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ATRAPADO EN LA OFICINA – 16 – La pelea

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La sangre regaba al Coliseo con un propósito. Cualquiera podía arrojarle su rostro al gladiador y sentir su triunfo como propio. En el público brindarían, desbordados de felicidad, creyendo suya la gloria. Incluso si el gladiador perdía, si una espada atravesaba sus tripas, si un león despedazaba su alma, el espectador se apropiaba de su fracaso. Recordaba las miserias que lo aquejaban, los problemas de dinero, de amor, de salud. Y se daba cuenta que ninguna desgracia en su vida era tan grande como la del gladiador que ahora moría frente a sus ojos. La sangre entonces regaba al Coliseo con un propósito. El de vivir cómodamente nuestras batallas en las batallas de otros.

“Para mí, hoy deciden a quiénes rajar,” dice Garquetti.

Sólo Garquetti puede estar pendiente de los jefes y su reunión con los indios. El resto tenemos una sola cosa en la cabeza. Pronto esta oficina no será oficina. Pronto esta oficina será el Coliseo. La Patova y Amazon Woman programaron su pelea para dentro de un rato. Si nos despiden o no, si de repente este lugar se llena de vacas sagradas o de gurús con turbantes y pedos con olor a curry, no importa. Lo único que importa es que otros batallarán nuestra batalla.

Nunca estuve tan orgulloso de haber orquestado algo. Se siente como estar de vuelta en el colegio. Supongo que la única diferencia entre un oficinista y un estudiante es que el oficinista cobra un sueldo y jamás aprende.

De repente pasa. Todos los jefes del piso se retiran a su reunión con los indios. Pony se para y los despide con la mirada, como si se tratara de un guardia en una prisión relevando a los del turno anterior.

Prudentemente un minuto después de que se hayan ido despunta un murmullo. Un cuchicheo. Una anticipación. Pony frunce el ceño. Pobre, no tiene idea de lo que se viene.

El Brontosaurio empieza a golpear su panza. Lo hace acompasadamente, como si se tratara del tambor que anuncia una batalla. Y el murmullo crece.

“Chicos, quiet,” dice Pony con su vocecita de maestra jardinera.

De repente, la Patova se para. El Brontosaurio aplaude y ríe y devora un puñado de galletitas con la boca abierta.

La Patova camina hasta Amazon Woman, quien está como siempre, enajenada del mundo, escondida detrás de sus auriculares. La Patova le toca el hombro. Amazon finge no entender qué pasa. Está ruborizada. No. No ruborizada. Está asustada.

El Brontosaurio ríe como reiría una hiena con severos trastornos mentales. Saca su teléfono. Se pone a filmar. “¡Catfight!” dice. “¡Catfight!”

“Che, ya fue…” dice Amazon Woman.

La Patova la interrumpe con una trompada cortita a la panza.

La cara de Amazon Woman se transforma. Le encaja una cachetada tan fuerte que seguro hay esquimales en un iglú en el mismísimo fin del puto mundo diciendo: “Che, ¿qué fue ese ruido?”

“¡Tomo apuestas!” grita el Brontosaurio.

La oficina entera estalla. Salvo por algunos que pretenden trabajar y Garquetti que seguro debe estar en el baño cagando y cantando “Hakuna matata.”

“Chicas, chicas,” dice Pony, intentando separarlas.

La Patova le encaja un rodillazo en los huevos. El Brontosaurio está a una carcajada de hacerse pis y caca encima.

“Bitch,” dice Pony y la escupe.

Mi cerebro estalla. Todos tenemos nuestro propio mecanismo de defensa. Algunos huyen. Otros atacan. De esos, unos eligen trompadas. Otros, patadas. ¿Pero escupir? ¿Quién manotearía esa opción del estante de ataques? Es en los momentos de adrenalina donde no hay tiempo para sopesar posibilidades cuando se desnuda el alma. ¿Quién es entonces Pony?

De repente me doy cuenta.

Nadie pelea.

Nadie reacciona.

La saliva de Pony cae por el rostro de la Patova sin ninguna consecuencia, sin ningún castigo.

Un silencio irreal.

Las miradas de todos están ancladas en el mismo lugar. En la puerta. Giro. El Capitán Energúmeno está ahí. Nos mira asesinamente.

El tiempo se vuelve chicle, se empantana. Noto un teléfono en su mano. Me doy vuelta. Garquetti también tiene un teléfono en la mano. No lo puedo creer. El muy sorete lo llamó. Su mecanismo de defensa ante la amenaza de despidos fue buchonear, tratar de quedar bien, creerse jefe y no empleado. Otra vez Garquetti me garcó.

El Capitán Energúmeno respira profundo. Una y otra y otra vez. Su cara está roja. “Todos. Sala de conferencias. En media hora.”

Pony y la Patova y Amazon Woman asienten.

“No, no, no, no, no,” dice el Capitán Energúmeno, apenas conteniendo el grito. “Dije todos. Todo el piso. Sala de conferencias. En media hora. Quiero saber qué mierda está pasando acá y quiero despedir al responsable.”

Nunca estuve tan arrepentido de haber orquestado algo.

 

Sebastián Defeo
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