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ATRAPADO EN LA OFICINA – 05 – Pero eso no es lo peor

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Buena noticia: hoy tengo un almuerzo gratuito que me dio la empresa como premio. Mala noticia: es con el Capitán Energúmeno, mi jefe y archienemigo.

“Ya que te vas a reunir con él,” me dice Pastelito, “deslizale que me merezco un aumento. Pero hacelo como si fuera idea tuya.”

“Aprovechá y pedite el plato más caro,” sugiere el Brontosaurio.

Garquetti me agarra el brazo. Fuerte. “Preguntale si es cierto eso de que van a restringir el uso del baño,” me dice.

No es cierto. Es apenas un rumor que esparcí simplemente para asustarlo porque va, promedio, 11,37 veces al día y por eso siempre está atrasado con el trabajo y por eso me delegan sus órdenes y por eso yo me tengo que quedar como un pelotudo hasta más tarde sin cobrar una puta hora extra.

Miro para un lado, miro para el otro, fingiendo secreto. Me acerco. “Escuché que le van a poner tarjeta y código al baño y nos van a dejar ir nomás tres veces por día,” digo.

“Pero no tiene sentido,” dice Garquetti, pálido.

“Debe ser para no afectar a la productividad,” me ayuda sin saberlo Pastelito.

“Qué hijos de puta,” vomita Garquetti. “Qué reverendos hijos de recontra mil puta.”

En cuatro años nunca lo vi tan enojado. Pastelito, en cambio, se encoge de hombros. Abre el lector de CD de su computadora. Saca un CD de Paulina Rubio, mete otro CD de Paulina Rubio. “Acordate, mi aumento,” me dice, poniéndose los auriculares.

No sé cómo voy a hacer. No sé cómo voy a tolerar estar una hora y media con una mesita de por medio con mi jefe. No sé cómo mierda voy a hacer para no partirle una silla por la cara.

Pero Lucía va a buscar unos papeles a la impresora y todo desaparece. Esta vez no la miro por el rabillo del ojo para pasar desapercibido. Ella gira, cruzamos la mirada. Sonríe. Gira de vuelta a la impresora.

Apenas recuerdo cómo respirar.

“La amo,” se me escapa.

Garquetti me escucha. La mira. “No la había notado,” dice. “Zafa la mina.”

Zafa. Ese vómito de células insípidas que se la pasa cagando y cantando “Hakuna matata” dice que mi amor imposible zafa. Quiero meterle un tiburón vivo por el culo. En cambio, miro el reloj, suspiro, me paro.

“¿Ya vas al restaurante?” dice Garquetti. “Preguntale por lo del baño.”

Arrastro mis pies hacia mi condena. Antes de salir, me cruzo con Lucía. “Disculpá,” me dice.

“¿Sí?” me atraganto, acercándome.

Ella sonríe, muerde su labio inferior, me mira. “Pensé en lo que me dijiste el otro día. ¿Te gustaría salir hoy a comer?”

Quiero decirle que la amo. Que la amo desde hace años. Que amo a su voz, su piel, su perfume, su mirada, su risa. Que amo cómo camina, cómo bosteza, cómo pestañea. Que sé poco de ella pero que quiero conocerla para amarla más.

Pero en cambio le digo: “¿Hoy? Hoy justo no puedo. Tengo un almuerzo con el Capitán… con mi jefe. ¿Mañana? ¿Mañana podés?”

Desvía la mirada. “Ah,” dice. “No sé, vemos.”

Finge una sonrisa, se va.

Toco el botón del ascensor con odio. Me subo al ascensor con odio. Camino hasta el restaurante con odio.

Me siento sin ganas de comer ni ganas de charlar ni ganas de ninguna otra cosa más que degollar al Capitán Energúmeno con este cuchillo ni bien llegue. Pero el cuchillo de mierda casi no tiene filo.

Y encima está atrasado. Cien veces me retó por llegar tarde al trabajo, sermoneándome sobre cómo ser puntuales significa respetar al otro y ahora, que el otro soy yo, el sorete supremo está atrasado. Atrasadísimo.

Saco el teléfono y llamo a Pony, mi teamleader, a ver si sabe algo.

“¿No te llegó el memo?” dice con su tonito pedante. “Today él no podía y dijo de postergarlo.”

Corto sin siquiera despedirme. Quizá estoy a tiempo. Quizá puedo volver y decirle a Lucía de comer juntos. Quizá le voy a contar esta historia a nuestros nietos.

Me levanto. Miro hacia la calle y la veo. A ella, Lucía.

Va con Garquetti a almorzar. Otra vez Garquetti me garcó.

Pero eso no es lo peor.

Sonríe.

Ella sonríe.

 

Sebastián Defeo
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