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ATRAPADO EN LA OFICINA – 02 – Nada cae oportunamente del cielo

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No puedo seguir así. No puedo putear todas las mañanas cuando suena el despertador, no puedo odiar a los lunes como si los lunes hubiesen violado a mi perro y, sin dudas, no puedo apenas ser feliz en el almuerzo y los viernes.

Pero ahora ni siquiera tengo ese refugio.

“Vamos al McDonalds de Florida,” me dice Garquetti. “¿Venís?”

Perdí la cuenta de cuántas veces Pastelito y Garquetti me invitaron a comer. Perdí la cuenta de cuántas veces les aseguré que tenía que hacer un trámite importantísimo y complicadísmo y los muy soretes cayeron al mismo restaurante escondido en la loma del orto donde yo estaba almorzando lo más tranquilo.

Pero así y todo me insisten.

No sé por qué. Quizá quieren drogarme y vender mis órganos. Quizá quieren drogarme y meterme en el medio de un Ciempiés Humano. Insisten e insisten y hoy, por primera vez, no sé qué hacer.

“Estás en pedo, ¿no?” me dice un diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Las posibilidades de que te termines arrepintiendo son altísimas.”

“Es cierto,” dice un diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Podés quedarte y almorzar vos solo,” dice. Gira hacia el contador. “Che, ¿tenés idea de cuántas veces almorzó él solo en la empresa?”

“No tengo idea, tengo el número preciso,” dice el diminuto contador, inflando el diminuto pecho mientras revisa sus diminutos cuadernos. “Acá. Quinientas noventa y tres veces comió solo.”

“Quinientas noventa y tres veces comió solo,” repite el diminuto poeta, asintiendo lentamente con su cabeza. “¿No es demasiado?”

Suspiro. Quizá no quieren drogarme y vender mis órganos ni meterme en el medio de un Ciempiés Humano ni nada. Quizá sólo les doy lástima. A ellos. Las personas que más lástima dan en todo el mundo y toda la Tierra Media y todo Eternia y toda Fantasía y todo el planeta chiquito donde vivía el Principito con esa rosa vanidosa.

Miro a Garquetti. “Dale, vamos.”

Hace dos años renunciaron los últimos que me caían bien. Desde entonces vengo recluyéndome, escapando de invitaciones y conversaciones. Tanto que ya tengo polvo y telarañas hasta en el culo de mi alma. Me siento Twiggy. Necesito un amigo.

Quizá Pastelito y Garquetti son de esas personas que, detrás de una capa de pelotudez, esconden a un buen corazón.

Caminando hacia el McDonalds, Garquetti canta “El ciclo sin fin” de “El rey león,” mirándome, sonriéndome, buscando que lo imite. Me pregunto por cuánto más seguirá su capa de pelotudez porque, francamente, me está tentando la idea de atragantarlo con un semáforo.

Le sonrío y finjo recibir un mensaje en el teléfono.

“¿Te anotaste en el curso de NOCs?” me pregunta Pastelito.

“No,” le digo apenas. Lo único que detesto más que a los numeritos sin sentido de mi trabajo es hablar de ellos en mi tiempo libre.

Pastelito me mira desconcertado y me cuenta con lujo de detalle lo importante que es aprender más sobre numeritos sin sentido.

No sé cómo voy a sobrevivir a este almuerzo.

“¿Viste?” me dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho mirando a sus aún más diminutas uñas. “Yo te lo avisé, te lo garanticé. Ya mismo te estás arrepintiendo.”

“Y claro,” me dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “¿Cómo no te vas a arrepentir si no decís lo que sentís? Afuera las telarañas. Compartí lo que te pasa. Hablá.”

Suspiro. Dejo a las palabras salir, sin contenerlas, sin pensarlas. “Conseguí este trabajo porque sé inglés nomás,” le confieso a Pastelito. “La verdad, no me gusta. Lo odio. No es lo que quiero hacer. Estoy estudiando cine. Esto de putear a los lunes y esperar a los viernes me da vértigo. Siento que, no sé. Siento que estoy desperdiciando mi vida.”

“A mí tampoco me gusta este trabajo,” dice Garquetti.

“¿Ves?” se regodea el diminuto poeta. “Sólo hace falta que se abra un corazón para que el resto lo siga.”

“Estudiaba Diseño Gráfico,” se confiesa Garquetti.

“Jodeme,” digo. “¿Nunca nos cruzamos?”

“No, es que dejé. Cambié por una carrera de sistemas así puedo escalar más en la empresa. Un trabajo es un trabajo. No te tiene por qué gustar.”

“Pero…” balbuceo. Las palabras se atoran en mi garganta.

“Decile,” me ayuda el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo, “que te sentís como cuando uno va a la playa y agarra un puñado de arena y lo deja escapar, de a poco, entre los dedos. Decile que, atrapado en esa oficina tipeando numeritos sin sentido la vida se te va de las manos. Decile que por más fuerte que aprietes, la arena cae y cae y cae y vos sólo podés verla caer.”

