Qué pasa si sale conmigo y nos ponemos de novios y nos casamos y todo el tiempo en el fondo de mi cabeza, a veces cuando nos besamos, a veces cuando cogemos, a veces cuando discutimos, a veces cuando es de noche y ella duerme y yo no, todo el tiempo en el fondo de mi cabeza tengo a la imagen de ella haciendo el dulce amor con Garquetti clandestinamente en el baño de un restaurante después de un mal chiste de gallegos?

El chiste. De repente, no sé si pasó un segundo o una eternidad desde que Garquetti me dijo el chiste. Finjo una risa. Garquetti ríe más fuerte. Puedo ver aún aferrados a sus dientes restos del almuerzo que acaba de comer con el amor de mi vida.

Agarra las novecientas páginas de “Ana Karenina” y va al baño, cantando “Hakuna matata.”

Abro mi cajón, saco mi cuaderno. Anoto la hora en la que fue. Cuento. Es apenas el mediodía y ya pasó por el baño ocho veces. Igual esa no es la cifra en la que pienso. Dos veces. No puedo creer que la huelga de decencia que es Garquetti haya salido a comer dos veces con Lucía.

Pero no habrá una tercera. La segunda es la vencida.

Creo una casilla de mail llamada el Vengador Anónimo. Mando un mail con copia oculta a los más chismosos de la oficina. Les digo que el motivo por el cual Garquetti va al baño tan seguido es porque se toca.

Voy hasta la cocina, me sirvo un café. Tomo un sorbo. El mismo gusto a napalm de siempre.

Veo que sobre la puerta de la heladera hay una nota. “Dejen de robar comida,” dice, con demasiados signos de exclamación. Cada cual enfrenta a sus propios villanos. Y hoy acabo de enfrentar al mío. Anónimamente. Desde atrás. Con un rumor. Falso. Que inventé yo. Está bien, no seré Batman. Pero lo hice. Ahora a Garquetti le va a costar más llevarse a Lucía al baño de un restaurante para hacerle clandestinamente el dulce amor. Creo. Espero. Ruego.

El diminuto contador parado sobre mi hombro derecho resopla. “Reitero que no hay ningún dato que compruebe que ellos dos—”

“Callate, la puta que te parió,” interrumpe el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo, prendiendo un cigarrillo con la colilla de otro que todavía no terminó de fumar. “Por supuesto que no hay ningún dato que compruebe que ellos dos están viviendo un romance sobre cualquier inodoro que puedan encontrar. Pero tampoco hay ningún dato que lo niegue. No hay nada. Escudarte negándolo es huir de la posibilidad. La persona a la que amamos puede elegir amar a un sorete,” dice entre el humo.

El diminuto contador frunce los labios, revisa sus aún más diminutos cuadernos. “No hay ningún dato,” balbucea, casi en un susurro, casi vencido.

Vuelvo a mi escritorio. Mi única esperanza es que el rumor se desparrame por la oficina y le serruche el piso a Garquetti. Mi única esperanza es, por primera vez, garcarlo yo a él.

El Brontosaurio se acerca. Quiere ser sigiloso pero sus pasos son menos discretos que los de King Kong. Se ríe como se reiría una hiena con severos trastornos mentales. Deja un papel sobre el escritorio de Garquetti, vuelve a su lugar.

Afilo la mirada. Es la letra de la canción “I touch myself.” Está subrayado con fibrón cada vez que la letra dice que se toca.

Tomo un sorbo de café. Tiene gusto a napalm pero así y todo sonrío.

 

Sebastián Defeo
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