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ATRAPADO EN LA OFICINA – 03 – Una de dos

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“Hola,” me dice Lucía mientras camino hacia ella.

Mi corazón late. Mi panza se puebla por mariposas. Mi páncreas protesta por su escasa participación en imágenes románticas.

“Hola,” repito. Su perfume me recibe, prometiendo desempolvar mi esperanza. Hay algo en ella que me saca las ganas de pegarme un tiro en las pelotas.

Sus ojos me recorren, curiosos. “¿Todo bien?”

Trago saliva. “Sí, sí. Es que el lunes te vi en el McDonalds de…”

“De Florida, ¿no?” interrumpe. “Estabas con Gonza y Juan.”

“Garquetti y Pastelito,” pienso. Detesto que se refieran a ellos por sus nombres como si fueran personas.

“Sí,” digo. “Había ido solo y al verme se sentaron conmigo,” miento. Todo cortejo es una danza entre revelarnos y ocultarnos. Pero ahora no es necesario que ella sepa que fui a comer con tremendos desagradables porque me sentía solo. No es necesario que lo sepa ni ahora ni nunca. “Te quería preguntar algo…”

“¿Qué?”

El nudo en mi garganta no puede contener las palabras. “Noté que comías sola y, bueno, yo también. No sé si hoy querrías…”

Ella me mira. Sonríe. “No, gracias,” me dice para dedicarse a hojear unos papeles.

 

“Hola,” me dice Lucía mientras voy hacia ella.

El camino está minado por miedos. El miedo al rechazo, a hacer el ridículo, a arruinar cualquier posibilidad de que pase algo entre los dos. Pero mi sombra me patea los talones y llego hasta su perfume. “Hola,” balbuceo.

“Te vi en el McDonalds el lunes, ¿no?”

“Sí, sí. Te vi también,” digo. Estar en su mirada me da ganas de hacer la gran Alterio y gritar: “¡La puta, que vale la pena estar vivo!” Pero me contengo. “Te hubiera invitado a que te sumes pero…” le digo.

“Gracias,” interrumpe. “Perdón, perdón… ¿me decías?”

“No, que noté que también comés sola. Y, bueno…”

“¿Sí?”

“Quería preguntarte si hoy te gustaría…”

Sonríe. “Me encantaría.”

 

Suspiro. Me sueno el cuello. “Es una de dos,” me digo. “Alguna de las dos opciones será.”

Camino hacia Lucía con el corazón latiéndome, el páncreas protestando y mi sombra pateándome los talones. Todo junto.

Pero igual la miro a los ojos.

Finalmente la miro a los ojos.

“Hola,” me dice.

 

Sebastián Defeo
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