“Por favor,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho, “no seas el Arjona de la depresión.”

Abro y cierro la boca, sin saber qué hacer.

Pastelito me sonríe. “Cómo se nota que es lunes,” dice. “Tranqui, ya va a llegar el viernes.”

Levanto la mirada y ruego que alguno de los aire acondicionados que cuelgan afuera de los edificios se desprenda y aterrice precisamente sobre los cráneos de Garquetti y Pastelito.

Pero nada cae.

Llegamos, pedimos, comemos. Pastelito sigue hablándome con lujo de detalle sobre el curso de NOCs y la importancia de numeritos sin sentido. Garquetti mientras mastica tararea “Hakuna matata.” Y yo me replanteo mi vida, contemplo el asesinato, imagino un escape parkouriano de la escena del crimen, estimo que mi estado físico no me lo va a permitir, contemplo el suicidio, puteo no tener un arma, puteo que en McDonalds no nos den cuchillos, puteo al universo entero.

El diminuto contador parado sobre mi hombro derecho mira a sus aún más diminutas uñas, sonriente. “¿Viste? Tenía razón. Te arrepentiste de venir.”

El diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo asiente con la cabeza, lentamente. Pero no lo hace vencido. Tiene aún esperanza. “No subestimemos la importancia de tocar fondo,” dice. “Al menos, sabemos que de acá en adelante es todo cuesta arriba. Esto no puede ponerse peor.”

Sí. Puede. Lucía entra al McDonalds.

Quizá no me ve con ellos.

“¡Hey!” grita Garquetti, saludando con su manito en alto. “¡Lu! ¡Lu!”

Lucía gira. Nos ve. Me ve entre ellos. Otra vez Garquetti me garcó. Lucía finge una sonrisa y desvía la mirada enseguida pero un segundo bastó. Un segundo bastó para asesinar a cualquier intriga que ella pudiera tener sobre mí. Ahora sabe que almuerzo con el desagradable que se lleva libros gordísimos al baño de la oficina mientras canta canciones de “El rey león” y con el pelotudo que siempre pero siempre, siempre invariablemente siempre cada puto día de su vida usa sweaters color pastel. Me empapé de lo que odio. Es como cuando Schwarzenegger se embadurna con barro en “Predador” y el bicho no lo puede ver. Ahora, cada vez que Lucía me mire, voy a ser como Pastelito y Garquetti.

“Primer acto,” dice Garquetti, “un salmón no nada. Segundo acto, un salmón no se mueve. Tercer acto, un salmón no hace nada de nada. ¿Cómo se llama la obra?”

Pastelito se encoge de hombros. Yo fantaseo con sodomizarlo con la estatua pedorra de Ronald McDonald.

“Salmoff,” dice Garquetti, riéndose. “¿Entienden? SalmÓN, salmOFF. On, off. ¿Entienden?”

Pastelito se encoge de hombros. Yo fantaseo con construir una máquina del tiempo, volver hasta el Eslabón Perdido y castrarlo para evitar a este carnaval de pelotudos que es la humanidad. Garquetti ríe. “SalmOFF,” dice.

Terminamos de comer, volvemos.

En el camino Pastelito me habla de numeritos sin sentido, Garquetti canta “El ciclo sin fin.”

Levanto la mirada y ruego que alguno de los aire acondicionados que cuelgan afuera de los edificios se desprenda y aterrice precisamente sobre los cráneos de Garquetti y Pastelito y, ya que estamos, sobre el mío.

Pero nada cae.

“Mentira,” dice el diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo. “Todo cae. El universo entero conspira para hacerte caer. Tiene a la gravedad tatuada en las venas y con ella es que te tira abajo y busca dejarte ahí, en el fondo. Todo cae. Lo que sí, nada cae oportunamente. Si uno quiere algo, tiene que embarrarse y conseguirlo. Caemos por inercia. Nos levantamos por voluntad.”

Siento un nudo en la garganta.

“Perdón,” dice el diminuto contador parado sobre mi hombro derecho. “Estaba llevando la cuenta de cuántas veces Garquetti cantó algo de El rey león. Ciento sesenta y dos,” dice, cerrando su aún más diminuto cuaderno. Mira al diminuto poeta parado sobre mi hombro izquierdo, me mira. “No escuché qué dijo ese hippie pero me opongo.”

Ciento sesenta y dos veces escuchando algo que no quise.

Quinientos noventa y tres veces almorzando solo.

Ninguna vez con ella.

Las cifras le dan la razón al poeta. Nada cae oportunamente del cielo. Si uno quiere algo, tiene que embarrarse y conseguirlo.

Así que tendré que hacerlo. Tendré que embarrarme para poder vengarme de Garquetti y Pastelito. Pero, antes, voy a hacerle caso al diminuto poeta que está parado sobre mi hombro izquierdo. Por más cursi que sea. Después de tantos años voy a levantarme. Después de tantos años voy a sacarme las telarañas y hablarle a Lucía. Después de tantos años voy a abrir mi corazón y a esperar que el suyo me siga.

 

Sebastián Defeo
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