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ATRAPADO EN LA OFICINA – 04 – El premio

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Estoy convencido de que esta oficina se construyó sobre un cementerio indio. Es la única explicación posible. Todo acá se siente como una maldición, un castigo.

De repente, escucho a mi nombre envuelto por la vocesita de maestra jardinera de Pony, mi querido teamleader. No lo dudo. Me escondo bajo mi escritorio, pretendiendo atarme los cordones. Nuestras reuniones terminan siempre en él retándome o en él pasándome más trabajo. Quizá no me vea acá abajo y se olvide de mí.

“Acá,” me señala Garquetti. “Está acá,” dice, orgulloso. Otra vez Garquetti me garcó.

Hasta los pasos de Pony son pretenciosos. Se acerca, me mira. “¿Podés venir un second?” dice.

Me persigno y voy hasta su escritorio. Me mira, me sonríe con esa sonrisita pedante que tiene y se echa hacia atrás en su silla.

Mi cerebro se estruja. Un hemisferio busca desesperadamente qué cagada me pude haber mandando para anticipar una excusa. El otro hemisferio fantasea con meterle un Critter por el culo.

“En este último quarter,” me dice Pony al fin, “procesaste el excedente de orders de port out del bucket. Así que decidimos darte un award.”

Quiero decirle que la corte con meter una palabra en inglés cada tres de castellano, que eso no lo hace ver más importante, que sólo lo hace ver como un infradotado.

Quiero decirle que deje de hablar en plural, que él no fue parte de la decisión, que los premios se otorgan en Estados Unidos y se los pasan a Recursos Humanos de acá y a los de Recursos Humanos les chupa un huevo y se los encajan a nuestro jefe y a nuestro jefe le chupa un huevo y se los encaja a él, el último eslabón de una cadena de pelotudos.

Quiero decirle que las órdenes que procesé eran todas una boludez y me llevaron dos horas nomás.

Pero me callo.

El diminuto contador parado sobre mi hombro derecho me dio los datos precisos. Ya pasé siete mil novecientas cincuenta y ocho horas atrapado acá. Y estuve dos mil trescientas cuarenta y seis horas asardinado yendo y viniendo de esta oficina de morondanga. Un total de diez mil trescientas cuatro horas. Diez mil trescientas cuatro horas que este trabajo de mierda arrancó de mi vida. Lo que menos pueden hacer es darme un regalito.

“¿Cuál es el premio?”

Me da, orgulloso, una remera con el logo de la empresa.

“¿Y esto?”

“El premio.”

Dudo si gritar y gritar y gritar y gritar y gritar o fingir agradecimiento. Finjo agradecimiento. Quizá la pueda usar de pijama.

La miro. “Che,” le digo. “Es bastante chica. ¿No tenés un talle más? ¿O dos mejor?”

“Es el único que nos queda, sorry.”

Quizá la puedo usar de trapo. Con eso me premia la empresa después de cuatro años atragantándome con numeritos sin sentido. Con un trapo.

Agarro la remera, me paro.

“Eso no es everything,” me dice. “Vos sabés que el desempeño es un pilar de esta empresa. Hay un award más.”

Lo miro. Está excitado. Le encanta tener, por primera vez, algo que quiero. Pero no me importa. No me esfuerzo en ocultarlo. Estuve una eternidad de horas resignando a mi vida. Me merezco algo más que un trapo.

“Te ganaste también un almuerzo,” me dice.

“Al fin algo como la gente,” se me escapa.

“Con Rodri.”

Rodri. Así el pelotudo de Pony le dice al Capitán Energúmeno, mi archienemigo, nuestro jefe.

Gané un almuerzo con mi jefe.

O esta oficina fue construida sobre un cementerio indio o soy la persona con menos suerte en todo el puto universo.

 

Sebastián Defeo
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